Quindío y la dignidad de una derrota

Debutar en el profesionalismo era el sueño de muchos de ellos. Pero el estreno fue accidentado, goleados por Millos.

En una mano, un poco de agua; en la otra, un calmante muscular. Corre hacia la cancha.

El preparador físico del Deportes Quindío —de lo que en ese momento es posible entender como Deportes Quindío— atiende a un jugador tendido en el campo de juego. La imagen es llamativa: el preparador, ¿el médico?, atendiendo en soledad al jugador. No hay provisiones, no hay botiquín, no hay primeros auxilios. Apenas el agua, apenas el calmante, apenas las ganas.

Las arengas.

Al final del primer tiempo, Quindío pierde 2 a 0 ante Millonarios. Los goles llegaron temprano (minutos 3 y 14), casi uno detrás de otro. La derrota es previsible, acaso demasiado lógica. Al margen del uniforme, Quindío no es Quindío, sino una representación, una sombra: los juveniles del Boca Juniors de Cali (club afiliado al equipo cafetero), que viajaron a Bogotá para reemplazar a los jugadores de la plantilla profesional, quienes reclaman tres meses de salario a las directivas.

El partido, la manera en que lo juegan, indica que no vinieron a esconderse, que no vinieron a ser un equipo visitante. Por el contrario, se atreven, buscan, se asocian. Crean peligro. Llegan al arco de Nelson Ramos. Son audaces, que es como decir que son jóvenes y atrevidos. Y tienen, en ese 4-4-2 aprendido de casa, a un jugador como Kevin Benítez, que remata cerca y suave, y mira al cielo y se lamenta.

Benítez es distinto. Benítez es temperamental. Pide la pelota, hace gestos al arquero para que saque a la izquierda. Traba, va, mete. Tiene porte. Tiene tres partidos como profesional. No es exactamente un delantero, pero podría serlo. Funciona bien —es decir, con coraje, con convicción— en ese lugar híbrido que suelen ocupar los mediapuntas.

Y se lamenta de nuevo:

Tras un tiro de esquina y un rebote, el defensor Jesús Mena remata, desde el borde del área chica, al cuerpo (y a los reflejos) de Ramos.

Mientras la lluvia se dibuja en el aire, Quindío acaricia el empate.

Y, sin embargo, César Torres casi nunca se sienta. Durante todo el primer tiempo, el técnico de los juveniles ha estado de pie, gritando (dando indicaciones) y escuchando (a su asistente). Es joven, tiene algunas cicatrices en la cara. Toma el partido con una seriedad absoluta, con un gesto preocupado y también irritable. Por momentos, da la sensación de dirigir no sólo un partido, sino también las esperanzas de un equipo en un torneo.

Antes de entrar a los camerinos (a la carpa que en El Campín es camerino), da la orden:

— Amárrate y vamos pa’entro —dice mirando a Arley Mestra (que estrellaría después un balón en el palo) y a Cristian Vivas.

En la charla técnica, las indicaciones son reiteradas, casi redundantes. Torres habla y repite, anuncia y confirma. “Dominen más la pelota” (bis), “los centrales no se pueden dejar cazar” (bis), “coge la pelota y la suelto” (bis). No hay nada perdido, parece decir Torres. No sólo la esperanza es lo último que se pierde, parece insinuar con cada nuevo grito.

Hay algo más.

Tres goles más.

Al final del partido, Benítez camina lentamente hacia el vestuario. Resignación, tristeza, alguna tristeza. Los cinco goles no son su responsabilidad (ni la de sus compañeros), pero con el semblante tiende a asumirlo. La derrota no es suya, pero duele lo mismo.

— Sabíamos que veníamos a apretar a Millonarios —afirma Benítez tras tomar aire y mirar—. Nos falta todavía trabajar mucho. Hicimos las cosas de la mejor manera, lo mejor que pudimos. Queda seguir trabajando, levantar cabeza. Cada partido es diferente. Si no se pudo hoy, se va a poder mañana, o siempre.

Tras el encuentro, Richard Páez, técnico de Millonarios, habló de “profesionalismo” y dedicó el triunfo a los jugadores del Quindío. A manera de regalo, el arquero Nelson Ramos le dio su buzo a Jeison Izalda, su joven colega.

“Ya Aristóteles decía que era una metáfora decir que Grecia había vencido a Persia. Lo correcto era que un ejército griego había vencido a uno persa”, le confesó alguna vez el escritor Jorge Luis Borges a César Luis Menotti.

Millonarios no venció a Quindío; venció a unos jóvenes que —con convicción, con entrega— intentaron ser Quindío.

“La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”, escribiría el propio Borges.

No es la esperanza lo último que se pierde.

Está también la dignidad.