Un placer misterioso

Fue lector y confesor de Jorge Luis Borges, y es, ante todo, un escritor con la peculiaridad de que lo hace en tres idiomas.

Alberto Manguel es argentino de nacimiento, creció itinerante por Europa, viaja con pasaporte canadiense, vive en un antiguo monasterio en Francia, y su español sin afectaciones es —¡lo impensable!— su tercera lengua después del inglés y el alemán. La bandera de su obra ensayística y narrativa se ondea en la cima literaria del mundo, con traducciones a más de 30 lenguas, y una extensa lista de premios que ocuparían el mismo espacio que esta nota. Salvo dos novelas escritas en español, su obra ha sido producida originalmente en inglés. Estuvo dos días en la 24ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, lanzando su edición en español de El legado de Homero, firmando filas interminables de libros, causando cotilleos reflexivos en los pabellones de Corferias y atendiendo con una amabilidad imposible a cada pregunta.

Un lector comiquísimo

Un apretón de manos no es siempre un apretón de manos. Hay ocasiones en las que ese gesto universal puede ser la frase final de una persecución, el inicio de súbitas e imprudentes abstracciones en mitad de la calle. Al lector apasionado por las letras le resultará familiar el valor de algo que tiene mucho de insólito, mucho de fetiche, y poco sentido: la mano de Alberto Manguel apretó la mano de Borges. De regreso en Buenos Aires, siendo un muchacho, Manguel trabajó en una de las librerías a las que Borges asistía, con su visión ya en notable decadencia. Por esa suerte de azar, un azar decididamente justo, Manguel fue durante la segunda mitad de los años 60 uno de los lectores de Borges. Y ahora yo lo tenía en frente, ofreciéndome su mano en saludo. Lo hice despacio; no podía hacerlo de otra manera. Manguel, astuto, soltó una carcajada. Expliqué mis razones. Entiendo a la perfección, me dijo; yo apreté la mano de un hombre que conoció a Kafka, en un bar, recitando algunos textos suyos. Y me dijo que Kafka era un lector comiquísimo.

Borges y Kafka interceptados por una mano en el tiempo. Abandoné de inmediato la idea de una entrevista convencional, y puse la libreta de apuntes a un lado.

Un general argentino...

Al referirse a Borges, Manguel se arrellana en el asiento y salta de una a otra anécdota como si ojeara lomos de libros en una biblioteca. Cuenta que cuando su voz se cansaba y no podía seguir leyéndole, Borges continuaba unas veces los textos de memoria. Y cuenta, entusiasmado, de aquella carta escrita a La Nación en la que, luego de recibir los testimonios de las Madres de la Plaza de Mayo, Borges se opuso al despliegue de tropas –jóvenes sin instrucción– de la “absurda guerra” por las Malvinas, pues ningún general del Ejército argentino había estado jamás en una guerra, “ni escuchado el zumbido de una bala pasar por su oído”. A los pocos días apareció la respuesta de un general del Ejército, encolerizado con el escritor, quien con datos precisos llegó a demostrar que sí había participado en una guerra, que sí había escuchado el zumbido de una bala. Borges escucha la carta con silenciosa atención, y al cabo le pide a Manguel que tome dictado de su respuesta: “Corrección: Hay un general argentino...”.

Un traductor en aprietos

Es posible que la mejor traducción al español que se conoce de La Metamorfosis, firmada por J.L. Borges, haya sido hecha por la madre de J.L. Borges. Así entramos en materia de traducciones, donde Manguel reúne varios años, libros y premios.

De una manera muy extraña, la novela Todos los hombres son mentirosos es una traducción. Esta novela empezó a escribirse en inglés, revela Manguel. Con el tiempo, es decir, a medida que los personajes fueron acumulando las fuerzas para ese levantamiento contra el autor por el que pasa todo buen novelista, momento en el que Emilio Calderón recomendaba eliminar las páginas previas y, ahora sí, escribir la novela, en ese momento ocurrió que Manguel se descubrió en serios aprietos: los personajes querían hablar con varios acentos, ¿y cómo se hace para respetar la oralidad de un noruego de la costa sur o de un español del interior... ¡en inglés!? Me di cuenta de que la novela exigía ser escrita en español. El escritor debió hacer, por una vez más, las veces de traductor: pero traducir sus ideas, no sus palabras. Acto primero de escritura que deja en el aire una pregunta inquietante: ¿en qué idioma pensó Manguel su novela?

En Español. Sin tropiezos, con desmedida genialidad, Manguel abandonó su primera lengua y saltó por conveniencia literaria a la tercera.

Un autor colombiano

Antes de que su memoria o una distracción le jueguen una mala pasada, Manguel prefiere interrumpir la conversación y tomar nota del nombre de un autor colombiano; no quisiera irse de la Feria del Libro sin un ejemplar por admirar, y es mi repentina labor evitarlo. Menciono una veintena de autores; Manguel me hace una reseña crítica de uno o dos libros de cada uno de ellos. Quedo absorto, sin palabras, sin autores. Quizás invitarlo al pabellón de Ecuador... Y entonces la epifanía: recuerdo que El olvido que seremos recién fue traducida al inglés. De seguro Manguel no conoce esa edición todavía; ahí tendrá su escritor colombiano. ¡A Faciolince me lo he encontrado en todo el mundo!, responde. Y continúa confesando que no lo ha leído mucho, pero que, sin importar cuánto lo intente, ese verso no es de Borges.

Con Juan Gabriel Vásquez, al contrario, nunca se cruza, y lo ha leído con especial atención, incluso reseñado en Inglaterra. Una lástima que sus horarios de Feria no coincidieran: lamenta viajar de regreso a Francia sin un ejemplar autografiado de El ruido de las cosas al caer.

 

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