Optimistas a la fuerza

La escritora norteamericana Bárbara Ehrenreich critica esta tendencia en su libro 'Sonríe o muere'. Una seudoideología que arrasa en EE.UU. y asegura que no falla el sistema, sino la actitud de cada uno.

“Ya, ya, sabemos que está sin empleo, pero con esa actitud negativa no se llega a ninguna parte. Sonría, sonría”. “Sí, sí, puede que tenga cáncer, pero no interiorice lo que le está pasando como una desgracia, sino como un desafío”. No es un diálogo inventado. Estas frases se han convertido en un lugar común y resumen la corriente de pensamiento de que la desgracia en sus variadas formas no es, en realidad, un infortunio sino un reto, y que acabar en las filas del desempleo o contraer una enfermedad grave, por ejemplo, es una oportunidad de cambiar de vida.

La llegada de la crisis más dura desde la Gran Depresión de 1929 ha acentuado esta teoría, conocida en Estados Unidos como pensamiento positivo. Según la misma, las víctimas de la crisis no sólo tienen que sufrir en silencio su desgracia, sino que casi se ven obligadas a estar contentas, como ha denunciado la escritora estadounidense Bárbara Ehrenreich en su libro Sonríe o muere (Editorial Turner, 2011).

La autora ejemplifica este pensamiento en el acoso psicológico que sufren los desempleados en los seminarios de motivación y cursos de empleo: “Había gente a la que habían echado del trabajo y que se dirigía cuesta abajo y sin frenos hacia la pobreza, a la que se decía que debía ver su situación como una oportunidad digna de ser bienvenida”.

Aunque las raíces de este movimiento sean más antiguas (Ehrenreich lo entronca con una evolución del calvinismo norteamericano a partir de 1850), las sencillas premisas en las que se basa se han difundido por el mundo en libros de autoayuda y superación como el archifamoso ¿Quién se ha llevado mi queso?, de Spencer Johnson, que permaneció durante cinco años en la lista de los más vendidos desde que se publicó en 1998.

El queso que persiguen cuatro ratoncillos simboliza la felicidad, la riqueza, el empleo y el bienestar que busca cada uno. Y la parábola incita a adaptarse a las nuevas circunstancias en esa búsqueda en lugar de lamentarse cuando te mueven tu queso.

En la misma línea, ha causado furor El secreto (2007), de Rhonda Byrne, que desvela una nueva ley que viene a ser al mundo personal lo que la ley de la gravedad es para la física. Se trata de la ley de atracción, cuyo enunciado dice que “cualquier idea que esté en la mente se atrae hacia la vida”.

El colmo de estas publicaciones es el bestseller Nos despidieron... Y es lo mejor que nos ha pasado nunca (2005), de Harvey Mackay. “A los estadounidenses se les insta a pensar en las desgracias como oportunidades. El desempleo supuestamente ofrece la oportunidad de pasar a un trabajo mucho mejor. Del mismo modo, la enfermedad ofrece una oportunidad de crecimiento personal. Y si, después de meses o años, todavía no has encontrado un puesto de trabajo —o si el cáncer ha hecho metástasis—, sólo tienes que trabajar más duro para ser positivo y superarlos”, señala Ehrenreich.

Uno de los argumentos falaces que emplean los positivistas es dividir el mundo entre los que piensan en positivo como ellos y los pesimistas depresivos. En esta división interesada se olvida que hay otra categoría de seres humanos que han contribuido mucho más que cualquier otra al progreso: los realistas.

Afrontar los problemas desde el realismo, aunque eso implique un pesimismo inicial, hubiera, por ejemplo, suavizado las consecuencias de la crisis financiera internacional. Como relata de forma magistral el documental Inside job, cualquiera que se atrevía a alertar sobre la enorme burbuja que se estaba cociendo en torno a los productos financieros tóxicos, era automáticamente ridiculizado.

En EE.UU. el pensamiento positivo se ha colado en las iglesias. Como denuncia Ehrenreich, el primitivo calvinismo que condenaba cualquier goce mundano y llamaba a la austeridad ha dado paso a macroiglesias, con telepredicadores que no sólo no esconden su riqueza sino que hacen de la ostentación el centro de la “teología de la prosperidad”: Dios premia con riquezas a quien tiene una actitud positiva. Oradores evangelistas como Joyce Meyer, Creflo Dollar, Benny Hinn o el matrimonio Copeland vuelan en aviones privados y han amasado fortunas con ese mensaje.

Aunque, sin duda, el principal vehículo de difusión de la dictadura del optimismo son los medios de comunicación y las grandes estrellas mediáticas, como la presentadora estadounidense Oprah Winfrey, la mujer negra más rica del mundo.

Para Ehrenreich, “el pensamiento positivo es en realidad un brillante método de control social, ya que anima a la gente a pensar que no hay nada malo en el sistema (la economía, la contaminación ambiental). Y que lo que está mal tiene que ver con usted, con la actitud personal de cada uno”.

Temas relacionados

 

últimas noticias

El dinero sí da felicidad

Nissan Sentra SR: renovado y deportivo