Pataletas de pequeño, frustraciones de grande

Educar las emociones es una tarea compleja que comienza desde que los niños nacen. Establecer límites sin caer en el autoritarismo ayudará a los menores a manifestar lo que sienten ante cualquier persona o situación de una manera sana y equilibrada.

Los niños llegan al mundo llenos de curiosidad por descubrir lo que les rodea. En las primeras etapas de su desarrollo quieren tocar los objetos, llevarlos a la boca, meterlos en su nariz, darles vueltas, saltarles encima para ver qué pasa. Una aventura que disfrutan sin preocuparse por su seguridad o supervivencia.

Por su parte, los adultos se la pasan pidiéndole al niño no tocar esto, no saltar sobre aquello o no comer lo que ha caído al piso. Pero ellos están impulsados por la curiosidad de querer explorar el mundo y descubrirse en él. Los padres desean tener a sus hijos cerca para protegerlos. Los niños, en cambio, quieren romper ese lazo para ser libres de salir a aprender. Cada uno jala para su lado en la dirección opuesta. Este es el origen del conflicto entre padres e hijos que se extiende a posteriores etapas de la vida.

¿Qué hacer? La respuesta no es una sola, no existen fórmulas mágicas, ni tampoco dos niños iguales para quienes la solución sea la misma. Sin embargo, sí hay parámetros dentro de los cuales se mueven ciertas leyes universales. Por ejemplo, las instrucciones genéticas con las que nace cada ser humano. De acuerdo con los estudios del psiquiatra William Glasser, nacemos con cinco necesidades básicas: la de pertenecer o ser amado, la de ser reconocido o de poder, la de divertirse, la de supervivencia y la de ser libre.

Estas necesidades se pueden evidenciar en el papá que quiere proteger a su hijo, a la vez que verse reconocido como buen padre cada vez que dice no, o en el adolescente que busca sentirse libre cuando se rebela al no tener permiso para ir a una fiesta, o el niño de 9 años que alega por querer ir al centro comercial con sus amigos. Estas situaciones no se diferencian mucho del comportamiento de un bebé que está aprendiendo a caminar y quiere salir corriendo en cualquier dirección. ¿Qué pasa si al bebé se le permite correr desenfrenadamente en aras de que aprenda a hacerlo solo? ¿Qué pasa si se le retiene inmóvil en aras de que esté seguro? Ningún padre quiere ver a su hijo lastimarse. Por lo tanto, es importante establecer límites claros y confiables donde ellos se puedan mover de forma segura y también frustrarse a veces, para aprender a seguir adelante.

Ser padres es una tarea compleja. Es preciso hacer pausas para aprender con lecturas, conferencias, talleres… Y luego mirar al interior de nosotros mismos para tomar aquello que es útil. Ese recorrido empieza desde el momento en que nacen, no hay que esperar a la adolescencia para pensar en ayudarles a manifestar sus emociones de forma sana y equilibrada.

Consejo del especialista

Hay que establecer límites que satisfagan las necesidades de los hijos y de los padres. La imposición autoritaria e incomprensible para el niño le impedirá tomar decisiones ante las dificultades y esta frustración se reflejará en la falta de iniciativa o en comportamientos depresivos más adelante. De igual forma, ceder ante una pataleta genera inseguridad en los menores.

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