No más dietas

He decidido escribir una columna cursi que comienza en un salón de baldosas de barro cocido y vidrios opacos.

Estoy parado en el centro, tengo doce, trece años, y creo que recién suena la campana que anuncia el fin del recreo. Uno a uno, mis compañeros están entrando, y en un momento uno de ellos me arroja una palabra como si se tratara de un balde lleno de inmundicias.

-¡GORDO!

Basta con un par de segundos para que una idea cambie tu vida. Sobre todo si tienes doce o trece años. Durante el resto de mi pubertad, mientras algunos compañeros peleaban contra sus orejas y narices largas, su exceso o déficit de estatura, sus frenillos, sus anteojos ridículos, yo tuve que lidiar con esa palabra colgada al cuello. Mi autoestima se extravió y también renuncié a tener novia. Pero un día me enamoré y se enamoraron de mí. Fue un amor de verdad. De esos en los que es imposible ocultar el brillo de los ojos y la luminosidad de la sonrisa. Se llamaba Diana y era lindísima. El primer beso nos lo dimos a escondidas en una esquina del teatro de la escuela

Un día, cuando el amor más nos embriagaba, Diana me miró y me dijo sonriendo: “Me gustás”. Me lo dijo con el amor que me tenía, con ese amor de los de verdad, que hacen brillar los ojos y deslumbrar sonrisas. Sus palabras, tan poderosas como aquellas que me lanzara aquél villano después del recreo, decretaron el fin de mi pubertad. Con solo pronunciarlas crecí como diez centímetros, me salió algo de bigote, se me afinaron las piernas y voló mi panza. De repente era un niño normal, enamorado, feliz.

Hace una semana, en una reunión, una amiga de rasgos finos y bellos, ligeramente gruesa en su contextura pero con un carácter magnético y encantador, me confesó que lleva su vida entera luchando contra sus gordos y los complejos correspondientes. “Uno nunca se va quitar de encima este complejo”, me dijo esta chica que a todas luces tendrá de gorda lo que Rene Zellweger tiene de fea (y de gorda).

Mientras la escuchaba caí en cuenta que desde aquél día en que después de recreo me condenaron a la gordura sicológica, mi cuerpo nunca ha dejado de cambiar. Y he descubierto que esas palabras carecen de sentido absoluto. También caí en cuenta que los momentos en que mejor he estado de peso y figura han sido aquellos en que alguien a quien amo me ha mirado a los ojos y con un abrazo me ha dicho que me quiere y me desea.

Creo que ante la imposibilidad de competir contra los cuerpos digitalmente perfectos en avisos y portadas de revista, el amor viene siendo una fácil manera de adelgazar tan o más eficaz que la lechuga o el spinning. Quizás convendría abandonar dietas fútiles, sobre todo aquellas que nos adelgazan el alma.

¿No era lo que esperaban?

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