Reserva para el futuro

Su valor arqueológico, la riqueza de agua y la variedad de fauna y flora demuestran por qué el norte de la capital debía ser espacio de conservación.

Entre fábricas, floricultivos, clubes y urbanizaciones sobreviven pedazos de una estructura ecológica que alberga lo que queda del recurso hídrico, las especies vegetales y animales de la capital, y en cuyas entrañas están las terrazas construidas por los muiscas para aprovechar el agua que baja de los cerros orientales hasta el río Bogotá.

La recién declarada reserva forestal del norte de la capital, después de diez años de debates, está destinada a volver a conectar los parches aislados de bosque y revivir el tesoro que cultivaron los antepasados.

Entre la orilla oriental del río Bogotá y la Autopista Norte y desde el humedal de Jaboque hasta el aeropuerto de Guaymaral, los muiscas hicieron camellones separados por canales para conservar el drenaje durante las lluvias y la humedad durante las sequías, aprovechando la fertilidad del terreno para la agricultura sostenible.

Lo que hicieron los indígenas en los años previos a la declaratoria de la reserva, fue una obra de ingeniería hidráulica acorde con los ciclos climáticos y que permitía alimentar a la población durante todo el año, como ninguna otra se ha hecho hasta ahora en la región según la CAR.

Además de los niveles de agua que dejaron los aborígenes en el subsuelo, los vientos de los llanos y el Pacífico que chocan sobre la planicie derraman cenizas volcánicas que, a su vez, generan suelos negros, espesos, porosos, que retienen agua como reserva para las especies animales y vegetales.

Pero con la llegada de los españoles, el cultivo y recolección de los muiscas se reemplazaron por la explotación de los recursos con fines económicos. También llegó el ganado y con sus pisadas empezó a compactar el suelo y a generar erosión, y los sedientos eucaliptos traídos de otras latitudes, que comenzaron a secar humedales y lagunas.

Hacia el siglo XX, con la expansión urbana e industrial de la capital hacia el norte, se empezaron a sepultar los humedales, quedando bajo el cemento parte del recurso hídrico y dejando parches de bosques aislados entre monocultivos de flores y demás actividades agroindustriales.

Pero aún bajo tierra los humedales siguen vivos. Basta enterrar una pala para que brote agua del suelo sabanero. Los relictos de bosque aún albergan mariposas, aves acuáticas, mamíferos pequeños y anfibios. Los suelos de Guaymaral, La Conejera, Las Mercedes, entre otros, son clasificados como los de mejor calidad en el país por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi.

El valor arqueológico y ambiental de la reserva está latente, aunque amenazado por las dinámicas de desarrollo del siglo XX. Ahora los bogotanos tienen la puerta abierta para volver a conectar los bosques sabaneros, abrirles camino a las aguas que han sido bloqueadas y prohibir la contaminación de las mismas. revivir la interacción entre especies vegetales y animales desde el oriente hasta el occidente de la capital y guardar una reserva de agua, aire y tierra para el futuro.

 

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