Ruta de piratas

Poco después de Colón, el mar de las Antillas se volvió escenario de barbarie por la aparición de los piratas. Francis Drake y Henry Morgan fueron los más renombrados.

Cuando en Europa miles de hombres sin tierra ni futuro, cuyo destino era el hambre o el robo, supieron que los españoles se llevaban los tesoros de América por los mares del Caribe, decidieron que, en adelante, vivirían de asaltarlos y robarlos. Lo hicieron por casi 200 años, entre 1526 y 1713, con barcos de todos los tamaños, banderas con calaveras, siniestros nombres como Muerte súbita o Broma negra, y sangre, mucha sangre. No hubo región del Caribe que se salvara de los piratas, ni pirata que hubiera salido indemne de sus ataques, ni ataque sin cadáveres, ni cadáveres por muerte natural. Salían de España, Inglaterra y Holanda y, generalmente, morían en los mares de las Antillas. De una u otra forma, todos querían ser Francis Drake o Henry Morgan, y de una u otra forma, todos los odiaban.

Drake comenzó a ser conocido luego de haber saqueado Santo Domingo a mediados de 1586. Su nombre era repetido con pánico por todos los pueblos de las costas, que no dejaban de huir para salvarse de su maldad y  saña. Decían que su aversión hacia los católicos provenía de su propia sangre, pues su padre era protestante hasta las entrañas, y, por ello, la reina María Tudor, esposa de Felipe II, lo había conminado a las mazmorras. Drake juró vengarlo, y si vivió y recorrió decenas de veces los mares del Caribe y atacó cuanto puerto se encontró, fue para honrar su memoria.

Su primer gran golpe fue en  Santo Domingo.  Llegó con 20 barcos y 8.000 hombres. Los españoles eran algo más de 600. Drake, bajito, tormentoso y malencarado debido a una cicatriz que le causó una flecha en sus años de negrero en África, tomó la ciudad con cierta facilidad.  Ubicó su cuartel general en la catedral, después de destrozarla y saquear los altares, imágenes y lápidas en busca de todo lo que brillara, mientras los detenidos se amontonaban en la cripta. Ordenó que en el cementerio, situado en la Plaza de los Curas, fueran removidas las tumbas, y en la Casa del Cordón instaló una balanza para pesar la cantidad exacta de joyas y oro que cada ciudadano debía entregar hasta completar la cantidad de 25.000 ducados, el precio que había exigido para no arrasar la ciudad y matar a sus habitantes.

 Pasados tres meses había llegado a las costas de Boca Grande con 19 veleros y 1.000 piratas, mil de esos truhanes de pata de palo y loro en el hombro a quienes más que seleccionar había engañado hasta convertirlos en sus rehenes. En dos días se tomó la ciudad de Cartagena de Indias. Los soldados españoles que la defendían no pudieron contrarrestar a los ingleses, porque eran menos, porque sus armas eran pocas y porque, ingenuos, habían contado con los negros y los indios, pero los negros los traicionaron pues los detestaban desde su condición de esclavos azotados y humillados, y los indígenas no luchaban de noche por mandato de sus dioses.

Cuando Drake terminó de hacer el inventario de las “ganancias” que había dejado la invasión, amenazó con  incendiar la ciudad, que eran dos docenas de casas, un matadero y un par de iglesias, pues las murallas y el fuerte de San Felipe apenas comenzarían a construirse 80 años más tarde por orden explícita del rey Felipe IV.   Le pidió  a su lugarteniente  que fuera en busca de don Pedro Fernández de Bustos, gobernador de la ciudad, para exigirle 400 mil pesos oro, contantes y sonantes. Fernández se excusó de ir adonde el corsario. “Que está en muy mal estado de salud, le manda a decir”, le informó su recadero, quien luego añadió que en su lugar había enviado al obispo Fontalvo.

