Siria: un actor importante en la política del Medio Oriente

Desde que comenzaron las protestas han muerto 647 civiles a manos de las fuerzas armadas, que se tomaron la ciudad de Homs con violencia.

Al comenzar el nuevo siglo, Siria había llegado al punto donde quizá otros gobiernos autoritarios del Medio Oriente aspiraban a estar. Bashar al-Asad de 34 años, hijo del presidente durante 30 años Hafiz al-Asad, asumía la presidencia del país tras la muerte de su padre en junio 2000. En el corto lapso de un mes había sido nombrado secretario general del partido de gobierno Baath (Renacimiento), nominado presidente y aprobado por el parlamento con una votación del 97%. Todo el proceso contó con el apoyo leal de las fuerzas armadas, la clase empresarial vinculada a la familia presidencial y el partido Baath de tendencia laica, socialista, pan-árabe y adverso a un entendimiento con Israel. Excluidos de esta decisión quedaron millones de ciudadanos sirios, quienes durante décadas venían soportando la privación de sus derechos políticos y los beneficios del progreso económico, exhortados por el gobierno a mantener la resistencia contra el estado israelí y las políticas occidentales.

En marzo 2011, el contagio de la revolución democrática que ha sacudido al mundo árabe, depuesto a los gobiernos de Túnez y Egipto y tiene al borde del precipicio a los de Libia y Yemen,  finalmente tocó a las puertas de Siria. Comenzó con marchas pacíficas de los residentes de la ciudad de Deraa al sur del país, a las que sumaron posteriormente habitantes de Homs, Latakia y la propia capital Damasco. Al término de abril, Deraa había sido ocupada por tanques de guerra, las organizaciones de derechos humanos estiman que la represión estatal ha causado más de 500 muertes en el país, millares han sido detenidos y el gobierno de los hechos a delincuentes locales vinculados a “intereses extranjeros”. La reacción de los países occidentales ha sido muy cauta y mesurada, quizá por la operación militar que actualmente conducen contra Gadafi en Liba y el temor de intervenir en uno más de los países islámicos. Son conscientes además del papel crítico de Siria en la geopolítica de Medio Oriente, e incluso de la incertidumbre que sobrevendría a un cambio de régimen.

Siria es un país con una población de 22 millones de habitantes y un glorioso pasado histórico. Sin embargo, carece de una sólida identidad nacional como resultado de la demarcación de sus fronteras post coloniales entre Francia e Inglaterra y la diversidad composición étnica y religiosa de su población. Los musulmanes sunitas constituyen el 60%, pero el gobierno y las fuerzas militares están bajo control de la minoría alawita (12%) a la que pertenece la familia presidencial, mientras que comunidades de drusos y cristianos contribuyen a este mosaico religioso. Se atribuye a la gestión del partido Baathel mérito de lograr una cierta paz y estabilidad en el país, gracias a su ideología política excluyente del fundamentalismo islámico y enfocada más en la unión de los pueblos árabes. La lucha contra Israel y la recuperación de las Alturas del Golán, territorio perdido por Siria durante la guerra de 1967, se ha erigido más bien como pretexto para posponer las reformas que ahora reclaman los manifestantes en las calles del país.

La lucha contra el “sionismo” y los países occidentales en alianza con irán, incluye el apoyo a diversos grupos considerados como terroristas: Hamas en la franja de Gaza, el Hezbollah en el Líbano, el PKK en Turquía, con el ánimo de bloquear cualquier acuerdo de paz con Israel que no responda a sus intereses nacionales. Dadas estas condiciones y la geopolítica del Medio Oriente, el colapso del modelo político que ha guiado a Siria en las últimas décadas genera gran ansiedad entre los países occidentales, los países vecinos de Siria y el propio estado de Israel. Contrariamente a la situación de Egipto donde existe un elevado grado de cohesión social que genera una identidad fácilmente reconocible, o de Arabia Saudita en donde la riqueza petrolera pueda calmar las protestas sociales, Siria es un país relativamente pobre, con fronteras inestables y una elevada heterogeneidad social. Es fácil ver semejanzas con la situación de los Balcanes en la década de los años noventa.

El estado israelí percibe el carácter hostil de Siria y su capacidad de influir en el proceso de paz, pero se ha acostumbrado a tratar con un adversario previsible, al punto que una corriente de opinión pública aboga por negociar la paz con Siria antes que con los palestinos. El principal activo de Siria en el contexto político del Medio Oriente, en opinión del académico Fouad Ajami, es su capacidad evidente de “crear problemas” a Occidente, ya sea en el Líbano o en Palestina, en la relación con Irak o con Irán, y en general en el proceso de paz con Israel. En el Líbano, a pesar del retiro de sus tropas el año 2005, Siria sigue siendo el poder decisorio para la gobernabilidad dentro del país. Con Irak actual sostiene relaciones tensas por las facilidades de tránsito que brinda a los extremistas islámicos que mantienen la inestabilidad en Bagdad. Su relación con Irán inquieta a Occidente, porque canaliza el odio islámico contra el estado judío y mina el régimen de sanciones internacionales dirigido contra el programa nuclear iraní. Con razón, afirmaba el exsecretario de estado norteamericano Henry Kissinger que si bien Egipto era indispensable para cualquier guerra de los árabes contra Israel, Siria lo era para cualquier arreglo permanente de paz.

Todo lo anterior justifica en cierta medida la actitud cauta de Occidente frente a Siria, que no ha pasado de exhortaciones al diálogo democrático y sanciones económicas a algunos miembros del gobierno. Quizá estimen que el aparato de represión de Bashar prevalecerá al final, como lo hizo su padre en 1980 contra una insurrección chiita en Homs que costó la vida a unas 10.000 personas, y se volverá al statu quo. O quizá los vientos de la revolución democrática llegarán con mayor fuerza al país en el futuro, tras la unión de fuerzas de Hamas y Fatah propiciada por Egipto la semana anterior, así como el replanteamiento de la acción terrorista en el mundo tras la desaparición de Bin Laden. Son escenarios que Colombia tendrá que debatir en los próximos años en su condición de actual miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

*Embajador y miembro de la Asociación Diplomática y Consular de Colombia

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