Un plumaje de distintos colores

Lo que los une puede ser la casualidad del decenio que los vio nacer, o quizá sea simplemente la escritura misma, universal, omnipresente y siempre fascinante: la literatura.

Es causa del azar. La generación en la que se nace puede ser considerada fortuita para el ejercicio de la escritura. Se escribe o no se escribe.  La ley vale tanto para un poeta del Renacimiento como para un desilusionado sarcástico de la posmodernidad.

Catarsis. Terapia. Pulsión. Exorcismos demoníacos. Turbación de ego. Vanidad. Como se quiera llamar. El ejercicio de la escritura obedece a un malestar interno y a una inquietud vital, que aparentemente abandona todo contexto social o político a un segundo plano. 

La cita que reunió a la generación de escritores colombianos nacidos en la década de los 70, el pasado jueves en la biblioteca de Los Fundadores del Gimnasio Moderno De Bogotá, rindió un homenaje a este grupo de plumas que ya han alcanzado dos premios internacionales: el Alfaguara con Juan Gabriel Vásquez y el Herralde de Novela, a nombre de Antonio Ungar.

Los hijos de los setenta, para sorpresa de nadie, nacieron en una Colombia sumida en su sempiterna crisis política. Por eso, quizá sea posible ver en las llamas que consumían el Palacio de Justicia, en la lucha de los Partidos tradicionales, o en los escombros de Armero, las primeras indignaciones que tendrían su influencia en sus escritos.

Esa realidad, su crudeza, ha llevado a la mayoría de ellos a mostrar una predilección por la crónica periodística, por la narrativa real, clínica y directa. Por la escritura de una literatura inconforme y cansada de la violencia, pero a la vez, de una prosa ensimismada y ávida de respuestas existenciales a través del acto, de la escena.

Antonio García, autor de Su casa es mi casa y Recursos Humanos, reafirma esta idea cuando dice que: “Cada vez hay menos reflexión y más acción, menos lirismo y más presencia del lenguaje de la calle. Las cosas no se dicen sino que se ponen en escena, un personaje no piensa sobre su hastío sino que lo vive”.

Los temas que los unen son igualmente fruto de esta realidad compartida, aunque cada interpretación de la misma va signada por una búsqueda personal diferente. Juan Esteban Constaín, por ejemplo, para quien la literatura “no tiene pasaporte”, escribe sobre un debate histórico: ¿Cuál fue el primer partido de fútbol de la historia?.

A Margarita Posada la desvelan temas como la muerte, el amor y las relaciones familiares. Mientras que Andrés Felipe Solano, reconocido por la revista Granta como uno de los mejores autores jóvenes en español, busca en la literatura un escape para el tedio y el aburrimiento, por eso se hunde en historias degradantes como la del boxeador norteamericano que tocó el cielo y pasó a ser un don nadie: Joe Louis.

Así, nos encontramos con una generación que relega la nostalgia bucólica y le abre camino al gris cinismo del concreto, donde el exilio es el método preferido de auto-encuentro, la poesía se confunde con el lenguaje de las calles y el arte empieza a amalgamarse con las nuevas tecnologías.

Para estos escritores París puede estar más cerca de su corazón que Macondo; Stanley Kubrick puede ser más resonante que Jorge Isaacs y los comentarios de Facebook alcanzarían más dramatismo que las telenovelas nocturnas.

Los setenteros nos presentan un mundo sin barreras, sin límites, sin los pudores de antaño. La consciencia social y la carga que representa nuestra nacionalidad están allí presentes, pero son éstos ahora un elemento más en la miscelánea de su narrativa, no los únicos protagonistas que dirigen sus relatos. 

Por eso, las preguntas por el individuo, las búsquedas personales y el extrañamiento de las viejas tradiciones no serán pocas. Aunque claro; estarán siempre impulsadas por las mismas inquietudes sociales: las de la justicia social y los abusos de la política, que no dejan de escasear en Latinoamérica.

Es precisamente esta diversidad de voces la que une a los escritores “Modelo 70”  como hijos de una misma generación, generación disonante y paradójica, como sus diferentes estilos. La desazón general que comparten y que los lleva a la escritura se ve marcada dentro de un horizonte policromático donde no hay fidelidad hacia una sola narrativa, pero que enriquece el panorama antes que demeritarlo.