Lucho Garzón se echó al agua

La voz de los verdes se niega a trinar el nombre de su nueva novia y a aceptar un ministerio, pero un puesto en la paz lo tentaría a dar mucha guerra.

Esta mañana Lucho Garzón se acostó con su exmujer. Todo fue muy rápido. Pasaron 22 segundos en la cama, probando en Americana de Colchones uno que ella quiere comprar. Él, que se define como un pésimo marido pero un excelente exesposo, no olvida que se casó con Candelaria Torres el 28 de junio de 1978 y que la separación de bienes los libró de los males de la convivencia hace ocho años. Ella sabe que Lucho se echó al agua: que tiene novia y pocas ganas de pasearla en la prensa. Lo que no sabe es que, además, podría echarse al agua con Santos. ¿Lucho, a pesar de Lucho, ministro?

“Ser ministro es como ser Señorita Guainía: al año de dejar el cargo nadie se acuerda de cómo se llama uno”, dice el exsindicalista, exalcalde y excaddy que no tiene padre ni apellido paterno, pero sí un repentismo que le permite (como diría un editor de periódico) titularse hablando. Lo que quiere Lucho es ser una especie de alto mediador cuando llegue la hora de dejar de matarnos. “Si Santos no logra un escenario de paz, distinto de uno de pacificación —que propiciaba Uribe—, vamos camino de convertirnos en Sri Lanka”. El primer paso, revela, estuvo a punto de darlo la guerrilla, que pensaba seriamente en expulsar niños de sus filas, desminar campos y liberar secuestrados cuando, al calor de la Ley de Víctimas, ardió el concepto de estatus de beligerancia y tanto petróleo derramó sobre las brasas Uribe. “Aquí”, dice, “la sociedad civil buscando la paz, es algo que se mueve entre Marx, Hegel y Sabas Pretelt”.

A las carreras, apeñuscado en su camioneta, se empelota y se pone la pinta piscinera. Los pantalones son de Ricardo Pava… ¡y de Lucho! Apenas se quita la camisa, queda claro que está más “chuzado” que magistrado de la Corte durante el gobierno pasado. En cada brazo hay curitas que delatan exámenes de glicemia hechos para determinar si los raros dolores de cabeza que últimamente padece son cosa del azúcar o de Fajardo: “Sergio es muy bueno para poner tareas; yo, para actuar”. Fajardo sale mejor librado que Petro (“habla como guía del Museo Nacional”), Uribe (“una especie de Ben Cartwright, obsesionado con que Colombia es la Ponderosa”), Samuel (“se dejó medir por centímetros habiendo prometido un metro”), Mockus (“primero argumenta y luego contesta”) y Peñalosa (“primero contesta y luego argumenta”). ¿Se siente el caddy de Peñalosa?: “Cambiamos los bolardos por los tacos de golf y ahora los cargamos juntos”.

Se pone sudadera en el carro para llegar, al mediodía, a la solitaria piscina del Club de Oficiales de la Policía, a un costado de Cespo, donde vive Uribe y a quien nunca ha visitado por una elemental razón: “No me ha invitado”. Se lanza al agua y durante una hora el pensionado ($3’200.000) más famoso de Ecopetrol hace 70 piscinazos (25 metros cada uno), que mide con mente de exalcalde: “Como ir de la primera a la 19”. Del Club, en la Boyacá con 142, va a la sede de los verdes, en la 66, abajito de la séptima y a espaldas de Caracol Radio, que a veces, dice, le da la espalda, “a pesar de que Arizmendi es amigo de mi novia”.

A una sala de juntas que tiene los únicos muebles nuevos del lugar, le llevan un portacomidas con goulash a la Eloisa, preparado por su madre, la mujer que cada mañana lo despide con un abrazo a manera de bendición. Lucho no tiene oficina. Come y, como una pelota de caucho, comienza a rebotar por todas partes, saludando candidatos, revisando avales, mamando gallo al que se le cruza por delante y piropeando mujeres bonitas, feas y algo más que feas.

Hay preguntas que detonan a este enamorado de Oriana Fallaci y de la anónima médica: “¿A la sede de Peñalosa va mucho J.J. Rendón?”. “¡Camine hacemos un allanamiento donde Peñalosa!”. Salimos para allá. Entra sin avisar. Sube las escaleras y abre la puerta del despacho, donde Peñalosa está con su círculo de confianza: Rozo, Ruiz, Laserna, Riveros, Pérez. “Gómez quería saber si Rendón tiene oficina aquí”. Peñalosa queda mudo y apura una sonrisa diplomática. Les hace un par de bromas (una de ellas, de grueso calibre, a Luis Eladio sobre Íngrid) y, tan rápido como llegó, se va. Otra vez está de afán. Tiene tertulia y él es devoto confeso del chisme. Y de su doctora “corazón”.

La tertulia la hace en un bohemio sitio de salsa que sólo motivos de seguridad impiden identificar. Allí, sembrado al pie de una pantalla donde Joe Arroyo canta, come prójimo con dos hombres que huelen a “concejo”, Antonio Sanguino y José Tapias, y con Carlos Junca, su hombre fuerte de las comunicaciones, que casi completa 30 años… de escribir en El Espectador. Toma yerberito, versión sin licor del mojito, coctel muy zanahorio (¿mockusiano?) que prefiere desde aquel bochornoso (¿borrachoso?) incidente en que dijo ‘cosas’ de la periodista D’arcy Quinn: “D’arcy debería ser presidenta de Alcohólicos Anónimos. Por ella he prometido que sólo cuando deje el ‘sello verde’ vuelvo al Sello Negro”.

La tertulia no lo priva del baile, pero no con su novia, que es mala para la salsa en pista pero buena para curar con orquídeas. Se va. Mañana madruga. En la despedida suelta un par de datos extra sobre su pareja. Ella es bioenergética y sanadora pránica. “Si adivinó quién es, no se le ocurra mencionarla en su crónica, ¿oyó?”. Jamás lo haría, Lucho, en este oficio hay que ser respetuosos de la intimidad de los entrevistados. Eso, puede estar seguro, lo tengo por… Norma.

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