A replantear el estilo de gobierno

No hay muchos motivos de celebración por estos días en Bogotá.

Casi de manera simultánea con la suspensión del Alcalde Mayor de la ciudad, dos informes llamaron la atención sobre la forma como la ciudad pierde terreno en la competitividad territorial y en la percepción internacional. El primer informe, elaborado por la Universidad del Rosario y la firma Inteligencia de Negocios, reveló que la ciudad cayó tres puestos en 2011 en el ranking de atracción de inversiones, dentro de un conjunto de áreas metropolitanas de América Latina. La razón esencial es el deterioro en el indicador de “confort urbano”, asociado directamente con su desempeño en seguridad y calidad de vida. El segundo informe, escrito la semana pasada por Simón Romero para el New York Times, hace alusión al hecho de que después de muchos años de liderazgo en la planificación urbana, hoy la ciudad se encuentre sumida en una mayor percepción de inseguridad, en el caos vehicular y en los escándalos de corrupción.

Todo ocurre, de manera paradójica, mientras las operaciones urbanas de la ciudad son identificadas como muy auspiciosas para el fortalecimiento de su plataforma de negocios y la generación de empleos de calidad. En efecto, la ampliación de la malla vial, las nuevas calzadas de Transmilenio, así como las proyectadas obras del metro y el tren de cercanías, por más de US$5.000 millones, colocarían a Bogotá a la altura de Santiago y Ciudad de Panamá y, en todo caso, por encima de Lima, un grupo de ciudades que le superan en el ranking mencionado.

La sensación de fracaso no se origina en la propuesta de la izquierda democrática, que en la administración anterior mostró un buen balance entre políticas urbanas y sostenibilidad fiscal. Y que incluso en la presente apostó por un salto cualitativo en la plataforma social y de infraestructura. Lo que está en cuestión es un estilo de gobierno, su capacidad para doblarle el “espinazo” a la corrupción y para gestionar con liderazgo las relaciones entre los actores políticos, económicos y sociales, con el fin de lograr las metas propuestas. Por lo tanto, centrarse sólo en debates ideológicos trasnochados podría conducirnos a un estilo igual de riesgoso: el de un “autoritarismo pragmático”, que tampoco sería motivo de celebración.

Director Centro de Pensamiento en Estrategias Competitivas. Universidad del Rosario.

 

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