Richard Páez, hombre de convicción

El venezolano, técnico de Millos, estuvo en la cuerda floja. Pero aguantó y recibió el respaldo de José Roberto Arango. Cabalga primero en la tabla. Este domingo Nacional le medirá sus fuerzas.

Un gocho es un venezolano de los Andes. A diferencia de los caraqueños, viven en la montaña, pero lejos del mar. Como es habitual, la geografía suele definirlo todo: por lo general, los gochos son callados, tranquilos, formales. Casi nunca tutean. Representan otra Venezuela, impensable más allá de la postal. Un país andino en medio del conocido y elocuente país caribe.

Richard Páez es gocho. No se nota, es cierto. Pero es gocho. Nació en Mérida, aquella ciudad de los Andes venezolanos que también nombra un estado. Aun en medio de la costumbre, del acento caraqueño aprendido con los años y la vida, hay algo en él —cierta nostalgia, cierto pudor en la mirada— que parece remitirlo al origen.

A Mérida.

Al fútbol que jugaba de niño en las calles de Mérida.

Aunque Páez quería, en el fondo, o tal vez no tanto, ser beisbolista, pero los jesuitas del colegio San Luis Gonzaga no lo dejaron.

Ya se sabe: en Venezuela, el béisbol funciona como medida de todas las cosas; el fútbol —una pasión emergente, embrionaria, apenas un punto de referencia— pertenece más a los gochos.

Pertenece más a Páez, que lo cambió todo. En El técnico de Venezuela, una suerte de biografía autorizada, el jugador José Manuel Rey escribe un prólogo con un título emotivo: “Cambiamos hasta como personas”.

Porque Páez es un hombre de contagios: hace que los otros sean alguien mejor. Alguien distinto. En su paso por la selección venezolana, transformó la moral de un país. Tras muchos años de sombras, hizo pensar que se podía.

Que era posible.

Uno corto, uno largo

El año pasado, Richard Páez llegó a la dirección técnica de Millonarios. Este domingo, el venezolano completa 10 meses en el cargo: una pequeña eternidad para los criterios del fútbol colombiano.

Al principio, lo usual: una campaña regular en el torneo finalización 2010 (el equipo terminó en el puesto 12 con 22 puntos). Vinieron los insultos, los pedidos de renuncia. Un técnico más, un fracaso más. Millonarios, el equipo más campeón del fútbol colombiano, otra vez afuera de las finales. Como siempre en estos casi cinco años.

Y, sin embargo, la dirigencia azul redobló la apuesta. Creyó en un proceso, en los posibles frutos de una continuidad.

Y Páez mostró su carácter: “Los hombres de convicción no piensan en renuncias”, afirmó.

Algún tiempo después de esa afirmación —temeraria, casi desafiante— Millonarios es líder del campeonato con 23 puntos. Hay un trabajo, un proyecto. “Yo lo advertí desde el principio”, confiesa Páez. “Este es un equipo que viene en serio, que viene confeccionado con mucha planificación”. Lo que quiere decir, en términos más o menos prácticos, que la gente ya tararea a los once de memoria.

“Eso fue evolución. Es que aquí no necesitamos revolución, sino evolución. No tirarse por un tobogán, sino ir peldaño a peldaño. Los cambios bruscos dan traumas; yo como traumatólogo lo sé”.

Páez hablaba de la selección venezolana, pero bien podría referirse a Millonarios.

Bastaba una palabra: identidad. “La filosofía de Millonarios es el buen fútbol, el ballet azul”, sostiene. “Quisiera ser un hombre que identifique plenamente esa filosofía, la de jugar para atacar, de jugar con equilibrio pero siempre con tendencia ofensiva”.

Y apenas un partido: el que los azules le ganaron a Pereira hace algunos unos días, cuando perdían y tenían dos hombres menos en la cancha. Valor, parece decir Páez. “Es el mensaje más claro, más contundente y más ejemplar de un equipo con jerarquía”, dice. Identidad, jerarquía. Paciencia.

Una dirigencia responsable, encabezada por José Roberto Arango, interiorizó bien la tercera palabra. “Visualizaron el proceso”, añade Páez. “No solamente escucharon alrededor, que es lo que normalmente hacen los directivos. Esta es una dirigencia que supo tener paciencia, que entendió el trabajo”.

Y empezaron a construir un club a partir de otros modelos: una sociedad anónima, integrada por accionistas visibles, administrará los destinos del equipo. Millonarios no es sólo un líder: es probablemente un ejemplo.

“El primero que condicionó el cambio fue José Roberto Arango, quien se organizó para desarrollar un proceso de reconstrucción administrativa del equipo”, reconoce Páez. “Es el ejemplo más contundente de la salvación del fútbol profesional en Suramérica, no sólo en Colombia”.

Y todo materializado por Páez, que es el portador de una nueva/vieja ilusión: la de una generación de hinchas que nunca vio a Millonarios campeón.

La que va, hoy domingo, a alentar contra Nacional: un partido vasto y definitivo en el que los azules se juegan una vida y un liderato, acaso un torneo entero. “Una final”, aclara Páez. Una sinfonía, una sonatina. Un ballet. Una necesidad.

“Se puede definir una red de dos maneras, según cuál sea el punto de vista que se adopte”, escribió el inglés Julian Barnes. “Normalmente, cualquier persona diría que es un instrumento de malla para atrapar peces. Pero, sin perjudicar excesivamente la lógica, también podría invertirse la imagen y definir la red como hizo en una ocasión un jocoso lexicógrafo: dijo que era una colección de agujeros atados con un hilo”.

Páez, que aparece contemplando una de esas redes, no vio en Millonarios una historia de frustraciones; prefirió encontrar algo más. Una esperanza, unos sentimientos. Prefirió descubrir un potencial. Prefirió hablar de una mentalidad y hacerla repetir hasta el hartazgo.

“Todos los partidos los queremos ganar”, advierte. Y Páez, el médico que en Colombia se encontró de otra forma con Dios, sabe bien de lo que habla. Está acostumbrado a torcer la historia.

 

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