Un beato llamado Juan Pablo II

En una ceremonia presidida por el papa Benedicto XVI, Karol Wojtyla fue proclamado beato de la Iglesia católica. Más de un millón de feligreses lo acompañaron en esta escala hacia la santidad

Ante el entusiasmo y el fervor de decenas de miles de peregrinos, la gran mayoría polacos, que han abarrotado la plaza de San Pedro y las calles adyacentes, Benedicto XVI proclamó beato a su antecesor en el trono de San Pedro, Juan Pablo II.

Seis años y un mes después de su muerte, en una ceremonia de casi tres horas, Joseph Ratzinger recordó a Karol Wojtyla como “un gigante” y destacó su dimensión pastoral y política. “Abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante —fuerza que le venía de Dios— una tendencia que podía parecer irreversible”.

Wojtyla, añadió el Papa, “devolvió a la fe, la esperanza usurpada por el marxismo”, en referencia a la lucha de su antecesor contra el comunismo.

El Papa, que ofició la misa junto a 100 cardenales y 800 sacerdotes, vestía una casulla que perteneció a su antecesor y ha usado el cáliz que éste utilizó en sus últimos años. Cuando proclamó beato a Wojtyla fue descubierto un gran tapiz con un retrato de Juan Pablo II sobre la fachada principal de la basílica que ha pasado a presidir la escena. Sobre la columnata de Bernini, en otra gran tela se podía leer “Abrid de par en par las puertas a Cristo”, una de las frases más conocidas de Wojtyla.

En su homilía, el Papa defendió también las razones por las que el proceso de subida a los altares ha sido el más rápido de la edad moderna, superando en dos semanas al de la madre Teresa de Calcuta. “La beatificación ha llegado pronto porque así lo ha querido el Señor, desde el día de su muerte su olor de santidad ondeaba en el aire”, dijo.

Benedicto XVI repasó la figura, la vida y la acción política y pastoral de Juan Pablo II. “Nos enseñó que no debíamos tener miedo de ser cristianos y a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es la primera garantía de la libertad”, aseguró, antes de recordar que pasar 23 años a su lado como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición) le permitió conocer “su profundidad espiritual, la riqueza de sus intuiciones, y su humildad”. “El ejemplo de su oración me impresionó y edificó”.

Sobre el sufrimiento que la mala salud le produjo en los últimos años de su vida, recordó que incluso entonces “siguió siendo una roca”. “Juan Pablo II es beato por su fe, por la beatitud de su fe, fuerte, generosa y apostólica, y por su fe en la Virgen”. La homilía ha terminado como terminó hace seis años su funeral, con el Papa invocando la bendición del nuevo beato. La multitud respondió emocionada, ondeando las banderas. Algunos lloraron, y muchos gritaron “santo subito (‘santo ya’)”.

La cifra de asistentes, según la Policía de Roma, superó el millón y medio de personas. El Vaticano habló a media mañana de un millón, aunque en las últimas horas había afirmado que la plaza de San Pedro y la vía de la Conciliación tienen cabida para 300.000 personas.

En todo caso, la ceremonia ha sido una de las más multitudinarias concentraciones celebradas en el Vaticano desde los actos posteriores a la muerte del Papa polaco. La marea humana era impresionante. Las plazas y calles cercanas aparecían colmadas de gente, así como el Lungotevere, la calle que transcurre por el río Tíber. Los accesos a la plaza fueron abiertos a las 2:00 a.m. del domingo, tres horas antes de lo previsto, y mucha gente debió resignarse a seguir la ceremonia por los altavoces y las pantallas gigantes habilitadas en distintos puntos de la ciudad.

Miles de personas volvieron incluso al Circo Máximo, el lugar donde el sábado se celebró la vigilia. Otros se limitaron a pararse en medio de la calle y a escuchar la misa, sentados en el césped y en las aceras. Los ojos cerrados, alguna lágrima y manos que desgranan rosarios: son Demetria Guillermina Rosa y Cecilia, que han llegado desde Malabo, Guinea Ecuatorial. Sonríen y se hacen fotos. “Él fue un Papa cercano a la gente, ahora nos toca a nosotros estar a su lado”, dice una de ellas. Se acuerda perfectamente de la fecha de la visita de Wojtyla a su tierra: “Era el 18 de febrero de 1982. Nunca olvidaré su humanidad y dulzura”.

