Más allá de Bin Laden

LA MUERTE DE OSAMA BIN LADEN por un grupo élite de EE.UU. se constituye en el mayor golpe al terrorismo desde los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Sin embargo, la ideología que logró imprimirle Bin Laden a la causa fundamentalista musulmana se mantiene intacta y aunque Al Qaeda sufre un duro revés, no por ello se debe bajar la guardia, como lo alertó con claridad Barack Obama. ¿Qué se puede esperar entonces a futuro?

En medio de la euforia inicial que la noticia ha significado para el país del norte hay varios hechos que considerar. En primer lugar, que esta noticia, la cual llega diez años después de iniciada la guerra sin cuartel contra el líder fundamentalista, le da un gran respiro a Obama, quien sufre una baja en su popularidad debido a los muchos problemas internos e internacionales que afronta. Todo lo anterior en medio de un tenso ambiente preelectoral, dado que el año entrante habrá elecciones presidenciales y sus posibilidades reeleccionistas  se encuentran en entredicho. El lograr lo que no pudo hacer su antecesor, en medio de las ataques de los republicanos por su aparente falta de resultados en muchos campos, entre ellos el de la lucha contra el terrorismo, lo catapulta sin lugar a dudas. Sin embargo, no es un secreto que siendo el tema de seguridad muy importante, lo que más preocupa al ciudadano promedio allí es la economía.

De otro lado, Al Qaeda ha sido definida más como una ideología que aglutina a un sinnúmero de células fundamentalistas en distintas partes del mundo, que como una verdadera organización. De allí que sus células “adquieren” la franquicia sobre la base del cumplimientos de una serie de requisitos y luego se dedican a actuar en sus áreas geográficas de influencia. Esto es lo que se evidencia con Al Shabah en Somalia y con los capítulos de Al Qaeda en el Magreb, así como en la parte sur de la península arábiga. De esta manera el descabezar a su máximo ideólogo no tiene una repercusión definitiva en las otras “microempresas terroristas” que ya han probado contar con un margen de financiación y autonomía significativos.

En el corto plazo, lo más seguro es que venga una campaña de retaliaciones y actos de venganza en contra de intereses de los países del primer mundo que han combatido a este grupo terrorista, comenzando por Estados Unidos, su principal enemigo. Está demostrado que ante cada acción que golpea sus estructuras, los fundamentalistas tienen listos nuevos “mártires” dispuestos a inmolarse en acciones que buscan dejar el mayor número de muertos y heridos, así como ocasionar la mayor destrucción posible. A mediano plazo pueden darse dos situaciones: un reacomodo de las distintas facciones bajo una figura que logre aglutinarlos, lo cual no se percibe de momento con claridad, o cada una de ellas operar de manera independiente, aunque teniendo como mínimo común denominador la Yihad, o Guerra Santa, contra los herejes, es decir, todos aquellos no musulmanes.

Así las cosas, el mundo ingresa en una segunda etapa de la lucha contra este flagelo, en la cual hay que diferenciar con claridad el objetivo de acabar con quienes promueven o financian acciones vinculadas al terrorismo fundamentalista y el de respetar a los millones de musulmanes de bien que rechazan de plano este tipo de actos demenciales. De igual manera Estados Unidos, en especial, debe seguir promoviendo una política exterior acorde con los principios elementales del Derecho Internacional y la convivencia pacífica, tal y como lo ha hecho en la mayoría de los casos la actual administración, y dejar de lado para siempre el nefasto legado de la administración Bush que sirvió de combustible para fortalecer a Al Qaeda.

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