Retazo de una nube plateada

En su nuevo libro ‘La nube plateada’ Javier Darío Restrepo escarba distintas culturas y hechos históricos para reconstruir los trajes con los que se ha vestido la muerte.

(...) Me parece encontrar una mayor confusión ante el hecho de la muerte, entre las tribus de cazadores del desierto Kalaharí, que cuando alguien muere levantan su campamento y nunca vuelven al lugar. Dejan el cadáver allí y no vuelven a saber de él. Hay tribus en la India que abandonan a sus muertos en el bosque para que se conviertan en espíritus. Los mishmis de Chalikata dejan a sus muertos en el bosque rodeados de sus pertenencias, no para que los usen en la otra vida, como pretendían nuestros antepasados muiscas, sino para que nadie los vuelva a usar porque son objetos contaminados.

Lees todo esto, te sorprendes, tratas de entender esas prácticas y comparas con lo que viviste cuando murió tu abuela.

Recuerda: unos hombres de la funeraria llegaron dos horas después de su muerte, envolvieron su cuerpo en una bolsa plástica y en una camilla se lo llevaron para prepararlo: lavarlo, vestirlo con el traje que más le gustaba, y así lo vimos llegar dentro de un ataúd a la sala de velación del jardín cementerio situado en las afueras de la ciudad. Tú tenías una viva curiosidad por verla y te pareció “igualita” cuando te abrieron la ventanita de la caja. Mientras tanto habían comenzado a llegar los amigos y familiares: te encontraste con profesoras de tu colegio, con algunos de tus compañeros, con amigos de las tías y del abuelo, con vecinos y familiares de la abuela. Una abundancia y variedad de personas que nos hicieron sentir la extensa red de afecto que la rodeaba y que nos apoyaba.

Entre aquellos cazadores nómadas que abandonaban al muerto en el lugar de su último día y esta solidaridad que encontramos al lado de los restos de la abuela, han pasado siglos de aprendizaje de la humanidad al lado de sus muertos.

Los historiadores de la muerte cuentan que en la Antigüedad, hasta la Edad Media, se esperaba la muerte con la tranquilidad de quien se encuentra ante lo inevitable. Los recursos de la medicina eran tan pobres y débiles frente a la fuerza arrasadora de la muerte, sobre todo en las grandes epidemias, que la muerte se esperaba y se aceptaba como el final ineludible de toda vida humana, y contra ella nada se podía hacer.

Esos historiadores creen descubrir un cambio en la relación con la muerte en los siglos XI y XII cuando la agonía de alguien comienza a ser un asunto más personal y menos comunitario, el cadáver se cubre y la atención no se concentra en el cuerpo del difunto, sino en su alma inmortal.

Apareció una nueva perspectiva: la pretensión de comprar el más allá y su vida eterna con rezos, misas e indulgencias. La muerte se miró, desde entonces, como un castigo.

En el siglo XIX esa idea de la muerte, asociada con la de castigo y de mal, fue sometida a crítica tanto por los teólogos como por los filósofos, y junto con esa revisión de las ideas se implantaron nuevas prácticas, como las que aparecen en los relatos de la época.

Uno de esos relatos tiene como protagonista a don Antonio Nariño, en Villa de Leyva, en diciembre de 1823. La víspera del día de su muerte mandó ensillar una mula mansa porque quería hacer unas visitas de despedida en el convento de las religiosas clarisas, en las casas de algunos amigos y en la de su médico. A todos les habló como si fuera a partir para un largo viaje y les ofreció sus servicios como mensajero que se preparaba a viajar “hacia el país de las almas”.

Al día siguiente hizo las últimas despedidas y, a la hora de morir, ordenó a unos músicos cantar salmos y retuvo en su mano un reloj, quizá con el propósito de medir el fin de su recorrido por el tiempo y el comienzo del sin tiempo de la eternidad.

Fiel reflejo del pensamiento y de las prácticas de su época, Nariño enfrentó a la muerte con los ojos abiertos, como a una vieja conocida cuya llegada había presentido, de modo tan claro que se dispuso a recibirla como a una visitante que hubiera anunciado su llegada con suficiente anticipación.

Esa disposición serena y sabia comenzó a desaparecer en el siglo XX cuando la muerte se asoció con las ideas de misterio y de fracaso. Es un misterio del que nadie quiere hablar y un fracaso para los médicos que han tomado como objetivo de su vida profesional dar la batalla para derrotar a la muerte con todas las armas a su alcance. Cada muerte se les convierte, por tanto, en una derrota profesional(...)

El libro de cuando la abuela se fue

“Esta es una larga carta a un nieto, porque todo en él fue inspirador cuando murió su abuela”. Así introduce Javier Darío Restrepo su libro, en el que relata la historia de un niño de nueve años que asume el fallecimiento de su abuela. Cada ritual realizado por Emilio y su familia para despedir a su ser querido se convierte en un puente para atravesar distintos momentos históricos y aspectos culturales que distinguen las concepciones sobre la muerte alrededor del mundo.

‘La nube plateada’ fue lanzado como parte de la colección Un Tris de Libro, del Taller de Edición Rocca, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

“Esta es una larga carta a un nieto, porque todo en él fue inspirador cuando murió su abuela”. Así introduce Javier Darío Restrepo su libro, en el que relata la historia de un niño de nueve años que asume el fallecimiento de su abuela. Cada ritual realizado por Emilio y su familia para despedir a su ser querido se convierte en un puente para atravesar distintos momentos históricos y aspectos culturales que distinguen las concepciones sobre la muerte alrededor del mundo.

‘La nube plateada’ fue lanzado como parte de la colección Un Tris de Libro, del Taller de Edición Rocca, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

El maestro de la ética periodística

Con 78 años, Javier Darío Restrepo ha dedicado 17 de ellos a dictar cátedra sobre ética periodística como miembro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (Fnpi), creada en 1994 por motivación de Gabriel García Márquez.

Fue reportero de televisión durante 28 años, donde tuvo la oportunidad de presentar el noticiero 24 Horas.

Durante 17 años se desempeñó como columnista del periódico El Colombiano, de Medellín, que en 2009 le canceló su contrato argumentando una “reorganización en las páginas de opinión”. El periodista respondió que la salida se daba porque su visión de los hechos políticos del país “no fue la de casa”. Este hecho fue catalogado por la opinión pública como un atentado a la libertad de expresión.

Actualmente dirige la revista Vida Nueva, que cada 15 días presenta información relevante sobre la realidad sociorreligiosa del país.

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