Marco Tulio Aguilera en la cumbre de la Torre Latinoamericana

La primera vez que Marco Tulio Aguilera (M.T.) vio a García Márquez (G.M.) fue en la sede de la revista Alternativa de Bogotá.

Un ambiente de expectativa irradiaba en la sala por la llegada inminente del director (García Márquez). Alternativa distribuía libros de política y literatura para la educación de la clase obrera. Ediciones de la Flor, en Argentina, había editado la primera novela de un joven colombiano de 24 años y había colgado del libro una fajilla con la siguiente sentencia: “El libro que superó a Cien años de soledad”. Firmaba el director de la editorial. Cuando G.M. entró en la oficina de Chapinero, en Bogotá, todos lo recibieron con lisonjas y cordialidad excesiva. Después de los saludos de rigor, alguien se acercó al escritor y dijo: “maestro, aquí está un joven al que acaban de publicar en Argentina, dicen que su libro es mejor que Cien años de soledad”. “Ah, carajo”, fue la respuesta, y M.T sacó entonces un ejemplar y se lo dedicó: “Para García Márquez, a quien pienso matar (literariamente)”. G.M. se mostró solemne ese día, de gestos mórbidos y frases adornadas de florituras, proverbiales, como el papa. Luego se encerró en una oficina a hojear el libro y cuando salió le dijo al escritor en ciernes: “Sí, tu libro se puede leer”.

M.T. es un hombre alto, de espalda nudosa y hombros anchos, de nadador. Quien haya leído sus columnas críticas contra los monopolios editoriales y toda forma de burocracia cultural lo imaginará virulento y agre268 Content-Disposition: form-data; name="body"

Un ambiente de expectativa irradiaba en la sala por la llegada inminente del director (García Márquez). Alternativa distribuía libros de política y literatura para la educación de la clase obrera. Ediciones de la Flor, en Argentina, había editado la primera novela de un joven colombiano de 24 años y había colgado del libro una fajilla con la siguiente sentencia: “El libro que superó a Cien años de soledad”. Firmaba el director de la editorial. Cuando G.M. entró en la oficina de Chapinero, en Bogotá, todos lo recibieron con lisonjas y cordialidad excesiva. Después de los saludos de rigor, alguien se acercó al escritor y dijo: “maestro, aquí está un joven al que acaban de publicar en Argentina, dicen que su libro es mejor que Cien años de soledad”. “Ah, carajo”, fue la respuesta, y M.T sacó entonces un ejemplar y se lo dedicó: “Para García Márquez, a quien pienso matar (literariamente)”. G.M. se mostró solemne ese día, de gestos mórbidos y frases adornadas de florituras, proverbiales, como el papa. Luego se encerró en una oficina a hojear el libro y cuando salió le dijo al escritor en ciernes: “Sí, tu libro se puede leer”.

M.T. es un hombre alto, de espalda nudosa y hombros anchos, de nadador. Quien haya leído sus columnas críticas contra los monopolios editoriales y toda forma de burocracia cultural lo imaginará virulento y agresivo, pero al hablar con él por primera vez se sorprenderá porque tiene voz de pajarito. No con la voz, sino con la pluma (con el teclado de una laptop de última generación) es con lo que se ha enemistado recientemente con el Fonca de México a cuyos funcionarios ha llamado “engendro burocrático” y “capos de la cultura”, que significa nepotistas. Nos encontramos en un cafetín llamado El popular, y luego de un desayuno en que comió atentamente un mug de café con leche, jugo de naranja, huevos mexicanos, frijoles molidos, pan, tortilla y horchata, vamos a andar por el casquete histórico del D.F. (ciudad de México), que los locales llaman el D.F. ectuoso.

La segunda vez que M.T. vio a G.M. acababa de publicar Crónica de una muerte anunciada. Se pusieron una cita a la que G.M. llegó dos horas tarde, se encontraron en la calle 5 de mayo, la misma por la que avanzamos, y G.M. lo invitó a comer al Samborns, situado en el mismo edifico, donde comió Pancho Villa el mismo día que entró en el D.F. Aquel día lo encontró serio, ensimismado, perseguido por algún mal presentimiento. M.T. le contó, para deshelar la conversación con una confidencia, que se acababa de casar. G.M., sentencioso, distraído, dijo: “Te casaste: te jodiste”. M.T. cambió de tema. Hablaron de libros propios y ajenos, y ahora M.T. se atrevió a decirle honradamente lo que pensaba de El otoño del patriarca a G.M. Fue ahí cuando la solemnidad volvió a embargar al distraído, se puso en guardia y le soltó un taco más picante que el que estaba a punto de tomar del plato: “Si no te gustó El otoño del patriarca es porque no sabes nada de literatura”.

