Trasescena de la muerte de Bin Laden

¿Cómo se vivió la ‘Operación Gerónimo’ en la Casa Blanca? The New York Times reveló detalles obtenidos por medio de testimonios de quienes acompañaron a Barack Obama mientras la misión se ejecutaba.

Una sencilla frase cerró el éxito de la operación que terminó con la caída de Osama bin Laden. “We got him” (“lo tenemos”), dijo  Barack Obama, quien durante los últimos 40 minutos había observado fijamente la trasmisión con seriedad pasmosa, como si su tradicional sonrisa se hubiera borrado para siempre. “Parecía de piedra”, según uno de los asistentes al recinto. Tal vez el presidente nunca había sentido una tensión similar al mirar una pantalla, quizá ni siquiera los minutos finales más dramáticos en los juegos de los Chicago Bulls lo habían elevado a semejante estado de pasmo.

El escenario era la Sala de Crisis de la Ala Oeste de la Casa Blanca y la tribuna, un gran escritorio invadido por computadores. La cúpula del gobierno estadounidense y los asesores de seguridad nacional, seguían la ‘Operación Gerónimo’ a través de una cámara instalada en el casco de uno de los 79 soldados SEAL que irrumpieron en la mansión del líder de Al Qaeda. Mientras Obama se petrificaba, a su costado, el vicepresidente Joe Biden no cesaba de apretar el rosario que tenía en sus manos y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, tapaba su boca con las manos ahogando los gritos de angustia.

Del otro lado del río Potomak, desde la sede de la CIA, el director Leon Panetta relataba para el selecto grupo de espectadores el avance de la operación. Los minutos se convertían en horas para John Brennan, el principal asesor en seguridad de la Casa Blanca, quien vivía uno de los momentos de mayor tensión de su vida. Se trataba del posible éxito de un trabajo de inteligencia de casi 10 años en los que no faltaron las críticas y los cuestionamientos por la eficiencia. Osama bin Laden había derribado las Torres Gemelas y asesinado a casi 3.000 personas en Nueva York y llegaba el momento de la justicia. Hacia las 3:10 p.m., hora de Washington, Obama era testigo del inicio de la operación tras un almuerzo de pavo, camarones y papas fritas.

De la historia se había escrito el primer capítulo en julio del año pasado. Tras cuatro años de búsqueda, los grupos de inteligencia encontraron a Abu Ahmad, andando en un Susuki blanco  sobre las polvorosas calles de Peshawar, Pakistan. Varios terroristas en Guantánamo y cárceles secretas de Estados Unidos en Europa y en Oriente Medio lo habían señalado a él como un mensajero de confianza de Bin Laden. La CIA había hallado el que sería el eslabón perdido en una cadena que terminaría en el líder de Al Qaeda y comenzó a serlo cuando el seguimiento al Susuki blanco los llevó hasta el complejo de Abbottabad, ese lugar oscuro que Obama veía por la pantalla grande, a través de la cámara de uno de sus soldados.

Desde las instalaciones de la CIA Leon Panetta llamaba ‘Gerónimo’ a Osama bin Laden. “Tenemos contacto visual con Gerónimo” aseveró para el auditorio cuando la cámara lo enfocó en la tercera planta de la casa. “Geronimo EKIA”, reportó Panetta y eso quería decir que Gerónimo era un ‘Enemy Killed In Action’, un enemigo muerto en acción. Estados Unidos lo tenía, le tomó fotos, lo montó en un helicóptero, practicó pruebas de ADN y tiró el cadáver al mar.

La tensión de Obama era normal, después de todo, se había tomado 16 horas para aprobar la operación y había evaluado otras alternativas como un bombardeo masivo al tiempo que los SEAL continuaban practicando sus movimientos en una réplica del complejo. Al final, la Sala de Crisis dejó de serlo por un momento para convertirse en la de la euforia. El soldado que disparó contra Bin Laden dio en su ojo derecho y en otros puntos en el pecho, dicen, será condecorado en secreto. Estados Unidos abatió al que hasta la semana pasada ocupaba el primer lugar en el podio de enemigos.

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