Los verdes y el uribismo

AUNQUE EL PRESIDENTE SANTOS Y su administración han pagado en popularidad los escándalos de corrupción y manipulación, fue en los dos anteriores períodos que varios de los malos manejos se gestaron.

La lista de irregularidades es tanto larga como oscura: DNE, AIS, notarías, Fosecón, yidispolítica, falsas desmovilizaciones, chuzadas, hackeo a la Registraduría... y continúa. Quizá la historia oficial registrará que en el gobierno de Álvaro Uribe todo “ocurrió a sus espaldas”. Pero ciertamente no a las espaldas de los colombianos. Por lo menos no a la de los 3 millones y medio de votantes que apoyaron al Partido Verde y su —¿única?— bandera: no todo vale. No es de extrañar, entonces, la reticencia de Antanas Mockus a apoyar la alianza con el Partido de la U para la Alcaldía de Bogotá. Finalmente, fue por rechazo a esta colectividad y por las amañadas prácticas de política tradicional, en general, que la llamada ‘Ola Verde’ floreció. Su voto fue tanto un voto de esperanza, como uno de castigo. En especial, y en tanto partido al poder, de castigo al uribismo.

No obstante, a pesar de la palpable contrariedad ideológica, el acercamiento de Peñalosa al uribismo es algo natural. O por lo menos más natural que su relación con el Partido Verde: él es pragmático. En las encuestas, a Peñalosa se le identifica por su experiencia y por su paso por la Alcaldía de Bogotá, no por su pertenencia al partido de oposición. Una Alcaldía a la que ya aspiró después, por lo demás, apoyado por el expresidente Uribe. En tiempos de elecciones, sin embargo, las alianzas no sólo abundan, sino que se hacen necesarias: la política, finalmente, es negociación y no demoraron en su momento los verdes en abrirle los brazos al exalcalde. No sin razón: además de un expediente limpio y una administración independiente, su llegada fue estratégica y, en lo público, tanto los principios como los resultados cuentan. Las buenas ideas, de suyo, no cambian el rumbo de un país. Hay que llegar al poder para hacerlas efectivas. Algo que parecen entender mejor Peñalosa y quien hoy se le muestra más afín, Lucho Garzón.

Y, sin duda, ser flexible es en política vital. El Polo Democrático es tal vez uno de los ejemplos más recientes de los desastres del radicalismo. Por falta de estrategia se les coló el clientelismo y de la izquierda sólo queda, cuando mucho, una colectividad en crisis. Pero, con todo, la flexibilidad tiene límites. Hay un mínimo de coherencia que se debe mantener y, en un partido nuevo, con una agenda débil como débiles los vínculos con sus seguidores, se puede perder todo menos el piso sobre el que se está de pie: no todo vale. Un piso que, de todas formas, si bien tambaleó en las pasadas elecciones presidenciales, no es prudente menospreciar. No es cualquiera la fuerza de la inconformidad. Más aún, cuado se convierte en indignación. Así lo han mostrado los miles de jóvenes simpatizantes del Movimiento 15-M de Madrid. Con una demanda por la regeneración democrática y el cambio del sistema económico que ha conducido a la crisis mundial, Lima, Buenos Aires, México, Sao Paulo, Londres, Lisboa , Washington, París, Copenhague y Berlín han sentido las protestas. Al parecer, también los abusos tienen sus límites.

No se trata de que la posición de Peñalosa y Garzón sea insensata. Es válido hacer alianzas. Pero no todas las alianzas son posibles. En las toldas del uribismo no cabe el Partido Verde. O por lo menos no sin desintegrarse. Entre los principios hay zonas grises, pero esta es una contradicción plena. Es hora de que el Partido pierda integrantes por su propio bien. Mockus es su dueño natural. Es con él, su pedagogía y su concepción de ciudadano, que más se identifica. Pero Peñalosa es el candidato más fuerte. Los verdes tendrán que elegir. Sería una lástima que por inoficiosos y mal probados protagonismos, se pierda algo de verdad importante.