Monseñor se le apareció a Drake varias horas más tarde. Lo saludó sin la altivez que le había conferido Dios tiempo atrás y con el temor que le habían contagiado sus sacerdotes y acólitos, escondidos con él en las selvas cercanas a La Popa durante los ataques. El pirata lo recibió con sus mejores maneras, aunque le reclamó que en una carta el gobernador Fernández se hubiera referido a él como un “corsario inglés”, cuando en realidad era un enviado fiel de Isabel, la Reina de Inglaterra. Entonces le dijo que si no quería ver incendiada a Cartagena, le llevara 400 mil pesos oro, y que el plazo vencería sobre el mediodía del día siguiente. Monseñor Fontalvo regresó con lo que pudo, 107 mil pesos en anillos, collares y alhajas varias, menos de la mitad de lo que Drake exigía.

Discutieron. Drake, en su eterno tono flemático, con sus maneras de realeza con las que dos años atrás había recibido de la reina el título de Sir por sus invaluables servicios prestados a la corona. Monseñor, casi gimiendo, le ofreció al pirata las últimas campanas de su monasterio. Sellado el acuerdo con venias, Francis Drake redactó varias cartas de pago por el valor de lo que se llevaba. Firmó, y bajo su nombre puso la fecha: 2 de abril de 1586. Pasados diez años murió invadido de fiebres a la entrada de la bahía de Cartagena, luego de haber saqueado los puertos de Riohacha y Santa Marta.

Su crueldad había hecho camino y el único sentimiento que despertaba su nombre era Odio. La ley de Drake había sido inviolable: si alguien de su tripulación robaba o escondía la más mínima parte del botín, le cortaba una mano.  Si mataba, se le ataba junto al muerto y ambos eran arrojados al mar.  Si era sospechoso de rebeldía, siquiera sospechoso, se le cortaban brazos y pies, se le untaba la cabeza con miel y se le dejaba en una playa abandonada.

 Por ello, su cadáver fue lanzado al mar por sus propios bucaneros, quienes cantaron himnos piratas, se emborracharon con tragos baratos y recordaron la historia de otro corsario, Martín Coté, muerto allí mismo, sepultado en una iglesia, desenterrado por el obispo Fontalvo y arrojado al mar, como correspondía. Coté hacía parte de la corte francesa, como Drake de la inglesa, y como, tiempo después, Henry Morgan sería emblema y referente de los gobiernos británicos.

Morgan tomó el  lugar de Drake. Aprendió de él sus mejores artimañas, las perfeccionó, y  copó el Caribe durante la segunda mitad de los años mil seiscientos. Su vida fue desde su infancia un sumar y sumar desgracias. De niño fue secuestrado. Luego lo vendieron como esclavo en Barbados, hasta que se relacionó con algunos bucaneros y soltó amarras. Fue capitán de un barco jamaiquino en 1666, y luego el líder de las tropas que hostigaban a los españoles en la zona. Su mandato se extendió por Cuba, Venezuela y Panamá, y su destreza le valió el título de Sir, concedido por el rey Carlos III, y el cargo de vicegobernador de Jamaica. Sin embargo, pasó a la historia por su codicia y maldad, como Drake. Y como Drake, marcó con sangre hasta el fin de sus días las costas del Caribe. 

El capitán Sparrow y Angélica

Se estrena hoy en todos los teatros nacionales  la cuarta entrega de la  saga  Piratas del Caribe. Protagonizada esta vez por  Penélope Cruz y Johnny Depp. La película se adentrará en  las aventuras de los bucaneros  que buscan la fuente de la eterna juventud. Tres años después del estreno de la  tercera película de Piratas, que ya aportó a los  estudios de Disney 3.000 millones de dólares, por recaudación de taquilla, el capitán Jack Sparrow, vuelve con nuevas aventuras, esta vez bajo la dirección de Rob Marshall (Chicago), y por primera vez en formato tercera dimensión.

En su búsqueda por el mágico elixir de la juventud, Depp comparte  escenas de duelos de espada, amoríos y acción con Penélope Cruz, quien interpreta a Angélica, su alter ego femenino.

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