Ruido y Furia

Hay que ser un genio para escribir de manera convincente como un idiota. No un idiota cualquiera (habilidad común), sino uno patológico.

Por un desafortunado error, a Colombia arribó la gran novela de Faulkner con un título mal adjudicado: El sonido y la furia. El traductor no consideró en ese momento que el título de la novela provenía de un soliloquio en Macbeth, que cortado aquí y allá diría: “La vida es un cuento/ relatado por un idiota, lleno de ruido y furia/ sin ningún significado”. Años después las ediciones fueron corregidas, y la novela titulada: El ruido y la furia. Una de las dos novelas –eso aseguran los críticos– por las que en 1949 Faulkner recibiría el Premio Nóbel de Literatura.

Sobre El Villorrio, primera obra de Faulkner traducida al español, Gabriel García Márquez comentó: “Es la mejor novela suramericana jamás escrita”. Sería el inicio de una estrecha relación entre García Márquez y la narrativa de Faulkner, en la que creyó encontrar “un método efectivo para narrar la realidad latinoamericana”. Muchos años después, al recibir su propio Nobel, García Márquez habría recibido, en un hermoso acto de paradoja, el consejo que liberó Faulkner en una entrevista en 1950 a los jóvenes escritores: “El buen artista cree que nadie sabe lo bastante para darle consejos. No importa cuánto admire al escritor viejo, quiere superarlo”.

Hoy en día la influencia de Faulkner en García Márquez es un hecho comprobado, relatado en Vivir para contarla, discutido con respecto de La Hojarasca (Gabo asegura que no conocía la obra del norteamericano cuando la escribió, los críticos miran suspicaces, los lectores consideramos que es una tontería), y consumado en varias universidades de Estados Unidos, donde la cátedra que profundiza en El ruido y la furia lo hace al tiempo en Cien años de soledad. En un artículo escrito por Mark Frisch, y publicado por el Center for Faulkner Studies, se defiende la enseñanza conjunta de ambas obras como medida para la comprensión de cada una, demostrando que el manejo temporal en ambas novelas, si bien disímil, fue enfocado de la misma forma. En El ruido y la furia cada personaje elude, a su manera, el presente; en Cien años de soledad el presente está siempre conectado al pasado y a la espera de un futuro irrevocable.

El ruido y la furia fue un precedente para la literatura contemporánea; supo seguir los códices ocultos en el Ulises, de James Joyce, y dictaminar el inicio de una nueva época para la narrativa de todo el mundo. Quizás esa ambición bien lograda explica las fuertes críticas que recibió al principio (para resumir: “ridículamente confusa”), y las que vinieron después, por cuenta de las cuales la novela aparece en todas las listas de “las mejores novelas del siglo XX”, y que, resumidas, dirían algo así: “perfectamente confusa”.

El ruido y la furia no es una “novela de autobús”, sino más bien de “¡jodida-novela-de!...” Eso, por supuesto, desde el punto de vista del lector. Un punto de vista más objetivo sería: El ruido y la furia es una novela para buenos lectores. Es el ideal. Pero no hay lectores ideales, habrá pensado Faulkner, a lo que propuso una solución práctica: editar la novela en tres tintas, donde cada tinta representara un tiempo narrativo. A su editor, desafortunadamente, esta solución práctica le pareció una desfachatez. La novela, pues, se consigue en su versión a una tinta, y aguarda, como diría Borges, a un lector dispuesto a la ternura de la paciencia, a la pasión de la relectura y al éxtasis final de la apropiación.

Léala. Grítele. Estropéela. Pregúntese si en usted, futuro lector, pensaba Faulkner al titularla El ruido y la furia. Concluya que no. Y, al final, disfrútela. Se lo aseguro: no pasarán más de tres lecturas antes de que empiece a exclamar “¡grandiosa novela!”.

Un personaje
Benjy es idiota, luego su voz narrativa es la de un idiota, y a través de ella se nos ofrece toda la primera de cuatro (o cinco, contando el apéndice) partes de El ruido y la furia. Piense en esto: ¿cómo es que sabemos que Benjy es idiota? Debido a que su percepción de la realidad es limitada, fallida, y no distingue claramente entre lo que sucedió hace 25 años o apenas unos minutos. Ahora piense en esto: ¿cómo es que sabemos que su percepción es limitada? Porque nosotros, los lectores, sí vemos todo lo que ocurre allá afuera con la familia de Benjy.

Un momento... ¿Quiere esto decir que el lector sabe más de la realidad del libro que el narrador, aun cuando ese narrador inicia la historia? Exactamente. Ignoro si la técnica aplicada para conseguir ese efecto tiene algún nombre, pero sé que Faulkner nunca la utilizó: “Si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a poner ladrillos”. Esto, no obstante, en modo alguno quiere decir que Faulkner no usara técnicas narrativas, sino que para él jamás fueron una imposición, y que en el particular caso de El ruido y la furia resultaron obsoletas. Faulkner escribió esta novela cinco veces, y aun en su versión final, con cuatro narradores distintos (uno de ellos el propio Faulkner), confesó no sentirse satisfecho. “Me gustaría volver a intentarlo (escribir la novela), pero probablemente fracasaría otra vez”. Eso dijo.

Una profesión
Nunca antes atravesó su mente la idea de ser escritor, pero llegó el día en que conoció a Sherwood Anderson. La rutina de Anderson era sencilla: caminatas y charlas por la tarde, dos botellas de vino en la noche, y un silencio aterrador y a puerta cerrada en la mañana. Faulkner vio que aquello era bueno, y decidió ser, como Anderson, un escritor. Si bien estaba dispuesto a escribir en las mañanas, nunca lo hizo de esa manera: solo abandonó la habitación un mes después, cuando La paga de los soldados, su primera novela, estuvo acabada.

En adelante trabajaría apenas lo necesario para no ceder a la inanición o el frío y continuar escribiendo. Faulkner, ebrio –salvo cuando escribía– y vagabundo –especialmente durante su matrimonio–, tenía una opinión tajante acerca del trabajo: “Es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás”.

Una muerte
Diecinueve novelas, más de 100 cuentos, varios guiones para cine y un par de poemarios después, William Faulkner murió a causa de un infarto de miocardio el 6 de julio de 1962. Eso es un año y cuatro días después de la muerte de Hemingway, a quien también recordamos, a quien llamó “escritor cobarde”, a quien luego ofreció disculpas, a quien juzgó por sus frases cortas (Faulkner ingresó a los Guinnes Records en 1983 con “la frase más larga en literatura”: 1.300 palabras; más que este artículo). Murió, y puede parecer una tristeza leerlo hasta tanto recordemos que, entre una profesión y una muerte, hubo una vida.

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