"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 10 mins

"Me parece mejor que a uno lo olviden de vez en cuando"

Para terminar su novela 'Blanco nocturno' se tomó 13 años. Es un método que no recomienda pero que le ha funcionado para ser una de las voces argentinas más celebradas de la literatura de estos días.

Cada escritor tiene sus métodos. Ricardo Piglia, el argentino que la semana pasada ganó el Premio de la Crítica española, desconecta el teléfono de su casa hasta que el reloj da las 2. Lo hace como reclamando un derecho, uno a tener un tiempo muerto para escribir. Lo hace para regalarse unas horas y convertirse en un inalcanzable y experimentar algo de esa soledad absoluta con la que siempre fantasea. El autor de la novela Blanco nocturno dice tener unos métodos livianos, pero durar 13 años escribiendo una sola historia es testimonio más bien de complicados mecanismos.

Ricardo Piglia es ante todo un hombre lento, para él la lectura y, en tanto, la escritura, es un ejercicio de lentitud. Por eso, desprovisto de afanes, ve pasar los años sin las prisas del que tiene que publicar. “Es una forma de trabajo que tengo y que, como digo siempre, no se la recomiendo a nadie. Consiste en hacer un borrador y dejarlo estar, dos o tres años. Luego lo retomo y voy creando como pausas entre una versión y la otra y eso me da la sensación de que el material va cobrando cierta autonomía. Eso ha pasado más o menos con todas mis novelas”, explica el escritor, que tras publicar en 1997 Plata quemada regresó hasta el año pasado a las estanterías que tienen el rotulito encima de Novela. “No me interesa publicar mucho”, confiesa desde Buenos Aires, “me parece que hay demasiados libros”.

Piglia no es de los que concuerda con aquellos que dicen que un escritor tiene que publicar mucho para que el mundo no lo olvide. “Me parece mejor que a uno lo olviden de vez en cuando un poquito”, asegura con su voz vigorosa, que tras el teléfono parece envolatar con eficacia los 70 años que ha vivido. Bueno, quizá justamente su edad le esté haciendo replantear tanto reposo. Ni él hubiera imaginado que los años traerían la prisa. “Estoy dispuesto a cambiar”, dice con gracia, “ya no me queda tanto tiempo, no puedo estar esperando. Tengo que apurarme”.

Su novela Blanco nocturno estuvo a punto de convertirse en mito. Ya pocos daban crédito a esa historia que supuestamente se cocinaba en su escritorio y de la que no dudaba en hablar en cuanta entrevista concedía. Pero fue ese ir y venir sobre el texto, esas latencias, las que le permitieron darse cuenta, por ejemplo, que la Guerra de las Malvinas, que enmarcaba el tiempo de este relato, no podía tener un lugar tan determinante.

 Más bien, fiel a su tradición, fue aclarando esa idea tan suya de que la política no debe verse en una novela en primer plano. “Me parece que un escritor, más que tematizar sobre la política tiene que ver cómo los acontecimientos políticos intervienen en la vida privada. Creo que es la experiencia en Latinoamérica, la nuestra, las dictaduras nos hacen cambiar de formas de vida, ciertos gobiernos nos arruinan y nos hacen exiliarnos de nuestras propias vidas. Me interesa más el modo en que la política afecta a la gente común y no tanto la experiencia de lo político como tema”, explica.

La pausa hizo posible que dejara la demagogia para otros. Lo hizo también con su libro Respiración artificial, en el que el ahogamiento fue la mejor manera de narrar eso que colectivamente se vivía con la dictadura. Más bien, le permitió a Luca y su historia irse apoderando de su pluma con los años. El recuerdo del primo aquel que un día perdió su fábrica y tras entrar en una especie de delirio decidió plasmar sus sueños en las oxidadas paredes que lo habían acompañado durante tantos años de trabajo se convirtió en el centro de Blanco Nocturno.

Luego aparecieron otros personajes. Tony Durán, un puertorriqueño, proveniente de Nueva York y cargado de dinero que llega a un pequeño pueblo de la pampa argentina y se enreda con dos gemelas, Sofía y Ada Belladona, y al cabo de unos días es asesinado. Apareció también Yoshio, un japonés, otro forastero al que el pueblo inculpará de tener relaciones homosexuales con Durán. “A partir de la existencia de los personajes empieza la trama a tomar características que dependen de los personajes y no de lo que uno mismo ha premeditado”, explica Piglia.

Apareció también Emilio Renzi, un asistente fiel de su literatura, un viejo personaje que no ha querido soltarle la mano a Ricardo Piglia desde que en 1967, con la forma de un joven aspirante a escritor, apareció en La invasión.

“Es su álter ego”, dijeron muchos. Piglia reconocía que efectivamente el personaje tomaba muchos elementos de su propia vida. “Renzi ha ido moviéndose en el mismo sentido en el que me he ido moviendo yo y he mantenido esa tensión, sólo que él tiene la virtud de que no envejece, siempre tiene 30 años, me he dado cuenta de eso después, voy a tener que hacerlo envejecer para que así me alcance”, asegura dejando largar una carcajada.

Oírlo hablar de su Renzi —que en Blanco nocturno es el encargado de investigar el crimen de Tony Durán— es como si en distancia se oyera resonar la confesión de Piglia mismo. “Él tiene una mirada muy literaria sobre el mundo y eso le hace muchas veces fracasar en la vida, también con las mujeres. Él es una ilusión que yo tengo y que tenemos muchos de saber cómo sería otra vida posible si hubiéramos tomado otras decisiones mínimas que han determinado la vida”.

Con los años, con cinco libros de ensayos, tres de relatos y cuatro novelas publicadas, Ricardo Piglia no tiene miedo a confesarse, quizá por eso haya accedido a la invitación del suplemento literario español Babelia para publicar otro mito que se había creado en torno a él: sus diarios. “Quería acabar con la idea de que era algo secreto. Hay secretos, siempre hay secretos, pero los diarios son sobre todo una manera para recordar”, sentencia el escritor.

Lleva tantos años consignando su vida, preferiblemente con tinta azul, e indefectiblemente en las libretas marca Congreso que siempre va a comprar a una librería del barrio de La Boca, que es una práctica que ya no puede explicar:  “lo sigo haciendo casi por manía, siempre resulta muy interesante cuando uno lee su propio diario, es muy extraño, encuentras cosas ahí contadas con mucha intensidad que uno no recuerda, y cosas que uno recuerda como muy importantes que resulta que uno no las anotó, como si todo el tiempo te evidenciara que el valor de las cosas y de las emociones es relativo”.

Ahora semana tras semana cuela algo de su vida en la web, la deja colar también con la misma regularidad cada vez que dicta sus cursos de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, Estados Unidos. Es ahí más que en cualquier otro lugar en donde la inminencia del tiempo, las verdades de su edad se le revelan. “Yo siempre estoy envejeciendo, los estudiantes tienen siempre la misma edad”, pero es ahí también el lugar en donde enseña sus maneras de escribir, sus formas de leer, y donde se da cuenta de que ir lento quizás a otros también les pueda funcionar.