Recordando a Montoya

El Gran Premio de Mónaco y las 500 millas de Indianápolis que se corrieron el fin de semana llevan a evocar los triunfos que logró y los que hubiera podido alcanzar el piloto colombiano.

Ayer, viendo ganar al alemán Sebastian Vettel el Gran Premio de Mónaco y al británico Dan Wheldon cruzar primero la meta enladrillada de las 500 millas de Indianápolis sentí nostalgia de Juan Pablo Montoya el campeón, el campeón que hubiera podido ser supercampeón. Aquí no voy a entrar en la desgastada discusión de si el piloto bogotano es buena persona o no. Simplemente soy un buen aficionado al automovilismo, gracias a la llamada “montoyomanía” que se desató en los años 90 cuando se coronaba en todas las categorías hasta llegar en 2001 a la Fórmula 1, que hoy quiere echarle sal a una herida.
Soy uno de los periodistas “graduados”, con diploma y todo, en la Escuela de Pilotos del Autódromo de Tocancipá, donde Jorge Cortés y José Clopatofsky nos enseñaron los “secretos” básicos de la conducción de carros de carreras y tutores como el piloto Gonzalo Clopatofsky nos los demostraron sobre la pista a alta velocidad. Una mezcla de técnica, sensibilidad y adrenalina. Uno puede aprender trucos como el “punta y taco”, para tomar una curva con el radio ideal, frenando sin perder la aceleración que le permitirá salir con la línea de tracción ideal para levantar la máxima velocidad en recta; uno puede tener una disciplina tenaz, pero si vamos a hablar de pilotos profesionales a la mentalidad competitiva debemos sumar algo que sólo tienen los campeones: talento natural.

De eso hablaron ayer en las transmisiones de Fox en Mónaco y de Espn en Indianápolis, del talento de campeones mundiales como Vettel, que se dirige hacia su segundo título consecutivo de F1, de Fernando Alonso y de Jenson Button, que demostraron que son los mejores para conducir al límite EN las calles del Principado. El fallecido brasileño Ayrton Senna recuerda de viva voz en el documental con su nombre que ayer se estrenó en España que para hacer historia en el automovilismo hay que cruzar primero en los que consideraba los templos de la velocidad: Monza y Mónaco. Y le daba crédito a su paisano Emerson Fittipaldi no sólo por haber sido campeón de F1 sino por haberlo sido dos veces en Indianápolis.

Viendo a los actuales campeones, oyendo a los expertos repasar la historia, es que uno empieza a medir la real magnitud de lo que ha hecho Juan Pablo Montoya en el automovilismo: campeón de la Fórmula 3000, antesala a la máxima categoría, campeón de la Fórmula Cart, incluidas las 500 millas de Indianápolis en su primer intento, campeón de los grandes premios de Italia, en Monza, autódromo donde mantiene el récord mundial de máxima velocidad con un F1 con 372,6 km/h a bordo de un McLaren-Mercedes, y campeón del Gran Premio de Mónaco 2003. A este nivel le podemos sumar el campeonato de las 24 horas de Daytona, otra de las míticas coronas para un piloto internacional.

Sin duda, esa suma de laureles lo llevarán al salón de la fama como uno de los grandes pilotos del deporte. Y todavía está en actividad, luchando contra la corriente en la categoría Nascar en donde ya hizo historia también al ser el primer piloto de habla española en vencer. Surge entonces la pregunta que se siguen haciendo en la F1: ¿Qué hubiera sucedido si Montoya no se va en 2006, después de pelear tres campeonatos? La respuesta, casi al unísono, es que hubiera sido campeón. Me valgo de opiniones autorizadas: el legendario dueño de la escudería Williams recuerda que su hijo se lo recomendó como piloto de pruebas y cuando le dio la oportunidad siempre hizo mejores tiempos que el campeón mundial Jacques Villeneuve y que Heinz Harald Frentzen. Dice que no había visto una capacidad similar desde que tuvo a Senna y todavía le frustra no haberle dado un auto para ser campeón.

