Testimonios desde Kenia

¿Cómo es un día en el campo de refugiados Dadaab, a donde están llegando miles de somalíes desplazados por la hambruna y la violencia? Dos voces cuentan su versión.

Es la peor sequía en los últimos 60 años en el Cuerno de África. Hombres, mujeres y niños buscan refugio en alguno de los campamentos instalados por la comunidad internacional. Sólo al campo de Dadaab, al este de Kenia, han llegado cerca de 400 mil personas. La Unicef calcula que medio millón de niños morirían en los próximos meses por desnutrición. Dos testigos excepcionales intentan contar aquí una versión de esta tragedia que va más allá de las cifras. Dos relatos que se detienen en el drama de una mujer que tuvo que abandonar a su esposo en el desierto para salvar la vida de sus hijos, y la historia esperanzadora de un niño de un año que se salvó de malnutrición severa. Esta es la tragedia en África según una integrante de Médicos Sin Fronteras y un periodista, dos testigos de primera mano.

Serene Assir, comunicadora de Médicos Sin Fronteras en Kenia
Quienes llegan a Dadaab, después de un largo viaje, lo hacen con la esperanza de encontrar asistencia humanitaria básica. Vienen por agua y alimento, no en busca de grandes sueños. Vienen detrás de lo más esencial para la vida humana y eso tampoco lo están encontrando.

Dadaab comprende tres campos: Dagahaley, Hagadera e Ifo. En un principio se tenía estimado que cerca de 120 mil personas podrían convivir allí, pero ya hay cerca de 400 mil y a final de año serán 500 mil. En el centro de los tres hay un pueblecito con el mismo nombre: Dadaab. No hay delineación ni muros que marquen dónde empiezan y terminan los campos, pero se entiende que en el centro están las personas que llevan más tiempo viviendo allí —hasta 20 años— y que en las afueras se están instalando los nuevos refugiados. Los primeros habitan casas más estructuradas, mientras los segundos se refugian en tiendas de campaña construidas con el material que encuentren en el desierto.

El 98% de los recién llegados son de Somalia. Algunos arriban después de caminar diez, quince días, y otros incluso completan 60 días de trayecto. Hay historias de familias que han tenido que abandonar a personas vulnerables en el camino porque estaban enfermas, porque no podían seguir. Hoy me enteré de una que tuvo que dejar atrás al padre porque estaba mal, y la madre, de aproximadamente 35 años, tuvo que tomar la decisión de abandonar a su esposo para favorecer a sus hijos. Historias trágicas por las condiciones en las que están haciendo el viaje.

La frontera está cerrada entonces la gente tiene que improvisar. Cuando llegan aquí sus condiciones son realmente penosas. Muchos niños están moderadamente malnutridos (37%) y otros, severamente malnutridos, a punto de morir (17%). Una vez llegan se les proporciona una ración de comida que les puede durar quince días. Luego de ese tiempo deben esperar entre 40 y 60 días para recibir su segunda ración. Esto ha provocado que niños, que llegan relativamente sanos, se convierten en malnutridos en Daadab.

La gente abandona sus tierras por la sequía y la violencia. Hace unos días conversando con un señor  le pregunté: “En su país hay inseguridad desde hace muchos años, ¿qué lo motivó a desplazarse ahora?”. Y él me respondió: “Es verdad, en Somalia hay violencia desde hace mucho tiempo, lo que ocurre hoy es que aparte de inseguridad se me han muerto los animales”.

Dadaab es un lugar en emergencia hace cerca de 20 años, no puede decirse que el drama empezó unas semanas atrás. Hay una problemática profunda. Pero no todo es tragedia, también hay historias de solidaridad. Hay un espíritu de colaboración enorme entre los refugiados antiguos y aquellos que apenas están arribando. Se ven cosas como ésta: dentro del hospital hay madres que reciben ocho raciones de leche terapéutica al día para tratar la desnutrición de sus hijos, y se sienten mal por aquellas que siguen en las afueras de los campos y no tienen qué darle de comer a sus bebés. Preguntan si pueden compartir la leche con ellas.

La historia de Abdel Nour —un niño de un año— también es esperanzadora. Hace dos semanas, cuando yo llegué, estaba tan frágil que me daba miedo hasta tomarlo de la mano. Sentía que iba a hacerle daño. Ahora esta gordito y guapísimo. Se está mejorando con el tratamiento. En poco tiempo no va a necesitar de nosotros, cuando casi ni podía respirar, ni podía llorar por lo débil que estaba.

Javier Triana, periodista de la agencia EFE en Kenia

El paisaje de Dadaab es árido. Apenas se ven arbustos bajos y acacias,  las únicas que sobreviven a un clima tan extremo. Desde Nairobi —capital de Kenia— hay nueve horas de distancia. En el camino empiezan a verse las diferencias entre las dos regiones. Nairobi es verde. Tiene jirafas y elefantes. En Daadar sólo se ven avestruces y camellos. La sequía está acabando con todo. El poco ganado que queda está muriendo.

Cuando llegas te encuentras con miles de pequeñas tiendas: especies de iglúes de paja y tela que fabrican los mismos refugiados cuando arriban al campamento. Luego pasan a tiendas de Acnur —la agencia de la ONU para los refugiados—, que son amplías, supuestamente para seis personas, pero hasta 15 conviven allí.

La situación es grave. Hay muchísima gente para alimentar y la logística es  complicada. La ayuda internacional está empezando a llegar, pero Dadaab ya está desbordado. Las mujeres procedentes del sur de Somalia, con tres hijos a su cargo, de entre 20 y 30 años, es el modelo que predomina entre los refugiados. Mujeres como Jija, que arribó a Dadaab tras 15 días de camino desde la localidad somalí de Sako. Llegó huyendo de la guerra y la sequía, con sus tres hijos: uno de siete meses, que llevaba atado al cuerpo, otro de cuatro años y uno más de seis. Su esposo se quedó en Somalia.

El gobierno de Kenia está  reticente a recibir a los refugiados. En el país hay un problema grave de desplazamiento interno, y ahora hay que sumarle los miles de extranjeros exiliados que llegan. Es una carga muy grande. ¿Qué país del mundo aceptaría tener 400 mil refugiados en su tierra? Javier López-Cifuentes, responsable de Acnur para Kenia, decía hace unos días que había que reconocer la labor del gobierno que no está poniendo trabas para la llegada de los refugiados, aunque ha manifestado que no está preparado para atender esta situación.

Por una parte es comprensible, y por otra hay que reconocer que en Kenia hay un problema grandísimo de corrupción —el 40% de su presupuesto se pierde por esta problemática—. ¿Que podrían hacer más? Desde luego.

Puente de ayuda en África
El Programa Mundial de Alimentos (PMA) logró hacer un puente aéreo con Mogadiscio, la capital de Somalia, y aterrizó, luego de algunos inconvenientes con las autoridades kenianas, con las primeras 10 toneladas de alimentos. El PMA planea beneficiar a 25.000 niños. La ayuda, a causa del conflicto con el grupo islamista Al Shabab, que controla el sur de Somalia, no llegará a Bakool y Lower Shabelle.

La Unicef, por su parte, anunció la vacunación de 200.000 niños en el campo de refugiados de Dadaab (Kenia), a donde llegan más de 1.000 personas cada día.

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