El español ha sido uno de los idiomas más representados en esta babel de colores, lenguas y acentos. Evangelina Calderón llega desde Leticia, Amazonas, en Colombia. “Estoy aquí para pedirle a este Papa santo otro milagro, la paz en mí país”.

Benedicto XVI ha presidido el rito desde el trono dorado situado en la entrada de la basílica, donde estaban también la plana mayor de la curia y las 88 delegaciones extranjeras.

En el rito participaron también el secretario de Juan Pablo II, Stanislaw Dziwisz, cardenal de Cracovia, y Marie Simone-Pierre, la monja francesa cuya curación de la enfermedad de Parkinson ha sido certificada por la comisión médica del Vaticano como el milagro que ha permitido la beatificación. La monja francesa ha ofrecido al Sumo Pontífice la reliquia del nuevo beato, una ampolla con su sangre encajada en un relicario de plata, que el Pontífice besó antes de que fuera colocado en un estrado.

Tras la ceremonia, el Papa se dirigió al altar central de la Basílica de San Pedro, donde está expuesto el féretro de Wojtyla, para venerar sus restos, ya convertidos en reliquia. Tras el Pontífice, lo hicieron los cardenales, quienes besaron uno por uno el féretro. Tras ellos podrán hacerlo los fieles. Los restos mortales del nuevo beato, exhumados el viernes, permanecen expuestos desde ayer y así permanecen hasta hoy.

¿Qué significa ser un beato?

Para la Iglesia católica,  un beato es un difunto que llevó una vida de santidad y que tras su muerte realizó uno o varios milagros y por lo tanto es digno de la veneración pública de los feligreses. Los beatos deben ser proclamados por el Sumo Pontífice después de que sus nombres sean propuestos por el obispo de la región donde nacieron, vivieron o murieron y luego de que la Iglesia analice la biografía de los candidatos y certifique las pruebas de sus milagros. La beatificación es el tercero de cuatro pasos hacia la santidad. El primero es la declaración como Siervo de Dios, concedida a personas o muertos de gran fe; el segundo es la declaración como Venerable, cuando se ratifica que la vida del candidato a beato llevó una vida acorde con el Evangelio. Por último, el calificativo de Santo se le otorga a los beatos a quienes se les adjudican nuevos milagros y que se convierten en figuras de culto público por alcanzar la comunión con Dios.

Beatificación en datos
Gajes de la multitud

Durante la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II, varios de los peregrinos sufrieron ataques de pánico y desmayos. Los servicios de atención a la salud tuvieron que atender a 504 personas, de las cuales 54 fueron trasladadas a centros de salud cercanos.

Defensa a Mugabe

El portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, defendió la asistencia a la ceremonia de Robert Mugabe, el dictador de Zimbabue, calificado como sanguinario por sus métodos de represión y sancionado por la Unión Europea. “No tiene nada que esconder”, dijo Lombardi.

América celebra

La beatificación de Juan Pablo II fue celebrada por congregaciones de fieles en distintos puntos de América Latina. México, Brasil, Venezuela, Costa Rica, Uruguay, entre otros países, adornaron sus ciudades con marchas y oraciones.

Presidentes asistentes

En total, 87 delegaciones internacionales y 22 jefes de Estado asistieron a la ceremonia, entre ellos los presidentes de México, Felipe Calderón, y de Honduras, Porfirio Lobo. La representación de Colombia estuvo encabezada por la canciller María Ángela Holguín.

Miles y miles de flores

En los arreglos florales que adornaron la ceremonia la Iglesia gastó 25.000 rosas y 30.000 plantas de esparraguera. Al final del día, los servicios de limpieza de la Santa Sede recogieron 230 toneladas de basura producida por más de un millón de asistentes.