Norbert Haug, siendo jefe de la división deportiva de Mercedes Benz, le advirtió a todo el mundo que cuando vio a Juan Pablo al volante de un Clase-C en el campeonato Internacional de Autos de Turismo, en Silverstone en 1996, supo que era un piloto único. “Era un verdadero talento natural”, se lamenta ahora Ronn Dennis, el último jefe de equipo que tuvo el colombiano y que se cansó de pedirle paciencia, la cualidad que sí tuvieron en la gran carpa otros talentosos como Jenson Button y Kimi Raikkonen.

Juan Carlos Pérez, un ingeniero colombiano testigo excepcional de lo que fue Montoya en la Fórmula 1, porque era quien manejaba la asistencia de Shell para Ferrari en las pistas, me lo ratificó: “En Ferrari y en todos los equipos de F1 se daba por seguro que Juan Pablo iba a ser campeón mundial”. Por eso Ferrari en algún momento contempló su contratación, por eso Red Bull lo tentó a través de su dueño Dietrich Mateschitz, profundo admirador del colombiano, cuando el equipo estaba constituyéndose. ¿Hoy sería la estrella que es Sebastian Vettel? En el plano de la especulación todo está permitido.

Lo cierto es que en 2006 vino la decisión personal y respetable de Montoya de retirarse intempestivamente de la Fórmula 1, sin siquiera terminar su contrato con McLaren, para irse a la Nascar. Él siempre ha dicho que estaba aburrido y que prefería la emoción, la ruleta, de los óvalos norteamericanos además de poder consolidar su familia desde Miami al lado de su esposa Connie y de sus hijos. Respetable. Un error deportivo que le recuerdan días como ayer los entendidos: si se hubiera quedado en F1 ya hubiera sido campeón por el talento que demostró desde aquel Gran Premio de Brasil en el que hizo un sobrepaso inolvidable al supercampeón reinante Michael Schumacher hasta su séptima y última victoria en F1 allí mismo en Sao Paulo, dedicada a su ídolo Ayrton Senna.

Una imagen resume lo hecho por Montoya: en el museo de la sede de McLaren en Inglaterra se puede ver el auto con el que el brasileño Emerson Fittipaldi ganó el primer campeonato de McLaren en la Fórmula 1, en 1974, los que ganaron las míticas 500 millas de Indianápolis y el MP4-8 con el que Ayrton Senna completó tres campeonatos mundiales y se convirtió en leyenda. Al lado están los carros con el que el colombiano ganó los Grandes Premios de Inglaterra y Brasil.

La de irse de la Fórmula 1 fue una decisión apresurada de Montoya, según los que saben, porque hubiera podido quedarse cinco años más e igual Chip Ganassi, el dueño del equipo Target, le hubiera guardado una butaca en Nascar donde puede correr hasta los 50 años si quiere. El finlandés Raikkonen le demostró lo que había que hacer, esperó con calma hasta que fue campeón mundial y luego, a pesar de tener talento y ofertas de sobra, se fue a cumplir su sueño de ser piloto de rally.

Da depresión ver a Montoya en su sexta temporada de Nascar dando vueltas horas y horas a los óvalos sin poder hacer valer su capacidad -este fin de semana llegó 12 y la audiencia latinoamericana del canal Speed debe ir en caída- con una máquina que muy pocas veces está a la altura de una victoria, en una categoría donde la suerte muchas veces vale más que el talento del piloto. Da depresión ver al piloto colombiano Sebastián Saavedra no poder clasificar para las 500 millas de Indianápolis. Da depresión de ver a los mexicanos celebrando el noveno lugar en la clasificación de Mónaco de Sergio Pérez y sufrir por el accidente que lo obligó a retirarse o ver a los venezolanos, apoyados por los argentinos nostálgicos de Fangio y Reutemann, celebrando como “histórico” un momentáneo sexto lugar en carrera de Pastor Maldonado en un Williams que también añora la última victoria que le dio Montoya.

¿Cuándo tendremos otro campeón? Preguntado esto, cambio de canal por ocho días.