Paradojas nupciales

Ahora que mis amigos se comienzan a casar, he asistido a un par de matrimonios y siempre salgo con la misma incómoda sensación.

Es un ritual curioso, este del casamiento, y creo que ya es hora que reconozcamos que tiene serias contradicciones que debemos resolver.

La primera: basta ya de esa norma inhumana de no dejar que el novio vea a la novia antes de la boda. Acabar con esta cláusula permitiría cuando menos que el pobre hombre emita su opinión frente al ajuar propuesto por la sarta de maquilladores, peluqueros y diseñadores que, en complicidad con la familia y las amigas de la novia, se pasan en muchas ocasiones de creativos. A este nicho de conspiradores no les basta con que el novio esté condenado a ocupar ese puesto ingrato de esperar a la novia en el callejón, muerto del susto e indefenso. Tienen, además, que torturarlo, mandándole por el corredor a una mujer que no ha sido ni su novia ni su amante, sino una señora disfrazada que viene a su encuentro para ser su esposa, toda la vida.

La segunda: hay que hacer algo con las invitadas a la boda. No tiene sentido que justo el día en que un hombre se despide para siempre de su soltería, todas las mujeres a su alrededor luzcan como si fueran a una fiesta en el Olimpo. Las flacas se ven esbeltas; las gordas, voluptuosas; las narizonas, exóticas; y las lindas, hermosas. No es justo. Yo propongo que a los matrimonios todas las mujeres hagan lo posible por irse feas. Eso mitigaría un poco los posibles efectos del excesivo emperifollar de la novia. También contribuiría a reducir un efecto macabro que tienen las bodas en la mayoría de las parejas solteras: ese que hace que a las mujeres se les exacerben las ganas de casarse mientras que a sus respectivos las ganas se les refunden al ver a su alrededor tanta belleza.

La tercera: creo que todo el orden del ritual está mal concebido y que ahí radica gran parte del fracaso de los matrimonios contemporáneos. Un matrimonio no puede arrancar bien cuando la primera noche de consumación de las nupcias se lleva a cabo entre un hombre que se ha bebido la vida entera y una mujer disfrazada por el cartel de conspiradores antes mencionado. El grado de intoxicación de muchos hombres el día del matrimonio parece más la borrachera de un despecho que la de un enamorado. Mi propuesta: que la despedida de soltero se reprograme como after party de la fiesta de matrimonio, con asistencia optativa de la novia. Así, la siguiente noche, iniciada la luna de miel y recuperada la cordura después de tanta confusión, los enamorados pueden retornar a la normalidad y continuar viviendo felices, para siempre.

¿No era lo que esperaban?

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No prometo resolvérselas, pero nos divertiremos.

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