Tiembla pilar de la UE

Francia e Italia proponen ajustes al tratado, una medida tildada de xenófoba

Además de impulsar una ola de cambio en el mundo árabe, las protestas en el norte de África han llevado a más de 30.000 africanos a buscar refugio en la otra orilla del Mediterráneo. Desde principios de enero, Lampedusa, una isla italiana de 20 km cuadrados, ubicada a 120 km de Túnez, se convirtió en la primera escala para poder ingresar a Europa y en un problema para Italia y la Unión Europea (UE).

Desde un principio, el gobierno del primer ministro italiano Silvio Berlusconi no supo manejar el aluvión de personas indocumentadas. Después de mantenerlos apiñados por varias semanas en el puerto de la isla y al sentirse abandonado por el resto de países del continente, tomó una decisión que puso en jaque la estabilidad de la UE: darles a los refugiados permisos de residencia temporales, que dan el derecho automático al portador de circular libremente por todos los estados miembros de la organización que han suscrito el Acuerdo Schengen.

Un tratado firmado en 1985 por Francia, Alemania, Luxemburgo, Holanda y Bélgica para buscar fortalecer los controles en las fronteras externas con la intención de crear un espacio interno de libre circulación y que muy pronto se constituyó como uno de los pilares de la UE al ser adoptado por la mayoría de países comunitarios.

La medida implementada por Berlusconi no fue bien tomada por Francia. El presidente Nicolás Sarkozy adujo problemas de seguridad nacional para implementar controles fronterizos y así evitar que el flujo migratorio llegase a territorio galo. Con el paso de los días otras naciones, como Alemania y Bélgica, se mostraron “preocupadas”, mientras otras, como Holanda, fueron más directas. “Todo tunecino que entre gracias a la disposición de Berlusconi deberá abandonar el país”, afirmó el primer ministro, Mark Rutte.

De las palabras se pasó a las acciones. Berlusconi y Sarkozy le enviaron una carta a la comisaria de Asuntos de Interior de la Comisión Europea, Cecilia Malmstrom, en la que exigían reformas al tratado Schengen con la intención de reinstaurar los controles fronterizos entre países. “Queremos reforzar el texto y los controles de Frontex para que las fronteras de Schengen queden garantizadas”, afirmó el presidente francés. Una posición respaldada por Malmstrom, quien afirmó que “los acontecimientos extraordinarios en la otra orilla del Mediterráneo exigen cambios en la política europea”.

Sin embargo, para Daniel Thym, codirector del Centro de Investigación de Ley de Migración y Asilo de la Universidad Konstanz de Alemania, todo esto no tiene sentido, dado que solamente se podrían reimplantar los controles si existiera una amenaza real del orden público o de la seguridad interior.

Entre tanto, el experto en temas de migración del Centro de Estudio de Políticas Europeas, Massimo Merlino, afirma que el alcance del caso va más allá de la reintroducción temporal de los controles fronterizos. Para él, todo esto debe ser “interpretado como una instancia concreta de respuestas políticas represivas que emergen en un contexto de discursos políticos xenófobos contra la inmigración”.

Posición respaldada por Yves Pascouau, director del programa europeo de migración y diversidad del Centro de Política Europea. “Los dos líderes son de partidos de ultraderecha que han visto que sus electores no están contentos con la política de migración y quieren demostrarles que son capaces de mantener posiciones fuertes en materia de inmigración”, sostiene. Además, señala que la propuesta va en contravía de los principios de la filosofía Schengen, que se basa en la confianza mutua.

El próximo 24 de junio el asunto pasará a ser estudiado por Bruselas, ya que el Código de Frontera Schengen es un mecanismo de la UE y por ende la decisión debe ser tomada en el Parlamento Europeo.