Caminamos hacia el Palacio de Bellas Artes, donde exhiben los murales de Orozco, Tamayo y Rivera. A la entrada vemos un cartel a tamaño humano con una fotografía de Vargas Llosa vestido de sultán. El gallardete anuncia la función de Las mil y una noches que interpretará el próximo sábado el último premio Nobel, en compañía de una actriz peruana. A lo largo de la alameda Isabel la Católica penden carteles que dan la bienvenida al premio Nobel 2010. M.T. camina cojitranco, como si los espolones le calibraran el paso, o como si estuviera lesionado de un tendón en las junturas de las piernas. Le pregunto por su afición deportiva a los 62 años y dice que es un sustituto de su libido sexual exacerbada. “Toda la vida me interesaron los deportes. Juego básquet y practico natación. Siempre cronometro mis marcas y ayer bajé cuatro segundos. Es por la edad. Pero seguiré compitiendo”.  Es obstinado, exhibicionista. En su blog, la sidebar está llena de imágenes de su pecho a descubierto con las medallas ganadas. Es impulsivo, egocéntrico, pero tal vez lo que se esconde detrás de los egocéntricos y vanidosos es un alto grado de inseguridad, y esa desestima se convierte a su vez en una irrefrenable necesidad de llamar la atención. Por lo que dice, por su enumeración de aventuras pasionales (la escritura y el amor), por su necesidad de aprobación ajena, creo que en el fondo es un niño indeciso, que teme a la soledad. “Subamos a la Torre Latinoamericana, para ver la ciudad”. Subimos. Él paga. Siempre quiere pagar. Es desmedido, como dice Wyndham Lewis que era Joyce, porque le avergonzaba exhibir su estrechez.

La tercera vez que M.T. vio a G.M. fue 15 años después, en un hotel de Xalapa. M.T. se enteró de que G.M. estaba de paso en un congreso y fue a saludarlo al hotel con la esperanza de que se acordara de él. G.M lo saludó, ofreció excusas porque tenía una entrevista en ese momento y le preguntó si seguía casado. M.T. dijo que sí, y ahora sentenció, como un súper héroe (el símil es de M.T.): “Entonces no te jodiste”. En la tarde fueron a comer al Hotel María Victoria, junto con Ángel Rama y los dos escritores rajaron de los críticos, delante de los críticos. Desde entonces, no lo ha vuelto a ver. Pese a que G.M. abogó en su favor para que no lo expulsaran de México como persona non-grata cuando publicó por entregas una novela erótica en clave donde ventilaba algunos líos de faldas de personajes públicos de Xalapa, pero que eran secretos a voces. Cada vez que acumula un número considerable de publicaciones (M.T cuenta con más de 20 títulos publicados) embala un paquete y los envía a casa de G.M. “Pero G.M. nunca ha llamado para acusar recibo o saludar”. Dice que tal vez se deba a que ha sido un crítico severo de la figura pública que se construyó el Nobel, vinculado siempre con los poderosos y despectivo con la literatura de los demás. Dice que en un periódico sostuvo alguna vez la teoría de que G.M. ya había escrito su segundo volumen de memorias, pero que no lo publicaba para no ofender a Mercedes Barcha, la esposa. Dice que alguien muy cercano le confesó que el volumen efectivamente reposa en una caja fuerte, a custodia de uno de sus hermanos. Dice que las dos veces que ha pedido audiencia con el patriarca éste no lo ha recibido porque lo considera “muy chismoso”. Se ríe. Pedimos café negro y té helado (el café para mí, el té para él). Lo paga. Luego dice que G.M. lo ha obsesionado siempre. “No sé si por sus libros, pero sí por su fama”.

