Un centenario de obras

Cela, Mendoza, Pessoa, Saramago, Faulkner, Kundera. Esos son algunos nombres de los muchos que publicaron con el sello Seix Barral, que, como una efigie, ostenta cien años de vida.

Se adivinaba, desde sus inicios, que su carácter era progresista. Una nota publicada en 1915, en el diario La Vanguardia, decía: “Los señores Seix y Barral Hermanos, hombres jóvenes, editores a la moderna, han publicado una serie de obras para escuelas que vienen a romper y destruir los viejos y rutinarios moldes”.

Esos mancebos venían, cuatro años atrás, construyendo, a partir de un negocio de artes gráficas a gran escala, artículos periodísticos y cuentos de autorías propias y de amigos aledaños.

Poco a poco fueron cimentando un emporio editorial digno de elogios por parte de los lectores. Para los escritores, con el correr de los años, se convirtió un en privilegio publicar bajo el sello de la  prestigiosa casa que Victoriano Seix Miralta y Carlos y Luis Barral fundaron en diciembre de 1911.

El local 219 de la calle Provenza, en Barcelona, era el lugar de reunión de ilustres plumas que le apostaban por primar “la calidad y la libertad, la tradición y el riesgo”. El grupo de editores se preocupaba por cuidar a los escritores no sin estar pendiente también de los lectores  y de los libreros. Aún si se conseguía llegar a un público joven, se pensaba que el negocio era próspero y que los objetivos empezaban a consumarse.

Y así fue, pues más de 20 premios Nobel han publicado con Seix Barral. El japonés Kenzaburo Oé, el italiano Dario Fo, y otros más, hasta llegar al más reciente, el peruano Mario Vargas Llosa.

Los lectores, ávidos, apetitosos, han gozado con escritores tan prolíficos como variados. Para la muestra, este ramillete: Donna Leon, Enrique Vila-Matas,  Carson McCullers,  Kenneth Cook, Robert Musil, Henry Miller, Marguerite Duras, Pablo Neruda, Guillermo Cabrera Infante, entre muchos otros.

La empresa que a mediados del siglo XX era considerada como “profesional” y publicaba “volúmenes mamotréticos sin pretensiones científicas”, según el propio Carlos Barral, ha perpetuado en el mundo de los libros casi un milagro al mantenerse vigente después de pasar por una serie de vicisitudes y altibajos.

Se recuerda especialmente el debut del escritor español Eduardo Mendoza, a quien la crítica tildó de “novelón estúpido y confuso, cuyo ingrediente principal es tener lo típico de las novelas pésimas”. Y a quien se le encasilló bajo el rótulo de autores que “no saben escribir”.

Otro golpe inesperado fue el que sufrió el logo del arquero prehistórico, que fue capado por la censura. El cazador salvó su miembro viril en la década de los ochenta, en una temporada no tan provechosa económicamente para la editorial. Algunos creen que todo se debió a la maldición del cazador eunuco.

La compra del sello por parte del Grupo Planeta en 1982, su modernización, el cambio en su filosofía: esa idea de mezclar escritores de culto con éxitos del público han sido otros de sus más significativos cambios.

Ahora, tras cien años de su creación, el arquero de los libros espera, según su directora, Elena Ramírez, conservar el legado de la empresa, y a la vez, “forjar una nueva cantera de autores”, que en el plazo inmediato empiezan a perfilarse como figuras literarias. Ricardo Menéndez Salmón, Isaac Rosa o Laura Fernández son claras opciones jóvenes.

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