Simón Gaviria posando para la Cámara

En la recta final de ser el presidente más joven que ha tenido la Cámara de Representantes.

Gaviria habla poco de asuntos de seguridad. Por seguridad. No por Seguridad Democrática; por seguridad personal. El miércoles se acostará siendo el presidente de la Cámara más joven de la historia (30 años), batiendo el récord de su padre, quien fue el primer ministro de Gobierno con un hoyo en el zapato y, antes, presidente de la Cámara a los 34. Presidirá la Cámara si sabe morderse un poco la lengua estos días, dando muestras de la redundancia que es: delfín astuto. Y madrugador.

Gaviria, el joven, está pegado a medios desde temprano, y a las 6:30 ya le da guerra a Wiston González, su jefe de prensa, su sombra, ¿invisible? A él le aprendió un arte mortal: jugar con los periodistas. Con ellos, con Gerardo Aristizábal, John Álvarez, Germán Espejo y Wiston, juega fútbol 5 en cancha sintética. La historia de su pasión por el fútbol la cuenta mientras almuerza eso que las señoras y los nutricionistas llaman “proteínas” y, cuando va al baño, Wiston revela que no es precisamente un crack. La versión de Gaviria tiene un enfoque más benevolente: “Soy una especie de Tancredi: creativo, pero de rendimiento poco sobresaliente”.

Creativo efectivo, sí, en el Congreso, donde, con esa especie de hiperactividad nada bien disimulada que lo acompaña caminando, hablando y legislando, apunta siempre hacia quienes pretenden birlar los derechos del consumidor. Esa obsesión logró que sus compañeros de bancada lo llamaran Tal Cual, en homenaje al muñeco de voz carrasposa que acompaña a Armel en su soporífero boletín nocturno. Tal Cual Gaviria es el responsable de iniciativas nacidas (o abortadas) pensando en los derechos del paciente, del pasajero de avión, del insolvente (que con exagerada, pero genuina modestia, califica como “el primer gran derecho económico del colombiano”) y, últimamente, del usuario de celular.

Él, que presenta un cuadro agudo de blackberrylitis y que puede pasar media tarde encorvado sobre el teclado de su aparato, chateando, es el paladín de la portabilidad numérica (rimbombante nombre para un sencillo concepto: el número celular es como el cepillo de dientes). Tuvo que pelar mucho los dientes para convertirlo en realidad y, mientras coge impulso para ponerse al frente de la Cámara, es cauteloso con los detalles de otro par de goles que piensa marcarles a los “pulpos” del celular. Entérense de una vez: Tancredi quiere que los operadores compartan, por obligación legal, redes e infraestructura. Hay más: no pegará pestaña (que las pega todos los días a eso de las 9:00 p.m., enfundado en una pantaloneta de fútbol) hasta que sea ley el “cobro por décimas”. Traducción: el usuario de celular no pagará por minuto, sino por segundos. ¡Alabado y efectivo sea Tancredi!

En esas anda el niño que mascaba chicle durante la posesión presidencial de su papá, junto a su hermanita, que hacía lo que todo pitufo hace cuando un adulto pronuncia discursos: dormir plácidamente… ¡dormir mariapacíficamente! María Paz se llamaría María, a secas, de no haber sido porque el primer amor de Simón, la presentadora de televisión María Paz Oviedo, lo inspiró a exigirles a sus padres que María y Paz fueran la combinación perfecta para la hermanita en línea de ensamblaje. Hermanita que se estrenará como tía en octubre.

Sofía será la primera hija de Gaviria y Margarita Amín, a quien conoció en una cita a ciegas y que se gana la vida con un centro de bikram yoga. Cuando le voten la presidencia, él seguramente hablará de las bacrim; por lo pronto, no tiene problema en hablar de bikram. A eso de las 5:00 p.m. pasa por donde su mujer y demuestra las virtudes de una práctica gracias a la que pudo ponerle tatequieto al paquete y medio de Marlboro Light que se aplicaba diariamente. El bikram yoga se hace en un cuarto (digamos Cámara) donde la gente se encierra por 90 minutos a una temperatura de 40 grados, con la idea de reproducir las condiciones térmicas de ese infierno que es Calcuta, cuna del yute —no de la madre Teresa (albanesa)—, de Tagore y del yoga con que Margarita fríe a sus alumnos. Gaviria hace “conejo” y domina decorosamente muchas de las otras 25 posiciones de la disciplina, sin haber superado del todo el “árbol”.

Para hablar de árboles lo abordó, unas horas antes del yoga, en un restaurante, una mujer que le dijo: “Tienes que seguir siendo adalid de los parques”. Era Julia Miranda, quien acababa de renunciar a la Dirección de Parques Nacionales, como previsible consecuencia de un desequilibrio en su ecosistema familiar: el nombramiento de su esposo como minjusticia. Gaviria, líder de la bancada ambientalista en el Congreso y defensor de humedales, páramos y arrecifes coralinos, aceptó la responsabilidad. Es lo suyo: tipo responsable en curso de político maduro, aunque no siempre respetuoso de la palabra de los mayores. Su padre, eficiente zorro político, le recomendó no dejarse acompañar medio día por un periodista. No hizo caso. Para tercos los Gaviria. Por algo será que este, el joven, insiste en el futuro del Deportes Pereira, en no dejar los 15 tintos del día, en jurar que no usa gomina, en graduar a Rafael Pardo de ministro, en no embolatar su muletilla favorita (“digamos”) y en acatar, ahí sí, el mejor consejo que le dio Gaviria, el viejo: “Sigue a tu corazón”.