"Pakistán no es un nido de terroristas"

El país es un coctel de radicales islamistas, armas nucleares y desgobierno.

Apenas superado el impacto de la operación estadounidense que mató a Osama bin Laden, las élites de Pakistán se han enzarzado en una guerra de acusaciones. Mientras los sectores liberales piden explicaciones de sus militares y servicios secretos, los uniformados tratan de pasar la responsabilidad a un gobierno claramente inoperante. Lo ocurrido sacó a la luz el principal impedimento para que este país deje atrás su reputación como sede central de Al Qaeda: la tutela de los gobiernos civiles por un Ejército obsesionado con India.

“Lo bueno del caso es que ha expuesto a las instituciones responsables de la seguridad y se ha abierto un debate en los medios sobre los militares y los servicios secretos”, explica Saroop Ijaz, un abogado y analista político de Lahore.

Programas de televisión, artículos de periódico y charlas de café deliberan si el Ejército y su poderosa agencia de espionaje, el Inter Services Intelligence (ISI), sabían que el terrorista más buscado del mundo se escondía en Abbottabad. Cualquiera que sea la respuesta, salen mal parados. En caso afirmativo, serían cómplices de haberlo ocultado. Lo contrario los convertiría en incompetentes, una posibilidad que obliga a replantearse los privilegios y el presupuesto que Pakistán ha consagrado a sus Fuerzas Armadas desde su nacimiento como país hace 64 años.

El silencio de los militares —que sólo emitieron un comunicado el jueves— dice mucho de su bochorno. Pero de forma discreta ya han empezado a pergeñar una escapatoria. Según el diario The News, varios altos mandos se reunieron el viernes con una veintena de destacados periodistas para defender su actuación. En esa cita, los militares acusaron al gobierno de Asif Ali Zardari de no haber discutido la lucha contra el terrorismo con el Ejército, “ni siquiera una vez en los últimos tres años”, y de ignorar a la milicia y las agencias de información en sus relaciones con EE.UU.

La realidad cuestiona su alegación. El veto de los militares sobre la definición y defensa del interés nacional no es una mera especulación periodística. En su autobiografía, Benazir Bhutto, la asesinada dirigente política y esposa de Zardari, deja claro que hay tres asuntos sobre los que ningún jefe de gobierno civil tiene autoridad alguna: Afganistán, Cachemira y las armas nucleares. Sólo hay un motivo para que el Ejército se reserve esos dosieres: la obsesión con India, que constituye el pilar de su doctrina.

A punto de cumplirse 10 años desde que un presidente militar, el general Pervez Musharraf, se alineó con EE.UU. en la guerra contra el terror, Pakistán sigue negándose a atacar a las facciones talibanes que se refugian a su lado de la frontera por temor a un Afganistán dominado por India.

En palabras del investigador pastún Abubakar Siddique, los militares paquistaníes consideran a ciertos grupos militantes como “una segunda línea de defensa contra India”. Tal es el caso de los talibanes afganos, el grupo de Haqqani o Lashkar-e Taiba, una organización terrorista que activan cuando necesitan presionar a su vecino y rival, con el que ya han librado tres guerras. Muchos analistas ven al país como un peligroso coctel de radicales islamistas y armas nucleares. No hay que olvidar que, como recuerda la comentarista Miranda Husein, “todos los atentados islamistas que se han producido tras el 11-S tenían algún vínculo con Pakistán”.

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