Presidencia colegiada

Antonio Navarro cuenta cómo lograron romper la hegemonía liberal y otras anécdotas desconocidas de la Asamblea Constituyente.

A principios de enero de 1991, ya elegidos los 70 delegatarios de la Asamblea Nacional Constituyente, había que decidir cómo iba a funcionar ese cuerpo colegiado. Nadie tenía mayoría absoluta. El Partido Liberal, usando lo que después se conoció como ‘Operación Avispa’, había elegido 24 o 25 constituyentes, la ADM-19 con su lista única, 19; Salvación Nacional, de Álvaro Gómez, 11; el Partido Conservador, encabezado por Misael Pastrana, 5. Luego había un número de grupos pequeños, como un sector conservador liderado por Rodrigo Lloreda con dos, otro cuyo líder era Juan Gómez Martínez con dos, los indígenas con dos, uno por la Unión Patriótica y los cristianos no católicos que lograron dos curules.

Se necesitaban 36 constituyentes para tener la mayoría absoluta y ningún partido la tenía. Visité al presidente César Gaviria, jefe natural de los liberales, y le propuse que estudiáramos una fórmula distinta para dirigir la Asamblea. Me pidió una semana y luego de ese plazo me dijo que su colectividad proponía ocupar la presidencia de la Asamblea con uno de sus miembros, los del M-19 la primera vicepresidencia y Salvación Nacional la segunda vicepresidencia. El mismo esquema de las mesas directivas del Congreso.

La propuesta no me sonó ni cinco. ¿Cómo así que lo mismo de siempre? Como si tuvieran la mayoría de toda la vida. Busqué a Álvaro Gómez y nos reunimos en una casa de la calle 93 con carrera 9ª, en Bogotá. Desde el principio fue evidente que podíamos entendernos y así fue. Acordamos trabajar una mayoría para conformar una presidencia colegiada de tres miembros y, cuando la tuviéramos lista, les diríamos a los liberales que tenían un asiento en esta mesa.

Nos dividimos el trabajo. Él buscaría unos constituyentes y yo los otros. Pocos días después volvimos a reunirnos y teníamos ya más de 40 personas, de las 70, plenamente de acuerdo. No se imagina la cara de los liberales cuando les dijimos que debían escoger a uno de ellos para la presidencia colegiada. Finalmente aceptaron y escogieron a Horacio Serpa.

Ese acuerdo mostró que la reconciliación era posible y les dio un sello de consenso a los trabajos de la Asamblea. En esa primera etapa debíamos tener un reglamento para las sesiones. El Gobierno nos mandó uno que permitía a todos los ministros asistir cuando quisieran. No señor, les dijimos. Viene sólo el ministro de Gobierno, Humberto de la Calle, los demás, si los necesitamos, los invitamos. De la Calle hizo su trabajo muy bien, se ganó el respeto de los constituyentes, pero desde el principio marcamos nuestra autonomía. Creo que el presidente Gaviria pasó más de un susto con ese cuerpo superpoderoso que era la Asamblea.

Él mismo ha confesado que se preocupó cuando hubo un rifirrafe con el Consejo de Estado que quería revisar los resultados de la Asamblea y ésta se unió beligerantemente en defensa de su autonomía.

Para resumir lo que todos creíamos, Álvaro Gómez dijo entonces que éramos “un cuerpo omnipotente y omnímodo”. Todos compartimos su apreciación. ¿Qué uso tenía Gómez en mente de esos poderes ilimitados que la Asamblea tenía? Esa pregunta debió rondar por la cabeza de Gaviria durante semanas. Finalmente no pasó nada y los poderes se usaron para hacer la mejor Constitución.

Finalmente, tomamos la decisión de inhabilitarnos para las elecciones del nuevo Congreso. Se ha dicho de todo al respecto. Habíamos propuesto la disolución del Congreso llamando a elecciones de la Asamblea y idea que tuvo un inmediato y masivo apoyo. La discusión que siguió fue: si los constituyentes podíamos o no participar en esas nuevas elecciones de Congreso. Mi posición era que no era apropiado pensando en términos históricos, que legisláramos en causa propia. El grupo de constituyentes del M-19 apoyó ese punto de vista, aunque algunos piensan que fue una equivocación.

Álvaro Gómez creía que lo correcto era que participáramos todos o ninguno. “Todos en la cama o todos en el suelo”, era su tesis. Finalmente, no nos pusimos de acuerdo y nos autoinhabilitamos, posición que se abrió paso en la Asamblea.

Vistas las cosas en perspectiva, creo que fue una decisión acertada. La generosidad y la ética siempre son acertadas. Lo equivocado estuvo en que no obligamos a todos los partidos a presentar listas únicas, con lo cual terminó ganando la ‘Operación Avispa’ y el nuevo Congreso resultó igual al viejo y la opinión pública nos pasó una durísima factura, pues prometimos la renovación de la política y no la conseguimos.