Los túneles de la Jiménez

Los sótanos de la avenida Jimenez, entre las carreras séptima y octava, se han convertido en refugio de artistas.

Ciudad subterránea. Dentro de los lugares que Bogotá alberga bajo tierra —como la Bolera de San Francisco o la Parroquia San Sebastián—, los sótanos de la Avenida Jiménez son tal vez los menos percibidos. Para el transeúnte desprevenido las rejas ubicadas entre las carreras séptima y octava podrían sólo significar un ornamento más del transitado y ruidoso centro de Bogotá. Sin embargo, estos inmensos portales de hierro conducen a pasadizos secretos, que con el tiempo se han convertido en refugio de artistas.

Si el curioso caminante se atreve a explorar este entramado del subsuelo bogotano descubrirá un escenario cultural vivo. Una sala de teatro, un salón de danza y múltiples laberintos conforman los 1.500 metros cuadrados que hasta hace poco eran sólo ruinas y vestigios.

No hay historia verdadera acerca de estos sótanos. Viejos registros y difusas anécdotas son los que dan cuenta del subsuelo. Se sabe que en 1936 Elisa Dávila de Peña le vendió a Bogotá, por $36.120, el edificio Rufino José Cuervo para ser demolido y convertirlo, dos años después,  en uno de los primeros pasajes comerciales de la ciudad. En el subsuelo del pasaje “se encontraba toda clase de fruslerías novedosas, pero pronto cayó en decadencia, seguro debido a la precaria calidad de los almacenes, a la humedad soporífera y al ambiente penumbroso”, dice John Rojas en una publicación del Instituto Distrital de Cultura y Turismo.

Un museo de cera, la sede de la Liga de Ajedrez y una sala para la proyección de cintas cinematográficas han sido algunos de los proyectos que intentaron asentarse en los laberintos a lo largo del tiempo. Inaugurado en los años cincuenta, el Teatro Luis Enrique Osorio ha luchado por mantenerse en funcionamiento. La implacable humedad y las constantes inundaciones lograron que la sala de teatro —cuna del reconocido dramaturgo y comediante Luis Enrique Osorio— cerrara sus puertas. “Agua y ratas fue lo que encontramos. El olor era nauseabundo y la oscuridad, casi completa”, argumenta Graciela Leal de Fonnegra, funcionaria del IDCT.

En la década de los noventa el Instituto Distrital de Cultura y Turismo adelantó tareas sanitarias de recuperación y fundó la Academia Distrital de Teatro. Actualmente, la sala está a cargo de la ASAB, Facultad de Artes de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. En sus manos este espacio no sólo le apuesta al talento de nuevos artistas, sino que busca promover la creación de un público que asista regularmente a teatro.

Antes de abrir de nuevo sus puertas al público capitalino el año pasado, el teatro se sometió a un proceso de restauración y mejoramiento de aspectos técnicos y logísticos. El aislamiento sonoro era fundamental. El ruido permanente de carros particulares y de servicio público que transitan por la Jiménez hacían casi imposible concentrarse en una clase o prestar atención en una obra. Una pantalla de proyecciones audiovisuales, un nuevo sistema de iluminación y de sonido también forman parte de las nuevas adquisiciones.

Lo más importante para Ómar Aguirre, productor de artes escénicas de la Facultad de Arte, es que los sótanos se conviertan en un punto de encuentro para artistas, estudiantes y ciudadanos del común. La entrada gratuita a las presentaciones que circulan regularmente es una estrategia para acercar las manifestaciones artísticas al ciudadano promedio. Una invitación para el transeúnte desprevenido.