Siria pierde el miedo

EN SIRIA PARECE REPETIRSE, CON algunas variables, la historia que vivieron unos meses atrás Túnez y Egipto, que está enfrentando Libia y que tiene al borde de la salida del poder al dictador de Yemen: masivas protestas callejeras encabezadas por jóvenes que perdieron el miedo de buscar libertad, empleo, reformas económicas, que rechazan las élites corruptas amarradas al poder por varias décadas y que han recibido una violenta represión indiscriminada con un alto número de muertos y heridos.

Es un país que ha sido un actor principal en la historia reciente del Medio Oriente, con un partido, el Baaz, que por varias décadas ha ejercido el poder con mano de hierro, reprimiendo por igual a la minoría kurda y a los Hermanos Musulmanes, que apoya movimientos terroristas en Líbano y Cisjordania —Hezbolá y Hamás— para poner en jaque a Israel y ejercer un activa influencia política en Beirut. Estos elementos históricos son imprescindibles para entender las realidades que hoy tienen a Bashar El Asad en una difícil situación interna e internacional que no parece tener una pronta solución.

Las esporádicas protestas comenzaron unas semanas atrás en algunas ciudades del sur del país, en especial en Homs y Deraa, donde el régimen gobernante no ha contado con mayores simpatías en el pasado. El Assad, confiando en que el anuncio de algunos cambios cosméticos de apertura podrían apartarlo del contagio de la ola libertaria que recorre la región, ha visto un incremento de las protestas en la medida en que los rebeldes han demostrado estar dispuestos a jugarse el todo por el todo. De esta manera, la medida de represión inicial que estuvo a cargo de las fuerzas de policía y los servicios de inteligencia ha dado paso a la represión a gran escala con el despliegue del ejército y la sacada a las calles de tanques de guerra. Las cifras de muertos aumentan dramáticamente y tan sólo en los últimos días se habla de más de 62 personas que han perdido la vida ante las balas de las fuerzas armadas.

Además, tal y como sucedió en Túnez, las protestas pasaron del interior hasta la capital ante el abierto llamado de los Hermanos Musulmanes para convocar a la población a sumarse al movimiento opositor. Las pocas informaciones que se conocen provienen de los propios opositores que utilizan las redes sociales y sus teléfonos celulares para enviar mensajes o montar videos de las protestas y de la brutal represión gubernamental ante la veda impuesta por el régimen. Los analistas consideran que hay amplios sectores de la población, especialmente urbana, que se mantienen a la expectativa y no se han sumado a las manifestaciones callejeras.

En el plano internacional, las primeras reacciones fueron más bien tímidas dada la prioridad conferida a la crisis en Libia. Sin embargo, ante la evidencia de la radicalización del gobierno sirio y el número de víctimas que se registran, Estados Unidos y la Unión Europea han decidido por separado comenzar a aplicar algunas sanciones, entre las que se incluyen medidas contra personas cercanas al dictador, así como el embargo de venta de armas y de material antidisturbios. Pero más allá de estas tibias medidas, comparadas con las adoptadas en el caso de Gadafi, el tema con Damasco tiene un mayor calado por varios motivos. En primer lugar, Siria se ha opuesto al fundamentalismo musulmán, como lo demostró con la violenta represión a los Hermanos Musulmanes hace unas décadas, y de otro lado, se jugó una carta que hoy le rinde beneficios políticos: su alianza con Irán. De esta manera, el temor de la comunidad internacional es que si cae el régimen actual vendría una situación de caos en la cual los grupos radicales religiosos podrían terminar haciéndose con el poder. Irán, por su lado, no va a aceptar intervenciones militares en el país vecino.

Por todo lo anterior el analista israelí Itamar Rabinovich dijo que Siria es en este momento “un gigantesco barril de pólvora”. Tiene toda la razón.

 

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