Sueños al otro lado del Atlántico

Desde la semana pasada los consumidores europeos disfrutan de Juna, el proyecto con el que una pareja de esposos quiere posicionar las frutas andinas en el Viejo Continente.

Cuando aterrizó en Bogotá el 31 de diciembre de 2001, Christian Kaufholz era un estudiante alemán de maestría, experto en relaciones internacionales y con una carrera por delante en la cooperación económica, que venía a Colombia a visitar a su novia y pasar las fiestas de Año Nuevo con ella.

Pero esos planes se congelaron. La causante fue una pequeña fruta ovalada, de pulpa blancuzca y olor agradable: la feijoa. “Cuando uno viene acá  está encantado con la carne, pero los jugos...”, recuerda el hombre que durante su viaje de regreso al Viejo Continente no pudo dejar de pensar en cosa diferente a los sabores de esos nombres extraños, que jamás en su vida había escuchado y su memoria seguía repasando: guanábana, lulo, tomate de árbol...

Años después, cuando la pareja se acercaba a los últimos años de especialización y su día a día transcurría entre  las normas comunitarias de exportación y los viajes con amigos a Colombia, nació la idea. “Teníamos una barra de jugos, y a todo el que llegaba le ofrecíamos distintos sabores. Nos preguntaban dónde podían conseguir la pulpa y cómo hacían para llevársela a Europa”, comenta Ángela Arévalo, la confidente y coautora de la idea que su hoy esposo maduró durante varios años: llevar esos sabores exóticos al otro lado del Atlántico.

“Recuerdo que mi abuela me contaba que cuando el plátano llegó a Alemania, fue una sensación instantánea. La gente no sabía qué hacer con él”, dice Kaufholz. Por eso la pareja comenzó a estudiar las leyes comerciales, y encontró que, gracias al Sistema General de Preferencias Andinas, los productos procesados pueden entrar al Viejo Continente sin pagar arancel mientras las frutas deben sufrir el invierno de los requerimientos fitosanitarios.

También analizaron a sus futuros clientes. “Es gente que tiene el poder adquisitivo para comprar un jugo de 2 euros y una ensalada o sándwich de 4 euros; son profesionales abiertos al mundo, que les gusta viajar, experimentar nuevas cosas, que están conscientes de su salud y desean generar un impacto social”, explica Arévalo.

 Se refiere al mercado de conciencia social, la corriente de consumo que se ha tomado a Europa: comprar productos saludables, que no atenten contra el medio ambiente, que puedan reciclarse y que su dinero financie proyectos sociales para el beneficio de los productores.

A finales de 2008 la decisión estaba tomada: los esposos se instalaban en Colombia, ella se mantenía en el mundo de la cooperación internacional para sostener a la familia y él dejaba su trabajo de consultor en Bruselas para buscar proveedores de fruta, envasar jugos naturales y venderlos en Europa.

Fueron los primeros pasos de Juna. “Es una palabra de la etnia sáliba, que habita la frontera con Venezuela y significa ‘parcela’. Es el vínculo con la naturaleza, la base de subsistencia e independencia económica, donde crecen los niños, está la familia y proviene lo fresco de la naturaleza”, explica Kaufholz.

De ahí en adelante el trabajo los absorbió. Convencieron a la  Asociación de Productores Agropecuarios de Pachavita, Boyacá, de emplear sólo los abonos y pesticidas permitidos por la Unión Europea para su cultivo de lulo; establecieron las mismas alianzas con proveedores de mora, mango y guanábana; diseñaron y compraron su propio molde para producir botellas de plástico, al igual que tapas para cuello grueso y cajas para el transporte.

“Todas las muestras y premuestras las enviamos a un laboratorio en Alemania que analiza los componentes del jugo, comprueba la concentración de pesticidas y establece su contenido nutricional”, comenta Arévalo, quien confiesa que su papel en esta aventura es más el de una consejera.

Juna es hoy una empresa registrada en Alemania con sucursal en Colombia, que desde la semana pasada puede enviar 75.000 botellas, en un contenedor refrigerado, a cafés y cadenas de comida saludable de Berlín y Hamburgo, y que espera conquistar  Inglaterra (su venta comienza en diciembre) y Bélgica (en 2012).

Un sueño que nació de un préstamo alemán para fomento empresarial, de amigos que invirtieron en él y de sus propios ahorros. “Un MBA (especialización en negocios) cuesta lo mismo o mucho más que invertir en nuestro propio proyecto”, señala Kaufholz.

Sus planes pasan más allá de conquistar los paladares europeos: planean expandirse a Oriente Medio, Asia y Estados Unidos, establecer un fundo para aliviar las necesidades de sus proveedores y posicionar las frutas andinas.

Pero sobre todo quieren que Juna siga los mismos pasos de Sara, su hija recién nacida hace apenas tres meses. “Ella fue la razón que nos dio fuerza para seguir adelante en esta aventura”, admite Arévalo.