Todas las novelas son históricas

El escritor catalán, autor de tres novelas, es uno de los invitados a la Feria Internacional del Libro de Bogotá que comienza el miércoles.

Use es su abreviación para ese nombre que podría ser un homenaje al gran Eusebio, “la pantera de Mozambique”, aquel portentoso jugador que brilló con la selección portuguesa de fútbol en el Mundial de Inglaterra de 1966, donde consiguió el tercer lugar; y con el Benfica de su país, con el que obtuvo dos versiones de la Copa de Campeones en los años sesenta. El fútbol, referido a Lahoz, no es una mención caprichosa, pues además de haberse iniciado en la escritura recopilando datos para una enciclopedia del Barcelona F.C., ha oficiado como periodista deportivo, y su novela, Los Baldrich, que viene a presentar en esta Feria del Libro de Bogotá, está, digamos, atravesada por la historia de ese club que abrazó la idea de una ciudad, y una actitud cosmopolita ante el mundo.

El cosmopolitismo podría ser la palabra que define una saga familiar que se inicia en los años veinte y que termina en los noventa. Es esa idea de ser parte del mundo, y a la vez acogerlo, la que descubre un buen día de los años treinta Jenaro Baldrich, el páter familias de una prole conformada por su esposa, la humilde Sagrario, sus tres hijos, Rodrigo, Jaime y Natividad, y un puñado de personajes que asisten a la fundación de un emporio comercial de tiendas de ropa cuya historia ocurre a la par de la de aquella España que en un mismo siglo vivió la Guerra Civil, la dictadura y la democracia. Sobre la espalda de Jenaro, el narrador, un extraño que conoce a la hija menor de los Baldrich en el Madrid de los años ochenta, se construye un relato que busca con igual fruición hablar de la historia, la sociología, la arquitectura, el deporte, los medios de comunicación, en fin, de la vida, para construir un fresco que atraviesa setenta años.

Lahoz, nacido en Barcelona en 1976, vivió en esa ciudad hasta los 22 años cuando emprendió varios viajes a Alemania, Italia, Uruguay, Cuba y Francia, entre otros países. A los 29 años publicó su primera novela, Leer al revés, a la que le siguieron los poemarios Envío sin cargo y A todo pasado. En 2009 publicó Los Baldrich, que rápidamente se convirtió en un fenómeno de crítica y ventas, alcanzando las nueve ediciones. Hace unos meses acaba de publicar su tercera novela, La estación perdida, en la cual vuelve sobre la historia reciente de su país, a recabar en la memoria de un puñado de personajes imaginarios. El día de la primera semifinal de la Champions League entre su equipo y el Real Madrid de Mourinho, Lahoz contestó esta entrevista desde Letonia.

¿Cómo comenzó a escribir?

Me hice escritor por culpa de un profesor que explicaba literatura con una pasión extraordinaria (que ahora es el amigo que lee las novelas antes que nadie y a quien no le perdono que no fuera profesor de matemáticas) y de unas cuantas primeras lecturas absolutamente arrebatadoras: Zalacaín el Aventurero (Pío Baroja), Relato de un náufrago (García Márquez), El camino (Miguel Delibes) y La plaça del diamant (‘La plaza del diamante’) de Mercé Rodoreda. Esta última me marcó profundamente, pues fue la primera vez que lloré desconsolado mientras leía… Luego pensaba: qué extraño, estoy llorando por una cosa que no es verdad, que sólo pasa en la ficción y en la mente de Rodoreda y a mí me parece mucho más real que todo lo demás. Tenía 17 años. Para mí esa es la magia de la ficción, que es más real que la propia realidad. Para decirlo de otro modo, conozco mucho mejor a Emma Bovary que al marido de mi prima, al que sólo veo el día de Navidad y es aburridísimo (y espero que no lea El Espectador)…

Usted ha construido un relato muy ambicioso, una de esas novelas casi totales que quieren abarcar grandes periodos de tiempo. ¿Cómo se planteó la idea de ‘Los Baldrich’?

Sin ambición literaria no creo que se pueda escribir una novela. La voluntad de contar, la intención de conmover y el rigor son imprescindibles. Creo que era Borges el que decía que para escribir una novela sólo son necesarias dos cosas: tener algo que contar, y contarlo. También el placer estético contribuye. Para mí, una novela es una historia, y lo importante es que ésta sea lo más fascinante posible. Una historia se mueve por conflictos, sorpresas, situaciones comprometidas, relaciones humanas complicadas o excitantes, decisiones irremediables… y en ella casi siempre están presentes los grandes temas, el amor, la muerte, el dinero, la identidad… Mi territorio es más el de los sentimientos que el de las ideas… así que me planteé Los Baldrich a partir de ahí, de la intención de contar una historia conmovedora, llena de conflictos y personajes que me emocionaran como los héroes de mis libros favoritos. Abarca un gran periodo porque era necesario para la historia. En realidad todas las novelas son históricas. En este caso era necesario porque es una saga familiar, y están presentes el proyecto industrial del patriarca a largo plazo, las distintas generaciones de hijos, dos ciudades (Barcelona y Madrid) que se transforman, los avances tecnológicos, políticos y sociales y toda una serie de circunstancias reales sobre las que se apoya la ficción.

En ese sentido, en qué consistió la investigación para la novela, qué hizo para alternar con tanta precisión datos urbanos, sociales, deportivos, políticos.

