Pala regresó a Colombia

Se llama Carlos Palacio y en un acto de sinceridad reconoce que es músico porque no fue capaz de hacerse escritor.

Pala no cree en la inspiración, porque si eso existiera, trabajos como el suyo no tendrían ningún mérito. Sería como un extraño personaje a la espera de una musa portadora de una suerte de regalo. Él prefiere pensar que su caos es útil para componer y por eso se declara incapaz de trabajar tres horas seguidas en una creación. Va por fragmentos y aunque desde el comienzo tiene una idea básica de lo que quiere expresar, no se complica hasta que el tema está terminado. En ese momento empieza la labor de refacción en la que puede tardar meses, porque es un compulsivo con los textos.

Esta condición hace que Pala, cuyo verdadero nombre es Carlos Palacios, no se sienta del todo cómodo con la expresión cantautor, porque puede crear el imaginario de alguien que llega con una guitarra y una boina roja a cantar al lado de una chimenea una canción como La era está pariendo un corazón. Él no tiene diferencias con los cantautores de izquierda ni con los de derecha, pero exige su derecho a desmarcarse. Por eso se queda con el término castizo de cancionista o de canción de autor.

“Es indiscutible que existe un hilo conductor entre los tradicionales trovadores y los nuevos exponentes de la canción, porque el género es imperecedero; sin embargo, desde hace algunos años esta generación está muy interesada en desprenderse del estigma del cantautor de los años 60 y muchos, incluso, rechazan la expresión para evitar el sesgo político”, comenta Pala, quien considera que el boom de las sonoridades colombianas ha estado beneficiado por la esplendorosa crisis de la industria discográfica tradicional y la apertura de los mercados alternativos.

Cuando decidió estudiar música en Cuba fue porque los costos de academia entre el Instituto Superior de Artes de La Habana y Berkeley, que ofrecían currículos similares, había dos ceros de diferencia en el recibo de pago. Sin embargo, también optó por la isla, porque durante mucho tiempo fue seguidor de un formato trovadoresco que ahí tuvo una evolución particular.

En sus años de formación en Cuba, luego de su paso por Colombia y durante su estadía prolongada en Argentina, el humor ha sido una herramienta indispensable. Pala admira a los buenos comediantes y cree que el hacer reír es el máximo recurso, aunque es de doble filo porque se puede caer en el lugar común. “Soy muy panfletario y me gusta poner las cartas sobre la mesa. Si voy a ser demagogo, que sea de frente, sin maquillajes ni máscaras”, dice este paisa que hace rato entendió que no es cantante, según él porque tiene una voz muy limitada y lo que hace es narrar sus propias canciones pensando en la letra.

Pala es uno de los representantes de la canción latinoamericana en Colombia, un movimiento que tiene figuras tan importantes como el argentino Kevin Johansen, el español Ismael Serrano y el argentino Jorge Drexler.

“Lo que percibo es que los colombianos nos enorgullecemos de algunas cosas un poco tarde. Cuando aparecieron los Carrangueros había cierto sentimiento de comicidad y no un movimiento que arropara a Velosa como una autoridad en la materia. A ese tipo de valoraciones de las manifestaciones siempre hemos llegado tarde. La nueva canción fue perecedera y, cuando arribamos, los valiosos ejemplos locales no habían sido muchos y su tiempo había pasado”, afirma Pala, quien asume el riesgo de explorar algunos temas porque involucra peleas personales.

Las salas de 300 o 400 personas en Buenos Aires fueron por muchos años su fortín. A Medellín regresó hace menos de ocho meses y fue uno de los invitados especiales del VI Congreso de la Música, en el que cantó acompañado por una banda sinfónica. Al saber que la boletería del Teatro Metropolitano, con capacidad para unos 1.500 espectadores, estaba agotada, su mamá le dijo: ‘Mijo, ya es profeta en su tierra’. Y así es, Pala, a pesar de haber vivido mucho años fuera del país, tiene un reconocimiento importante... y eso que no cree en la inspiración.