Más que pilotes y arena

Cinco mil voluntarios intentan contener los estragos del río Bogotá. Pero el problema de las inundaciones demanda estrategias urgentes y de largo plazo.

El río Bogotá, que atraviesa Cundinamarca arrastrando las basuras que los ribereños le arrojan, apretándose para dar espacio a pueblos que le arrebatan sus humedales, sus zonas de amortiguamiento, su territorio. El río que ha reventado para anunciar que, a pesar de su dolor, aún está vivo. Que reclama su espacio con un rugido de venganza, también oído al Magdalena, al Cauca, al Atrato...

Entre ellos (el Arauca, el Sogamoso, el Chicamocha y otros) han puesto en emergencia a más de dos millones de colombianos en 1.025 municipios de los 1.103 que hay en el país.

Su furia ha sido tal, que el esfuerzo de héroes anónimos del invierno ha sido insuficiente para controlarla. La imagen de hombres que cargan cientos de costales de arena para restablecer los jarillones destruidos por las aguas es ya común en todo el país. De no ser por su labor, municipios y grandes zonas de ciudades, como Bogotá, habrían naufragado.

En Cundinamarca, según el gobernador Andrés González, el 99% de los 116 municipios presentan inundaciones que superan las 30 mil hectáreas (el único sin emergencias es El Rosal). Además, las lluvias han provocado deslizamientos que mantienen restringidos sus ejes viales.

Hay más de 70.000 afectados. Lenguazaque, Simijaca y Chía son los más recientes ejemplos.

En Chía, el municipio que limita con el norte de la capital, el pasado viernes el río Bogotá destruyó un jarillón e inundó por segunda vez la Universidad de la Sabana, cuestionando si los mecanismos para evacuar el agua después de su primera inundación son idóneos.

Mientras se improvisan diques para luchar contra las aguas a corto plazo, el invierno plantea retos futuros. Una posibilidad es construir jarillones más altos y de concreto que encaucen los afluentes y controlen su caudal en predios como la Universidad de la Sabana, cuya reubicación implica un costo demasiado alto. Otra es trasladar poblaciones ribereñas para devolverle a Bogotá sus zonas de amortiguamiento.

Esto ya se está haciendo. La Corporación Autónoma Regional (CAR) del departamento tiene US$140 millones para ello.

Sergio Piñeros, subdirector de Planeación de la entidad, cuenta que en la cuenca media del río (desde Cota hasta el Muña, pasando por ocho municipios y el Distrito), la entidad adelanta la compra de predios a 30 metros de cada costado de las orillas del río para mejorar sus condiciones de movimiento. Y en la cuenca alta, desde Villapinzón hasta Cota, se adelantan estudios para definir más zonas de amortiguamiento.

En Lenguazaque hay más de 1,500 hectáreas bajo el agua. En Simijaca, sus cinco afluentes amenazan con desbordarse.

Entre tanto, el departamento y el país están en manos de quienes restablecen los jarillones con costales de arena. Pero la preocupación fundamental, y para lo cual no hay solución que valga, es que seguirá lloviendo por lo menos dos meses más.

Vea aquí la infografía sobre el invierno en Bogotá y Cundinamarca

 

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