Arriba de los 42 pisos de la Torre Latinoamericana pueden apreciarse los cuatro puntos cardinales de la Ciudad de México. Una bruma de polución expulsada por siete millones de carros en movimiento impide ver la cumbre del volcán Popocatepelt. “Si quieres comprender la complejidad de México debes ir a la basílica de la virgen de Guadalupe que queda por allá”. M.T. lleva treinta años tratando de entender la complejidad de México. Vive en Xalapa, en una casa de cuatro pisos que construyó a cuatro manos con su dama. No iré a ver la Guadalupana, pero sí a la basílica levantada con los basamentos del templo mayor Mexica. A la entrada occidental, en un pedestal, está la imagen de San Juan Nonato. Los feligreses dejan un candado para que el santo los proteja del chisme y las habladurías. Tal vez M.T. aún no le ha llevado un candado al santo. Arriba de la Torre Latinoamericana le pregunto si tendría el mismo encono contra lo que llama “las mafias” de haber tenido su obra un despliegue mediático igual al de autores de culto como G.M. o Roberto Bolaño (a quien ha vapuleado en sus críticas). Dice que no lo sabe, que lo único que puede decir a favor de su obra es que la ha hecho honradamente, con rigor y disciplina. “Un escritor debe fracasar hasta los 50 años, para que sea constante, fiel a su obra”. Le digo que pose para una fotografía y se apresura a modelar. Se pone de espalda a la ciudad, se aferra la malla de seguridad de la Torre Latinoamericana con una mano y sube un tacón contra la barda. Abajo, hacen eco las sirenas de veinticinco patrullas policiales. “Habrán cogido a un capo”, digo. “No”, responde: “como están las cosas con los narcos, es más seguro el D.F que el resto del país”.

La última vez que M.T. vio a G.M. fue una invención de la realidad. Se publicó como crónica bajo el titulo “Visita a Gabo en su casa”, en el libro Poéticas y obsesiones, y luego se ha reproducido en distintos medios. “Es una falsa entrevista”, dice. “William Ospina la leyó convencido de que el encuentro fue real. Cuando se enteró de que era inventado se defraudó y me contaron que dijo de mí que era un embustero”. En la falsa entrevista, G. M. flota en olor a santidad. Para visitarlo es necesario pasar el cordón de seguridad de las mujeres que lo rodean. En la ficción aparece más solemne y proverbial que nunca, pero a discreción, reconoce la obra de M.T.:

García Márquez: Ya te dije hace muchos años que no voy a hablar de tus libros. Una palabra mía alabando lo que has escrito bastaría para joderte el resto de la vida.
Marco Aguilera: ¿En privado no podrías decir qué te han parecido mis libros?
García Márquez: No, que te baste con saber que no los he tirado a la basura.

Toda la entrevista es la proyección de un deseo interno: ser reconocido de igual entre iguales. Hay una frase que sintetiza y pone punto final a los encuentros entre el maestro y su perseguidor. Cuando M.T. le pregunta si aun escribe, el anciano responde:
“Eso es asunto privado. Si no supiera que eres chismoso podríamos hablar de todo. Ya sé que vas a escribir minuciosamente todo lo que yo diga o haga. Apuesto a que ya me contaste las manchas que tengo en la cara, el temblor de mis manos, ya anotaste cómo estoy vestido. No dudo de que me hayas olido a fondo cuando cometí el error de permitir que me abrazaras.”

Bajamos la Torre Latinoamericana en silencio. Ya en la calle dice que publicará en Barcelona la versión definitiva de esa novela que apareció hace cuarenta años y con la que lo identificaron como heredero del Garciamarquismo. Ocurre en un pueblo costarricense, San Isidro General, y es una genealogía de 500 páginas con un retrato minucioso de sus habitantes. La reescribió en un año, encerrado en un apartamento que alquiló únicamente para esa labor, enfebrecido por contar lo que se le quedó en borradores y enmendar lo que no le gustaba, curtido con la experiencia adquirida de 19 libros editados. Ya no se llama Breve historia de todas las cosas, sino Historia de todas las cosas. Hay otro libro que se llama así, digo. Sí, dice, el del filósofo Ken Wilber, que se lo robó pese a que yo había publicado mi libro antes que el suyo. (Es verdad: la primera edición de Wilber es de 1996). No sabía que los títulos podían patentarse, digo. No pueden patentarse, dice, por eso no pude tener la exclusividad.

