Sin colores en la camiseta

La historia del pacto por la paz de un grupo de barristas en Kennedy.

Liderados por los cuatro dirigentes distritales de las barras del Nacional, América, Santa Fe y Millonarios, aseguran que ya no hay territorios vedados en esa localidad para ningún hincha. Reconocen, eso sí, que algunos problemas perduran.

Mataron a Marioneto, a El Pichi, a 17 en un año; hirieron a Pinpoyo, a Fabián, encarcelaron a El Topo, y entonces (hace 12 meses) algunos chicos barristas de la localidad de Kennedy reconocieron que era hora de parar la guerra. Tiempos en los que no se respetaban ni viviendas ni colegios ni novias. Al archienemigo, rojo o verde o azul, había que acabarlo donde fuera y delante de quien fuera. ‘Los del Sur’ eran dueños de Kennedy Central. ‘Disturbio Rojo’, de Villa Anita. ‘Comandos Azules’, de Génesis. ‘La Guardia Albirroja’, de La Revolución. Y que nadie se atreviera a invadir sus territorios con alguna extraña bandera.

Por años, en Kennedy han funcionado los brazos fuertes de las cuatro barras bravas más grandes del país, el epicentro del barrismo: buena parte de los hinchas más rudos del América, del Santa Fe, de Millonarios y de Nacional. Tres colores que visten a jóvenes que han sobrevivido alternando idas al estadio con idas al hospital.

Hoy en la localidad suman cerca de 2.400 en total, divididos en grupos que llaman parches y representados por los cuatro líderes distritales que, casualmente, también viven aquí. Luis Guillermo López (28 años, líder de los ‘Comandos Azules’ de Millonarios), William Cely (hace dos décadas es barrista en la ‘Guardia Albirroja’, de Santa Fe), Fabián Buitrago (su hijo también hace parte de ‘Disturbio Rojo’ de América) y Fredy Osvaldo Imabache (tecnólogo en sistemas que desde 2005 dirige a ‘Los del Sur’, hinchas de Nacional).

Los cuatro fueron contratados hace un año por la Alcaldía de Kennedy, que en alianza con la Personería de la localidad decidió apoyar su iniciativa de un pacto por la paz entre los miembros del barrismo bravo de la zona. Las cifras lo exigían a gritos: 17 jóvenes relacionados con barras murieron allí entre 2009 y 2010, 15 de ellos por armas blancas, uno por arma de fuego y el otro a los golpes.

En papel el proyecto prometía un campeonato de fútbol entre las barras, un colegio para validar el bachillerato sin importar el escudo de la camiseta, jornadas para entregar armas, proyectos productivos y la unión en torno al proyecto de ley que cursa en el Congreso y que penalizaría el porte de elementos cortopunzantes. También, compromisos para respetar los barrios y lugares de trabajo o estudio de cada hincha. Ya sería posible, por ejemplo, que un muchacho del América pudiese tener novia en un sector del que se hubiese adueñado la barra del Nacional.

Por supuesto, no fue fácil juntarlos. Los cuatro líderes representaban individualmente todo lo odiado en el enemigo: el corito insoportable con el que la barra anima a su equipo. La agresividad. El aire de superioridad que aparecía, cómo no, siempre después de un triunfo. Firmado el contrato de prestación de servicios con la Alcaldía y la Personería, no hubo nada que hacer y cualquier mañana estos chicos se vieron frente a frente las cicatrices.

“Entre todos nos habíamos dado en la jeta alguna vez y yo me preguntaba ¿cómo voy a hacer para trabajar con estos manes, si no nos podemos ver ni a metros? Ellos, todos, sin excepción, jodieron a amigos míos, y seguramente yo también a gente de ellos. Al principio vi la cosa muy tenaz”, cuenta Fabián Buitrago, líder de la barra de América.

Ni siquiera fue necesario recordar aquellos enfrentamientos. Todo lo dijeron las marcas por golpes con piedras que tienen junto a la boca Fabián y Fredy, la cicatriz de William por una puñalada, la rodilla maltratada de Luis Guillermo.

Al principio, ni un almuerzo juntos. Ni mucha confiancita en el saludo. Y ni se le ocurra hablarme el lunes si su equipo le ganó al mío en la fecha del fin de semana porque hay problemas. Pero pronto hubo que tratar de volver realidad las promesas del papel y los cuatro líderes se pusieron a trabajar en serio.

En 2010 organizaron el campeonato de fútbol en el que sólo se registró un herido, debido a una caída en uno de los partidos. El 14 de marzo de este año más de 200 miembros de 25 parches azules de Millonarios entregaron sus armas blancas, en presencia de varios de los hinchas de otros equipos. Un acto simbólico que se llevó a cabo a las 10 de la mañana en el parque La Amistad, en donde chicos desde los 14 hicieron fila para firmar una carta dirigida al presidente, Juan Manuel Santos, en la que le piden que le dé mensaje de urgencia al proyecto de ley que penaliza el porte de los objetos cortopunzantes.

Y hace 15 días, en uno de los auditorios de la biblioteca El Tintal, se graduó la primera promoción del colegio de los barristas, que funcionó en horario nocturno en una sede privada y en la Casa de la Igualdad de Kennedy. “Atrás quedaron las piedras, los palos, las botellas y las fracturas”, dijo al presidir la ceremonia el personero de la localidad, Juan Carlos Ocampo. A su voz se sumó la del patrullero Fabián Andrés Camacho, de 26 años, encargado por parte de la Policía Metropolitana de acompañar el proceso del pacto por la paz : “Esto antes era muy movido. Lío si ganaban, lío si no ganaban los partidos. Ya no hay territorios vedados para nadie y, aunque los problemas no se han acabado, se respira mucha más tranquilidad”.

Ni Fredy ni Luis Guillermo ni Fabián ni William niegan los problemas a los que se refiere el patrullero. “No podemos controlar a absolutamente todos los miembros de la barra”, dicen. Lo único que prometen es seguir en su intento.

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