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hace 2 horas

Roberto Solano en su salsa

Fruko internacionalizó sus canciones. Presentamos un aparte del libro 'Son guajiros', del corresponsal de El Espectador Jaime de la Hoz Simanca.

Jaime de la Hoz Simanca/Especial para El Espectador

“Sonriente / viene Rosario… /

por las calles de un lugar /

galante / luce su traje /

por las calles de un lugar/”.

El origen de Los charcos, canción interpretada por Fruko y por la que más identifican a Roberto Solano, fue una imagen. Digamos, una secuencia cinematográfica en varias escenas. En un mismo instante se conjugaron múltiples situaciones que al converger dieron lugar al hecho: el cielo encapotado, gris, anunciando un chaparrón; la avenida sin nivel, arenosa, cruzada por huecos, y la gente inquieta ante el presagio de una lluvia acompañada de vientos fuertes. Y como personaje central, ella, la joven elegantemente vestida luciendo sus mejores galas, sonriente hasta los límites de la carcajada y esperando, tal vez, el alivio de la llovizna pertinaz para continuar su caminar altivo.

De repente, se vino el cielo encima en forma de gotas, descargándose sin misericordia entre truenos y relámpagos. Todos salieron a guarecerse bajo los techos, incluida aquella adolescente que imaginaba su contoneo frente a reflectores de película. Y al intentar protegerse frente al breve diluvio, tropieza, “resbala y cae”. Al tiempo, detrás de la fritanga de la esquina, una señora grita a su hija: “¡Rosario, tapa el caldero!”. Cuando la muchacha cae, muchos sonríen, menos El Capi Curiel, quien dice: “En vez de reírse, brinden su mano y ayuden a la dama”. Solano captó todo en un segundo: las imágenes, el grito, la caída, los paraguas, la mercancía y el tolón tolón de las gotas al estrellarse contra el suelo encharcado de aquella avenida sinuosa. Y vio, también, a la muchacha salpicada por el barro, caminando ahora con paso presuroso para escapar de las miradas públicas.

Solano transpuso las escenas en su imaginación buscando el momento de traducirlas en palabras. Se acordó de las distintas lluvias que han caído en forma de salsa cantada por autores célebres de la música afrocubana. Hizo sonar en su cerebro, además, los timbales, las tumbadoras, el piano, las trompetas, las congas y los saxos en forma de ritmo. Y escuchó con más atención la clave de los sones y las guarachas cubanas, y la velocidad sin freno de las rumbas del Caribe. Hasta que decidió sentarse frente al escritorio para intentar las primeras frases de la canción que vendría a ser, años después, una especie de himno afrocaribeño en Colombia.

“Escribí la canción, es decir, los versos, y a la vez iba construyendo la melodía. Hacía pulimento cada día, como depurándola sin perder la esencia. Quise transmitir, sobre todo, la influencia de la canción caribeña que llevo por dentro. En ocho días ya estaba lista para ser entregada. Pensé en Fruko”, dice Solano, más animado aún y con un brillo en los ojos que lo acerca al arrebato total. Enseguida, las manos golpeando la mesa, ta-ta-ta… ta-ta, la clave, y su voz cantando Los charcos por enésima vez, Saoko encarnado en este hombre que mueve piernas, torso, hombros cubriendo flancos y la voz, siempre la voz, entonando los coros, diseminándose sola en la estancia de aquel patio donde los pájaros siguen trinando y el viento sopla como una brisa ligera en medio de la caída de la tarde.

Aquellos recuerdos

— ¿Se considera un compositor famoso?

— Conocido. Me hice conocer en la región por tres canciones que me grabó Fruko: Los charcos, El Patillero y Borincana. Conocido… sólo conocido en mi región: la fama es otra cosa.

Roberto Solano desdobla sus recuerdos y se olvida de esos tres temas musicales que aún se conservan en catálogo y por los que recibe sus regalías cada tres meses. La memoria, nítida, le alcanza para evocar sus primeros pasos en Fonseca, un municipio guajiro en el que vivió varios años luego de su nacimiento en el corregimiento de El Hatico, entre arrozales y familias indígenas provenientes de varias rancherías perdidas de la península guajira. Su papá, un cacharrero incansable, decidió más tarde trasladarse a La Paz e instalarse después en Valledupar donde su madre, Rosa Solano, montó el negocio de panadería con operarios venidos de Ciénaga y Barranquilla.

