Porque el amor no tiene punto final

La escritora que organiza en la Universidad Nacional un evento en memoria del recién fallecido Ernesto Sabato cuenta cómo le marcó la vida y la paradoja de haber asistido al velorio de uno de sus padres literarios.

A Alejandro Wills, que me exigió que escribiera estas palabras.

Regresé a Santos Lugares. El sábado 30 de abril me levanté en Buenos Aires. Estaba en la ciudad de los poemas de Borges, el lado de acá de Cortázar, las largas conversaciones con la muerte de Pizarnik. Viajé a esa ciudad, o eso creía, a presentar mi segunda novela Acaso la muerte, que fue publicada por una editorial argentina. Digo creo, pues ahora sé que más que a realizar mis propias tareas, presentar la novela, visitar a los amigos y amigas, bailar tango, estaba allí para vivir el día de la muerte del maestro Ernesto Sabato.

Esa semana me había reunido con Elvira González, su compañera, para preparar en conjunto con la Fundación Sabato, la celebración que haremos en Bogotá, por los cien años de su natalicio (24 de junio). Le pregunté si podía visitar al Maestro y me dijo que ya no había más visitas, nosotros habíamos sido de los últimos que lo visitamos en el año 2008. Agregó también que en estos días estaba un poco enfermo, aunque todo parecía mejorar. De todas maneras la vida me guardaba una visita más, en el Club del barrio donde se encuentra la biblioteca Don Ernesto Sabato. Hasta allí tendría que llegar para encontrarme a ese hombre lúcido y maravilloso en su despedida final.

Santos Lugares es un destino que muchos, sin siquiera pisar Buenos Aires, ya habíamos recorrido. De la estación del tren tomás a la izquierda y subís por esa calle hasta encontrar la calle Langeri, allí hacés una derecha y a media cuadra te encontrás a la izquierda (como el lugar del corazón) la casa de Don Ernesto, y a la derecha el Club de Defensores. Muchos sabíamos de la reja que antecede la casa y el jardín, convertido en una pequeña selva pues Don Ernesto decidió que no lo podaban más.

De allí, mi hija Libertad, de cuatro años y medio, quien con mi mamá me acompañaron en este viaje, recogió hojas del otoño porteño para traerle a su padre como recuerdo de ese lugar que habíamos visitado juntos. También los pisos ajedrezados, los gatos que aparecían de la nada, los cuadros donde el maestro dejó plasmados los mundos tenebrosos que sus viajes a la oscuridad le develaban. El patio interior, la austeridad, los fantasmas de sesenta años de vivir en esa misma casa, en ese barrio donde el viejo dijo: “Cuando me muera, quiero que me velen acá, para que la gente del barrio pueda acompañarme en este viaje final... Y quiero que me recuerden como un vecino, a veces cascarrabias, pero en el fondo un buen tipo... Es a todo lo que aspiro”.

Esa mañana me levanté con una sensación de estar dentro de un sueño. Alguien en un lugar que gravitaba en otro tiempo y espacio me acogía en un abrazo inmenso. Mientras me tomaba el primer café del día, recordé el sueño. Todo estaba invertido. En mi sueño era yo la que abrazaba a un desconocido sentado frente a un computador. Yo por detrás lo envolvía con ternura. Me sonreí. ¿Sería yo misma que necesitaba abrazarme a través de otros? Pensé. Las tareas de la mañana no me dejaron detenerme mucho en las reflexiones psicoanalíticas. “Mamá, ven a conversar con papá por Skype”, me dijo Libertad. Desde que vi a mi marido supe que algo sucedía. Fue él quien me dio la noticia. Mi confusión fue total. Ahora sé que en el fondo sentía que estaba viviendo un destino paralelo. Me había imaginado una y otra vez la muerte de Sabato. Suponía que, como con otras muertes, me despertarían de la emisora de la Universidad Nacional: “Profe, se murió.... por favor nos da una entrevista”, y yo les pediría un minuto para terminar de despertar y poder balbucear algunas palabras. Pero esta vez, la más temida, no estaba allí. La cinta de Moebius me había volteado la realidad y me encontraba del otro lado de la vida. Llamé a Elvira, quien con total entereza contestó su celular y me dijo: “Lo vamos a velar a Ernesto en el Club de Defensores a las cinco de la tarde.”

Con mi mamá  y Carolina Sborovsky, mi editora, visitamos la Esma (Museo de la Memoria de la dictadura argentina). Entre las fotos de los desaparecidos y el eco de las torturas que nos perseguía por esas calles tupidas de árboles no dejé de pensar en el maestro Sabato. Ese sábado llegamos a la estación donde por dos pesos se compra el boleto de ida y vuela a Santos Lugares. Nos subimos al tren.

A esa altura yo estaba desconectada del presente turístico de mi mamá y  mi hija. Ellas se tomaron fotos: “Mira, por primera vez veo pobreza en Buenos Aires”, dijo mi mamá mientras el tren se escabullía de la estación. Yo  había entrado en un viaje al pasado. Estaba tejiendo los hilos que sólo la muerte pone en orden. Esta era mi historia con Sabato. Empezaba en el final. Empezaba en que una tarde tendría que volver a ese lugar donde tres años atrás fui, con Erwin Fabián, mi marido y Matías y Libertad. Ese día viajamos hasta allí eufóricos de poder escuchar la voz de ese maestro. Lo encontramos en una camilla, enfermo, y no musitó palabra. Sin embargo, en su mirada y en la forma en que apretó mi mano cuando le conté que en este país lo queremos mucho y que su obra nos ha dado tantas comprensiones, vi una fuerza de vida que pocos tenemos. Ese día entendí unas palabras suyas que había leído: “La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse”.