En el hall del Hotel Gillow donde, según El hombre que amaba a los perros, se decidió el asesinato de Trotski, hablamos por última vez. De Colombia le llevé a México los derechos de autor y cinco libros de una publicación en Plaza y Janés. Cuando nos pusimos la cita por e-mail le dije que llevaba para él un fajo de dólares. Al entregárselos, dijo: “Eres bueno para crear ilusiones; dijiste que era ‘un fajo de dólares’ y te creí”. Le recuerdo que Borges vendió 27 ejemplares de Historia de la eternidad en siete años y que solía bromear al respecto diciendo que le gustaría saber quiénes eran sus 27 lectores para agradecerles la deferencia y ofrecer disculpas por importunarlos con un libro tan malo.

Borges era un hipócrita, dice, y se ríe: “yo vendí más”.

De repente se puso inquieto, como si se le hubiera extraviado algo, como si hubiese perdido los lentes. Se palpaba losez: Ya te dije hace muchos años que no voy a hablar de tus libros. Una palabra mía alabando lo que has escrito bastaría para joderte el resto de la vida.
Marco Aguilera: ¿En privado no podrías decir qué te han parecido mis libros?
García Márquez: No, que te baste con saber que no los he tirado a la basura.

Toda la entrevista es la proyección de un deseo interno: ser reconocido de igual entre iguales. Hay una frase que sintetiza y pone punto final a los encuentros entre el maestro y su perseguidor. Cuando M.T. le pregunta si aun escribe, el anciano responde:
“Eso es asunto privado. Si no supiera que eres chismoso podríamos hablar de todo. Ya sé que vas a escribir minuciosamente todo lo que yo diga o haga. Apuesto a que ya me contaste las manchas que tengo en la cara, el temblor de mis manos, ya anotaste cómo estoy vestido. No dudo de que me hayas olido a fondo cuando cometí el error de permitir que me abrazaras.”

Bajamos la Torre Latinoamericana en silencio. Ya en la calle dice que publicará en Barcelona la versión definitiva de esa novela que apareció hace cuarenta años y con la que lo identificaron como heredero del Garciamarquismo. Ocurre en un pueblo costarricense, San Isidro General, y es una genealogía de 500 páginas con un retrato minucioso de sus habitantes. La reescribió en un año, encerrado en un apartamento que alquiló únicamente para esa labor, enfebrecido por contar lo que se le quedó en borradores y enmendar lo que no le gustaba, curtido con la experiencia adquirida de 19 libros editados. Ya no se llama Breve historia de todas las cosas, sino Historia de todas las cosas. Hay otro libro que se llama así, digo. Sí, dice, el del filósofo Ken Wilber, que se lo robó pese a que yo había publicado mi libro antes que el suyo. (Es verdad: la primera edición de Wilber es de 1996). No sabía que los títulos podían patentarse, digo. No pueden patentarse, dice, por eso no pude tener la exclusividad.

En el hall del Hotel Gillow donde, según El hombre que amaba a los perros, se decidió el asesinato de Trotski, hablamos por última vez. De Colombia le llevé a México los derechos de autor y cinco libros de una publicación en Plaza y Janés. Cuando nos pusimos la cita por e-mail le dije que llevaba para él un fajo de dólares. Al entregárselos, dijo: “Eres bueno para crear ilusiones; dijiste que era ‘un fajo de dólares’ y te creí”. Le recuerdo que Borges vendió 27 ejemplares de Historia de la eternidad en siete años y que solía bromear al respecto diciendo que le gustaría saber quiénes eran sus 27 lectores para agradecerles la deferencia y ofrecer disculpas por importunarlos con un libro tan malo.

Borges era un hipócrita, dice, y se ríe: “yo vendí más”.

De repente se puso inquieto, como si se le hubiera extraviado algo, como si hubiese perdido los lentes. Se palpaba los bolsillos. Pasaba la mirada de un objeto a otro. Estaba fuera de sí. Dijo que se iba a Xalapa. Y se fue. Pocos días después, busqué su blog en internet y comprendí la razón de aquel arrebato súbito: “El aire azul de la Ciudad de México me mantuvo la boca amargada y ello me reconfirmó la idea de que debía regresar a Xalapa inmediatamente: además por otra razón: el Final Four, la final del campeonato Latinoamericano de Básquet, en la que la Universidad tiene ¡dos equipos! Increíble: Los halcones rojos de Veracruz, los Halcones de Xalapa.” Lo dicho: un niño que perdió un juguete.

Stanislaus Bhor* Blogger y cronista independiente. Es autor de La balada de los bandoleros baladíes. Escribe en www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com

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