Su estadía en Valledupar marcaría su destino. Allí, en medio del horno y la levadura, escuchaba el canto lastimero de los obreros que matizaban su labor con los temas inmortales de La Sonora Matancera y Dámaso Pérez Prado. Aquellas letras de boleros tristes, mezcladas con el ritmo demoníaco del mambo, y acompañadas en ocasiones con el rasgueo de viejas guitarras, fueron definiendo una pasión por la música que se expandiría años después cuando se instaló para siempre en Maicao, una tierra donde árabes llegados del Líbano y Palestina, junto a indígenas y criollos, comerciaban a placer con las mercancías de contrabando que cruzaban la frontera.

Al son de la carretilla / va gritando su pregón /el vendedor de patilla / gritando rojitas son /.Y se escuchaba así / su pregón /Y se escuchaba así: son, son, rojitas son como el corazón /rojitas son mis patillas.

Después fue El Patillero, canción que grabó Fruko y sus Tesos en 1977, dos años después de que Joe Arroyo le cantara con la misma orquesta el tema Borrasca, de grata recordación y con algún ruido en el ámbito musical de la salsa colombiana. El Patillero, por su parte, tuvo un éxito resonante y aún hoy retumba en los estaderos de la Costa Atlántica despertando enseguida la complacencia de los bailarines.

Roberto Solano desata la historia del vendedor de patillas con la misma emoción con que relató la anécdota de Los charcos. Y dice, primero que todo, que escuchó con embeleso a su amigo Bobby Castillo referir el chiste de un vendedor imaginario de aquellas frutas que resultaron amarillas luego de que se abrieran como producto del golpe contra un camión. No eran, de ninguna manera, “rojitas como el corazón”, tal como lo anunciaba el pregonero. A la memoria de Solano vino enseguida la imagen de Simbad el mareado, una película protagonizada por Tin Tan en la que uno de los personajes choca su canasta de panes con un camión. De igual forma recordó La esquina del movimiento, la conocida canción que interpreta Nelson Pinedo con La Sonora Matancera y en la que El Pollo barranquillero se pregunta “cuál será el punto cercano”.

“Los dos recuerdos se fusionaron al tiempo. Lo de Nelson me dio la medida para escribir aquello de ‘Aló, aló, Barranquilla / por la carrera e’ La Paz / bajando Paseo Bolívar/ cruzaron San Nicolás / pero al cruzar por San Blas, pum / quedaron como estampillas / las patillas’. En casa de la mamá de Doris Castillo, ensayando con un balde y un palo, improvisadamente hice una trompeta, tatata, tata, tata, y arrancó El Patillero”, cuenta Solano.

A estas alturas, meses después del estrépito de las dos canciones, el nombre de Roberto Solano volaba de boca en boca y él, impulsado por el éxito de sus composiciones, comenzó a disfrutarlas en ritmo de salsa a través de una bohemia que duraría varios años. Se le veía bailar Los charcos y El Patillero, cruzando piernas al vaivén de los timbales; se le veía en Maicao, intentando levitar con sus cabriolas de bailarín; se le veía en Barranquilla, Medellín, Bogotá o Cali, identificado como el autor de aquellas crónicas urbanas convertidas en exquisitas melodías.

— Hablemos de ‘Borincana’.

— Yo hice la canción Bogotana y la llevé a una caseta en los carnavales de Barranquilla donde se presentaba Fruko. En la mesa nuestra había mucha gente, entre ella, Mike Char, a quien también Fruko le había grabado. Canté el tema en la mesa y nos robamos el show: “Y no sale el sol / y no sale el sol / y no sale el sol, bogotana / y no sale el sol”. Alegría total. Fruko la tenía lista para que la cantara Wilson Saoko.

— ¿Y qué pasó?

— Llegó Celio González a Colombia y Discos Fuentes me llamó para que modificara la letra con el propósito de internacionalizarla. Me dieron direcciones y nombres de sitios de Puerto Rico. Y quedó como está: “Allí sale el sol / allí sale el sol / allí sale el sol, borincana / allí sale el sol/ Porque te busqué por tu calle / y llegué hasta Mayagüez, por el viejo / San Juan yo me pasee / Borincanaaa”. La letra original decía: “Porque te busqué por tu calle / y llegué hasta Santa Fe, por tu vieja / sabana yo llegué… / bogotanaaa”. Fue todo un éxito en Puerto Rico y en el exterior. Me la pagan trimestralmente.

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