Soy el Dj Champetamán

LUCAS SILVA comenzó a mostrar los sonidos afrocolombianos en Europa durante la década del 90. Hoy su trabajo es una especie de antropología musical basada en estos ritmos.

La manera más directa de irse a la quiebra es producir un disco folclórico. La industria no pasa por su mejor momento y si las grandes compañías multinacionales han visto el lado oscuro del negocio, para los pequeños productores la historia no ha sonado distinto. Lucas Silva es uno de esos melómanos que además de escuchar, coleccionar y casi que vivir para la música, también se ha preocupado por el trabajo de campo para encontrar ese ‘algo’ que los demás pasaron por alto. Nunca le han inquietado los grandes éxitos ni las canciones más radiadas durante las épocas de vacaciones. Menos está pendiente de los Premios Grammy o los listados de Bilboard. Para Silva lo principal es la ‘rareza’, el tema olvidado de la cara ‘b’ de un viejo acetato o uno de esos descartes porque la pieza no estaba en sintonía con los ‘chicles’ del momento.

Estudió cine y eso le ha servido para poner la lente en donde es. Sus constantes viajes a Palenque, que parece su segundo hogar desde 1996, Barranquilla, Cartagena y algunas regiones marginales de la costa Pacífica, le han dado la posibilidad de identificar el gran potencial folclórico que tiene Colombia y ha entrado en comunicación con varias generaciones de músicos, quienes muchas veces son los que le van indicando el paso siguiente de su trabajo casi que antropológico.

“Somos muy ignorantes en nuestra música y pensamos que los primeros que están haciendo funky son los jóvenes de ahora, sin darnos cuenta de que muchos maestros veteranos ya lo estaban haciendo desde hace décadas. Yo busco reunirlos para hacer un disco con todas esas grandes leyendas, pero me ha faltado dinero y tiempo”, asegura Lucas Silva, quien se ha especializado en todos esos pequeños sellos discográficos que publicaron temas psicodélicos en los 70 y que empezaron a registrar ese maridaje exótico entre las manifestaciones folclóricas criollas y el sonido africano.

Nunca pasó por un conservatorio. No sabe escribir música y cuando le hablan de partitura o de nomenclatura se hace el loco y recuerda a personajes como el Joe Arroyo, que tarareaba sus canciones a los arreglistas, o como Jorge Villamil, quien componía silbando. Lucas Silva se inspira con muchos grupos africanos, lleva para todas partes sus discos favoritos debajo del brazo y así se nutre. Esa es la primera etapa de su labor, una faceta íntima en la que pretende experimentar para luego poner en marcha ya en compañía de los maestros tradicionales.

“A Paulino Salgado le dije que le quería grabar un disco. Pensé en hacer una producción ligada al son cubano, hasta que una amiga francesa me hizo entrar en razón. Discos dedicados al son puede haber mil y a mí, por mi origen, me tocaba hacer algo distinto. Entonces comencé a encariñarme con la música africana. Aprendí sobre la marcha. Recuerdo que me decían ‘ahí está cantando desafinado y a mí me parecía que no’ y me tocaba corregir todo después”, dice este personaje por el que comenzó a hablarse de la champeta en Europa.

Durante casi diez años vivió en Francia y allí le surgió la idea de hacer un documental. En la lista de posibles temas apareció el de la música negra, luego lo volvió un poco más específico y pensó en hacer algo sobre música afro en Colombia. En ese entonces la reflexión era clara: ¿será que en este país la población afrocolombiana sí representaba un número considerable? La duda tenía su razón de ser, porque Silva recordaba que la primera vez que vio a un negro en Bogotá fue en 1979. Se puso a investigar y llegó a Cartagena para hacer el audiovisual sobre la cumbia, sin tener ni idea sobre el tema. Estando ahí alguien le habló de un fenómeno marginal en esencia y de una quedó fascinado con su potencial.

“Desde el comienzo dije ‘este ritmo es una bomba’. Unos colombianos inspirándose en músicos de El Congo, eso tiene que sonar muy bien. Traje la champeta a Bogotá y todo el mundo me miró mal, pero en Europa sí fue un hit”, asegura Lucas Silva, quien para posicionar la expresión champeta en tierras foráneas buscó un seudónimo que reuniera una de sus facetas con el estilo musical. Así nació Dj Champetamán.

En 1998 publicó su primer disco de champeta en Francia, cuando la música cubana pasaba por su mejor momento después del empujón que le dio el Buena Vista Social Club. En ese entonces llegaba a las emisoras con su registro y los programadores parecía que estuvieran viendo un ovni. Y analizando bien la situación podían estar en frente de una suerte de extraterrestre al que le preocupaba rendirle un homenaje a un fenómeno de tipo social llamado pick up, con el que se promocionan las músicas alternativas y se dan a conocer las estrellas locales.

“Los que empezaron con este ritmo les tocó muy duro. Por ejemplo, en el Carnaval de Barranquilla prohibieron la champeta y los pick up, porque volvían loca a la gente. En Cartagena dijeron que había una epidemia de abejas africanas y que eso era culpa de la música, debido a que alborotaban los panales”, recuerda Silva, quien maneja cinco proyectos simultáneos, varios dedicados a Palenque y todos de largo aliento. Para él, esa es la única fórmula para mantener viva su pasión de realizar grabaciones antropológicas que no pueden quedar como una postal. Ese es el compromiso de Lucas Silva como productor. Debe estar pendiente de que no pierdan la emoción de tocar y la necesidad del músico de sobrepasarse con su arte. Lo económico es secundario, al fin y al cabo el folclor es una sabrosa forma de llegar a la ruina.