Mi pasado tejía otros encuentros. Una lectura de El Túnel a los quince, que a casi todos nos ha marcado, una conversación con mi primer amor platónico en la universidad, un muchacho lánguido y brillante que una tarde sentados en un pedazo de montaña dentro del campus, me dijo –y no era un guiño de coquetería– que le recordaba, supongo que mi nombre, y no yo, a la Alejandra de Sabato.

Muchos años después fui testigo de los encuentros entre mi marido y Luis Fernando Ramírez, donde dedicaron horas a una conversación sobre el pensamiento complejo y Sabato. Gracias a ellos me reencontré, ya adulta, con el maestro. Me comprometí con Fabián, en un acto de amor, a hacer un seminario en la Universidad Nacional donde descubrí otro de los amores de mi vida: Ernesto Sabato.

Por suerte, la literatura no nos exige fidelidades ni exclusividades, no hay que pactar nada con los amores que ella nos brinda y podemos enamorarnos de muchos, contradictoriamente, sin barreras. Luego vinieron las conversaciones con Roberto Burgos Cantor, sus palabras precisas, poéticas, pausadas, donde pude oír la voz del maestro. Las dos visitas a Santos Lugares. Entre tanto escribí un libro sobre literatura latinoamericana del siglo XX y en él un capítulo sobre Sabato, donde cuento por qué me parece un pensador esencial de ese siglo.

Cruzamos a la derecha en Langeri. El escenario era diferente al de la primera vez. Fue una visita que, como la escritura, fue solitaria y populosa. Frente al Club, numerosas cámaras de televisión. Gente llegando de todas las direcciones. Nos acercamos primero a su casa. Me paré allí. Vi, como fantasmas de otro tiempo, la mesa de unos niños jugando dominó que encontramos en la visita anterior, y oí cuando uno de ellos nos gritó: “cuidado que los pone a leer”. Esta vez la reja estaba llenándose de palabras y flores. Mensajes sobre su entereza, su inteligencia, su vida coherente. Gracias Maestro, Gracias Don Ernesto, Gracias Sabato. Entramos al Club.

 En el segundo piso, en las canchas, hicieron su velorio. Una gran tela negra rodeaba el espacio, dos velas y muchas flores. Poco a poco llegaban más y más personas. Vi muchas lágrimas derramarse en el silencio que nos impone haber conocido tanto a un ser a través de las palabras. No pude dejar de pensar en cada uno de esos muchachos y muchachas colombianos que han venido a mi oficina a hablarme de Sabato. Todos mis alumnos estuvieron allí conmigo. También Fabián, Lucho, Roberto Burgos y mis hijos, que no se cansan de preguntar: ¿Mamá, y por qué Sabato es ‘el maestro’? Algún día lo terminarán de entender.

Debíamos partir. Esa noche regresábamos a Bogotá. Tomamos café en el Club de Defensores, comimos alfajores, vimos llegar los amigos del barrio, a los lectores y lectoras. Vimos a sus nietos y sus bisnietos, su hijo Mario, su compañera Elvira. Vimos también a Jorge, su hijo muerto, y a Matilde, su primera mujer. Vimos a Juan Pablo, a María, a Alejandra, a Martín, a Bruno y muchos otros seres que poblaron sus textos. Me despedí sin miedo. Ya la muerte de otros seres queridos me ha demostrado que la historia de nuestros amores no tiene punto final.

En el tren de regreso me senté frente a un argentino guapísimo. Sus manos me mostraban que debía ser trabajador de la madera o albañil. Le pregunté si en la estación de Palermo había ‘subte’, él me contestó con esa amabilidad de los argentinos, luego me preguntó “¿Subiste en Santos lugares, verdad?” Yo asentí. “Sabés que allí murió hoy Sabato”. “Sí, vengo de su velorio”. “Ese hombre es pura oscuridad”, contestó, y luego me dio las muchas razones por las que le gustaban más otros autores argentinos. Yo guardé silencio. Después jugó unos minutos con mi hija y cuando iba a bajar del tren, no sin antes contarme que tiene dos novias colombianas por internet, una bogotana y otra barranquillera, porque las colombianas son dulcísimas, me dijo: “De todas maneras Sabato vio la realidad, atroz; tal vez a nosotros no nos guste verla”.

 *Doctora en Literatura y profesora de la Universidad Nacional. Autora de las novelas ‘La ciudad sitiada’ (2006) y ‘Acaso la muerte’ (2011).

En Uniandinos, la Nacional y el Gimnasio Moderno

La Asociación de Egresados de la Universidad de los Andes también evocará a Ernesto Sabato el martes 14 de junio con uno de sus ciclos de “Lecturas compartidas”, esta vez a cargo de la profesora e investigadora literaria Alejandra Jaramillo Morales, quien lanzó en abril en Buenos Aires, Argentina, la novela Acaso la muerte, un policial que transita con mirada femenina las últimas décadas de nuestra historia. La escritora uniandina, autora de dos novelas, un libro de cuentos, dos de ensayo y una constante actividad como crítica y docente de la Universidad Nacional, disertará sobre dos ensayos esenciales de Sabato: Hombres y engranajes y El desconocido Da Vinci. La presentación del evento estará a cargo de Liliana Ramírez, coordinadora del pregrado de Literatura de la Universidad Javeriana. El 24 de junio se cumplirán cien años del natalicio del escritor argentino y habrá eventos en la Universidad Nacional y el Gimnasio Moderno, incluida una maratón de lectura de la novela El Túnel en la que participarán personajes de la vida nacional. Probablemente a estos últimos asista Elvira González Fraga, la mujer que acompañó a Sabato los últimos 40 años de su vida.

Más información: Uniandinos, calle 92 # 16-11, 6162211 Ext. 110 a 114

 

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