Tuve que investigar para llevar a cabo la recreación de unas épocas que no he vivido. Fue un gran placer. Me ayudaron algunas biografías de empresarios catalanes y me documenté sobre el desarrollo urbanístico de la ciudad de Barcelona, lo cual, para un amante de la arquitectura como yo, fue muy provechoso y satisfactorio. La vida política, laboral y social la redescubrí en periódicos antiguos y amigos más mayores y con buena memoria. En la novela es importante el fútbol para estos personajes, es su termómetro y está presente en muchas decisiones. Luego está el Madrid de los 80, el de la famosa Movida madrileña, una época que no viví pero que me hubiera encantado. Y eso fue divertido: está bien escribir con un punto de envidia sana por no poder ser partícipe de lo que viven tus personajes. Esa es una de las facetas de las que me siento más orgulloso, de haber unido en una novela dos ciudades que para mucha gente son rivales y para mí son complementarias.

Usted maneja muy bien el aspecto psicológico de los personajes, alternándolo con el contexto social, ¿qué tan determinante es la historia de España para sus personajes?

Es sin duda muy importante y determina sus vidas. El perdedor de la guerra se ve obligado a exiliarse y el ganador con posibilidades económicas tiene vía libre para llevar a cabo sus proyectos. La historia condiciona sus vidas, y eso se ve muy claro en el papel de la mujer, pues la mujer sumisa de principios de siglo (como Sagrario Losada, como la Charo) y de la posguerra se ve sustituida por la mujer emancipada de los setenta (Natividad Baldrich), la hija rebelde que se busca la vida independientemente de su familia. Es importante la historia porque determina las actitudes y los caracteres de los personajes, son partícipes de momentos históricos que hacen avanzar o retroceder un país. Además, repercute en el aspecto psicológico. Jenaro se ve capaz de someter y Sagrario se ve incapaz de rebelarse, por ejemplo. El aspecto psicológico de los personajes es fundamental en una novela para conectar con ellos, pues a veces lo que callan es tan importante como lo que dicen, y ellos son los que deciden.

Hablando de Jenaro Baldrich, su figura es la de un hombre que construye un emporio comercial (es un decir) y una familia, afincado en un proyecto en el que usted insiste mucho, y es el del cosmopolitismo. ¿Está de acuerdo?

La idea del cosmopolitismo es fundamental en la novela. Es el motor. El sueño del cosmopolitismo seduce a Jenaro, que no sabe muy bien lo que significa, pero quiere ser un cosmopolita, igual que su equipo de fútbol, y se obsesiona con el reconocimiento social. Lo consigue a medias, pero traslada ese espíritu a su empresa. Su ambición desmedida, su talante emprendedor y su voluntad de traspasar fronteras hacen de él un personaje muy atractivo para mí como escritor, porque lo puedes admirar y detestar al mismo tiempo. Lo acabará traicionando su ambición y su egoísmo, y ese es uno de los temas recurrentes en mis novelas, la inutilidad del egoísmo, la soledad del poderoso. También Los Baldrich es una novela de buena gente y mala gente, y por encima de eso, una novela sobre el valor de la amistad. Jenaro nunca sería mi amigo y en cambio Mateu Mallol o Nati Baldrich son mi debilidad.

Hay un subtema que me parece muy logrado, y es el del amor de la esposa de Jenaro, Sagrario, con su primo, Ignacio Párbole. ¿Son necesarios los secretos para mantener las relaciones?

Hay que tener en cuenta que la mujer de Jenaro Baldrich proviene de un origen muy humilde, se casa con él obligada (incluso su familia está agradecida de que haya logrado ese marido), y desde ese momento deja de ser libre. Pasaba en la época. Era muy común. (Al igual que el tema de las criadas perpetuas). Su amor con Ignacio Párbole es, al principio, lo único que tiene. Es lo más parecido a la aventura que puede tener y vivir… Y ahí, el que más sabe, el verdadero dueño de los secretos de la novela es, por encima de todo, el lector, que sabe más que nadie. Y eso es lo que más me interesa, que el lector sea dueño de secretos por los cuales suspiran los personajes o son del todo ajenos. En una relación siempre hay secretos… yo no digo que sean necesarios, pero son “interesantes”, aun así no conviene abusar del ellos, como con la sal en la ensalada, pues lo mismo.

Los hijos son el otro tema: los de Jenaro salen en tres direcciones diferentes, y ninguno parece complacer los deseos del padre...

Los hijos son la asignatura pendiente en el currículo de Baldrich porque no son como esperaba. No podrá con ninguno y supondrá un drama para su vida. De todos, la mayor decepción es la de Rodrigo, que sale vago, nuevo rico, niño gomelo al que le vienen antes los frutos que el esfuerzo, y eso es algo en absoluto soportable para alguien como Jenaro, trabajador infatigable que sin embargo no es capaz de transmitir a sus hijos ese talante que le ha llevado lejos. Son cosas que pasan… En esta y en las otras novelas las relaciones entre padres e hijos son fundamentales para mí. El contrapunto a esa educación de Jenaro con sus hijos (una educación basada en los caprichos y los privilegios más que en el cariño) es la relación entre Natividad y su hijo Ulises.

Lanzamientos en la 24ª Feria Internacional del Libro de Bogotá.

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