Sábato se fue a la tumba

Dos meses antes de cumplir 100 años de edad, murió ayer en Buenos Aires uno de los más importantes escritores argentinos y de habla española. Homenaje a través del testimonio de la mujer que lo acompañó los últimos 40 años.

Los cables de noticias hablan de una neumonía como la causa de la muerte física de Ernesto Sábato, ayer en su casita de Santos Lugares, en las afueras de Buenos Aires, dos meses antes de cumplir cien años. La noticia de la causa resulta lo de menos. Lo importante es que quien falleció era uno de los tres mosqueteros de la historia de la literatura argentina, a quienes se les llamaba así aunque en realidad eran cuatro, sumados otros grandes inmortales del mundo de la ficción: Borges, Cortázar y Bioy Casares.

Elvira González Fraga, la mujer que lo acompañó durante sus últimos 40 años de vida, me compartió el año pasado en la nueva sede de la Fundación Ernesto Sábato, en la capital argentina, que intuía que su amado quería morir pero no podía hacerlo. “Ernesto tiene hace año y medio afasia de expresión, no de comunicación. Él quiere decir cosas y no las puede decir. Le cuesta muchísimo hablar”. Vivía bajo el cuidado de dos enfermeras, “encerrado en su pequeño mundo, con la vergüenza de haber perdido la juventud”. Le transmitía la impotencia de no poder ver, no poder leer, no poder escribir, no poder movilizarse. Pero entre los dos descubrieron que, además del amor, el mejor paliativo era la música: “Yo lo ubico después de Mozart y antes que Beethoven, un Beethoven joven. Le llevo todo lo que encuentro musicalmente hablando”.

La traviata de Verdi y la voz de la soprano Anna Netrebko “lo distraían de su dolor”. “Un día mientras oíamos La traviata una y otra vez me levantó la mano en son de brindis”. Por eso Elvira me insistió en no olvidar al hombre que podía ser feliz y tierno, así el derrotero de su vida hayan sido las desventuras de la humanidad. La obra de Sábato se inscribe en la melancolía, en el desasosiego, en el escepticismo, en el homenaje a los fracasados universalizados en la que ella (y yo) considera su máxima exploración de la condición humana: Sobre héroes y tumbas. ¿Cómo no encarnar en algún momento en Alejandra o Martíny su viacrucis a través de las calles del gran Buenos Aires?

Sábato siempre alternaba instantes de paz o alegría con depresiones profundas. Elvira no olvida el día que ocurrió el terremoto de Haití. “Una enfermera encendió el televisor y Ernesto quedó devastado”. Esto como homenaje al ser humano.

En cuanto al físico que alcanzó a trabajar en el Laboratorio Curie, en París, que devino en filósofo y escritor, que a ojos de la crítica literaria debió recibir un Nobel, hoy empezarán los homenajes en su memoria en la Feria del Libro de Buenos Aires, donde estaba previsto evocarlo como si ya no estuviera en carne y hueso aunque sí a través de los ensayos, discursos y novelas.

¿Quién no ha oído hablar de El Túnel y de la trágica historia de amor de María Iribarne y Juan Pablo Castel? El legado de Ernesto Sábato es universal. Quedó demostrado ayer con la conmoción que generó su muerte en las redes sociales a las que nunca se pudo acercar. Y aún así la obra del escritor que nació en 1911 en el pueblo de Rojas, por cuyas venas corría sangre italiana, es un tratado sobre la eterna emigración del ser humano a nivel físico y espiritual. Quien viaja en busca de un destino indeterminado, de las profundidades de su yo y jamás está satisfecho con él ni con el mundo que le tocó es un potencial lector de Sábato.

Otro plano es el político. El del hombre que siempre defendió las causas de los marginados, de los que no tienen voz. En eso se identificaba a plenitud con su amigo José Saramago, en la humanidad, en sus pensamientos de izquierda contra los excesos del poder y de los poderosos. Por eso se ganó grandes enemigos, la persecución de la extrema derecha que le cambió la vida a Argentina con la dictadura. Y sin importar el costo editorial, hizo parte de quienes investigaron esos crímenes para escribir el histórico documento “Nunca Más”, que ayer circuló vía internet por el mundo.

Así era Ernesto Sábato. A Elvira, su amada, quien a través de la Fundación defenderá su legado, le dictó durante el último viaje a España su último libro, Los diarios de mi vejez. Y ella me leyó esto: “He vivido en un tiempo histórico de ruptura y tan viejo soy, que hay en mi distintos sedimentos, como en las montañas. Así, todavía guardo de mi juventud las marcas de las luchas sociales. Pienso que los chicos me querrán porque nunca dejé de luchar, porque no conseguí instalarme en ninguna época, y hoy, trastabillando, me siento cerca de la gente que aprendió a vivir de otra manera. Y muy cerca de los jóvenes que después de este horror de mediocridad, indecencia y ferocidad, pujan por nacer a otra cultura que vuelva a echar raíces en un suelo más humano”.

También es necesario rescatar un párrafo del discurso del día que lanzó en Argentina el Plan Nacional de Lectura 2004: “Les quiero pedir a los chicos y a los jóvenes, con la autoridad que me dan los años, que lean. Yo también he leído de chico, y fueron los libros quienes me ayudaron a comprender y a querer la grandeza de la vida. Quienes sembraron en mi alma lo que luego los años pudieron expandir. Leía cuanto llegaba a aquellas bibliotecas de barrio, donde, primero a través de libros de aventuras, y luego, porque un libro lleva, inexorablemente, a otro libro, a través de los más grandes de todos los tiempos, esos que nos entregan los abismos del corazón humano, y la belleza y el sentido de la existencia. Leer les agrandará, chicos, el deseo y el horizonte de la vida”. “Un grande se fue a la tumba”, dijo ayer Elvira. Nos queda el héroe de las letras.

“Así comenzó mi pasión por la literatura”
“Yo fui un chico solitario, apartado de los juegos y de las travesuras que alegran la vida de los niños. Encerrado en mi cuarto, como detrás de una ventana, por las tardes veía pasar la vida. Y ya desde entonces mi salvación provino del arte. Pasaba las horas tirado en el piso, panza abajo, dibujando con las pinturitas que me compraba mi hermano Pancho. Pero imborrable es el recuerdo de mis primeras lecturas. Fue Pepe, “el loco Sábato”, el que luego se escaparía con un circo, el que me inició en la magia infinita de los libros. Él amaba el teatro, siempre andaba buscando un papel, por modesto que fuera, para poder actuar. Y todos sus ahorros iban a la colección Bambalinas que editaba grandes obras de teatro en pequeñas ediciones populares. Allí conocí a Tolstoi, y la tapa del libro, ilustrada con una troika, está indisolublemente unida en mi alma a la gratitud por aquel escritor que tanto enriqueció mi infancia. Para los 12 años yo ya había leído toda aquella colección que incluía autores de sainetes tanto como autores de la gravedad de Ibsen. Así comenzó mi pasión por la literatura, primero a través de los libros de Salgari y de Julio Verne, y luego, porque un libro lleva inexorablemente a otro, a los más grandes de todos los tiempos, a esos que exploran los abismos del corazón del hombre, y lo rescatan, y lo moldean como una fragua.     ¡Qué hubiese sido de mí sin los libros!”.
Ernesto Sábato. Santos Lugares, diciembre 1999

 

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