ONU premia iniciativa ambiental colombiana

Mónica Sanz, quien ha liderado la transformación de las curtiembres en Villapinzón (Cundinamarca), cree que los curtidores tienen algunas enseñanzas que ofrecer al país.

Por décadas, los curtidores asentados a lado y lado del río Bogotá, a la altura de Villapinzón, fueron vistos como el origen de todos los males de este gran cuerpo de agua. Se les señalaba como los máximos responsables de los altos niveles de contaminación de las aguas que riegan la sabana. Paradójicamente, el mes pasado, la Organización de Naciones Unidas eligió a un grupo de ellos, que han trabajado junto a Mónica Sanz, experta del Instituto de Estudios Ambientales de la Universidad Nacional, como un ejemplo de desarrollo sostenible.

“Quienes eran las ovejas negras del río, ahora están dando ejemplo”, dice Sanz quien en 2004, mientras terminaba un doctorado en el Institute for Water Education de la Unesco, en Holanda, comenzó a colaborar con los curtidores para que transformaran su industria y adoptaran mecanismos de producción limpia. De los 150 establecimientos de curtiembres, hoy ya son 80 los que han logrado transformar sus métodos de producción, arreglar sus cuentas pendientes con las autoridades ambientales y dejar de arrojar sustancias tóxicas como cromo y sulfuro al río. Aunque el primer puesto del Premio de Mejores Prácticas en el Día Mundial del Agua otorgado por la ONU recayó en una iniciativa de Sudáfrica, la propuesta de los colombianos fue destacada como una de las seis mejores.

Sanz resaltó que los curtidores incluso han aprendido a sacar provecho de los residuos. Los desechos orgánicos que deja la producción de los cueros están sirviendo a estas familias para producir un compost que es vendido como abono orgánico en la región. Una fuente inesperada de recursos para los curtidores, acostumbrados a que el río se llevara todos esos residuos.

Para Sanz, lo que ha sucedido en Villapinzón es una lección para los ambientalistas y expertos que muchas veces olvidan escuchar a la comunidad. Buena parte de las soluciones para transformar las curtiembres nacieron de la propia comunidad y no de grupos económicos interesados en sacar provecho de sus necesidades. “Nada de esto se hubiera logrado sino trabajamos con la comunidad”, dice la experta.

También se trata de una experiencia que esconde algunas enseñanzas para un país semidestruido por una tragedia ambiental. Como en Villapinzón, la falta de planeación territorial, la confusión en las normas ambientales, la excesiva fragmentación institucional en temas relacionados con el medio ambiente, fueron las causas de gran parte del desastre. Sanz y los líderes comunitarios de las curtiembres, han tenido que nadar contra la corriente desde que decidieron hacer las cosas de forma correcta. Un ejemplo de esto, es que durante tres años permaneció bloqueado el proceso simplemente porque no estaba definida con claridad la ronda del río en esta zona. Tres años tomó poner un límite. También han enfrentado decenas de tropiezos por culpa de las disputas de jurisdicción de las Corporaciones Autónomas.

Para la experta de la Universidad Nacional los más de tres millones de damnificados que deja el duro invierno que azota al país, son la prueba más visible de que las cosas no se pueden seguir haciendo igual. “El ordenamiento territorial en Colombia ha sido guiado por intereses particulares y no respetando a la naturaleza y sus ecosistemas”, dice, “ahora tenemos que replantear por completo al país”.

Entre las muchas sugerencias consignadas en un documento elaborado junto a un grupo de expertos en temas ambientales, y entregado al gobierno recientemente, Sanz plantea un cambio de mentalidad. Cree que no se puede seguir pensando en invertir millones de pesos en construcción de diques y represas que alteran los ecosistemas. Se trata en su opinión de tomar la difícil decisión de relocalizar poblaciones vulnerables y aprender a respetar los límites que impone la naturaleza.

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