Rivas, una boca explícita

El autor de 'La lengua de las mariposas', uno de los más importantes escritores españoles, está presentando su nueva novela, 'Todo es silencio', del sello Alfaguara, en la Feria del Libro de Bogot

Existen varias formas de llegar al periodismo: el azar; la herencia de una gran pluma que se extiende generación tras generación; la convicción, esa idea casi mística que se enraíza en el pensamiento y sin cuya ejecución no se puede seguir viviendo y —quizá entre otros insondables motivos— la certeza de que el oficio es la manera más cercana de acceder a la literatura.

Ese último fue el motor que impulsó a Manuel Rivas a ingresar al periódico Ideal Gallego a los 15 años. Allí el chaval delgado y de mirada vivaz hizo el papel de Hermes. Traía y llevaba encomiendas, resmas mecanografiadas que irían a nutrir los matutinos de su Coruña natal.

Como tenía que suceder, causalidad y casualidad se unieron para que el joven demostrara su talento. Un día el papel carbón no traspasó la última hoja de un escrito que debía repartir en siete diarios diferentes. “Papa gigante” fue la única frase que encontró legible, entonces su ingenio le permitió llegar hasta el espacio estelar y escribir que un ovni con forma de patata se posaba sobre la península ibérica. Fueron numerosas las felicitaciones que llegaron al diario al día siguiente.

Hoy en España cualquier joven aspirante a periodista tiene que leer —de manera obligatoria, pero suculenta— El periodismo es un cuento, el libro que compila los mejores reportajes de la carrera de Rivas, el poeta que creyó cuando entró por primera vez a una sala de redacción que para aprender a escribir era necesario saber fumar. Y todo porque las máquinas tenían ceniceros insertos y el lugar de trabajo de un periodista era lo más parecido a una máquina de vapor que echaba humo y producía ideas.

Una queja sonora

Ahora Miguel Rivas está en Bogotá. No es el periodismo lo que lo trae a la Feria del Libro, sino la presentación de su última novela: Todo es silencio, una obra producida por un interés investigativo e histórico que aborda la temática del narcotráfico y el contrabando.

Rivas nos cuenta la historia de Fins, Leda y Brinco, tres chicos que recorren Brétema, la costa Atlántica, hurgando la arena, el mar y sus vidas y lo que cada uno de esos lugares esconde. Con el transcurrir de los años vendrán de parte del mar naranjas, tabaco, botellas de güisqui, cargamentos de droga y vómito de cadáveres. El poder, la corrupción y la acrimonia serán los regalos de muestra del paso de los días.

Los niños que devienen en adolescentes se darán cuenta, poco a poco, de cómo el Mariscal pasa de ser un contrabandista a un narcotraficante y cómo el dinero— ese comodín vital que combina con todo— también controla instituciones, corazones y voluntades.

El libro, narrado con una prosa audaz, característica en toda la obra de Rivas, desde Un millón de vacas hasta Los libros arden mal, no escapa de la ironía, ni de la crítica a una sociedad inconsciente, ansiosa de lucro y negligente con la naturaleza. Mucho menos está alejada de la poesía, y cómo estarlo si él mismo advierte, sin excepción, que “La literatura es poética o no es literatura”.

Cuando se le pregunta por el lenguaje poético que ha manejado a lo largo de su extensa obra, desde los reportajes hasta las adaptaciones cinematográficas que ha hecho de sus novelas, se remonta a un clásico: Antígona. Rememora el coro que canta el pueblo antes de dar comienzo a la obra y cita estas palabras: “Hay muchas cosas extrañas en el universo, pero lo más extraño es la boca”, tras suspender su mirada concluye unos segundos después: “Esa boca es la poesía; la poesía es lo que esa boca expresa”. Paradójica y seguramente por eso Mariscal, el contrabandista de su novela, personaje odioso que encarna el abuso del poder, empieza su libro diciendo: “La boca no es para hablar. Es para callar”. Por eso también, a través de esas posturas, el lector entenderá mejor por qué todo es silencio.