Un poeta contra la mafia

Este domingo culmina en el Distrito Federal una marcha de cuatro días, de casi 80 km, que partió de Cuernavaca contra la violencia en México. Javier Sicilia fue el líder de la manifestación.

Nunca más. Javier Sicilia nunca más se sentará en un escritorio para escribir poemas, no volverá a tomar su pluma jamás hasta que su estadía se extienda en este mundo, de ningún modo delineará versos nuevamente sobre los cuadernos escolares que le recordaban el niño que alguna vez fue. ¿Por qué, señor Sicilia? “Porque el mundo se ha vuelto indigno de la palabra, de la palabra sagrada”. Si bien el mundo ya era indigno desde hace tiempo, lo fue más desde el asesinato de su hijo a finales del mes pasado. Al amanecer del 27 de marzo, dentro un Honda Civic abandonado a las afueras de la ciudad de Cuernavaca, siete cadáveres permanecían apilados, entre de ellos, el de Juan Francisco Sicilia de 24 años. Una noticia demoledora para un país en el que durante los últimos años este tipo de escenas se repiten hasta la náusea. Un golpe devastador que arrancó sin remedio a Sicilia del parnaso.

Su último poema, plasmado sobre un papel cualquiera más con el alma desgarrada que con la mano derecha, lo escribió en Filipinas mientras esperaba a que la embajada de México, la misma que lo había llevado allí para recitar poesía en Tagalo, pudiera regresarlo a Cuernavaca. ¿Por qué? “Porque quise regresar apenas supe, porque yo no quería encontrar las cenizas de mi hijo. Quería velarlo, acompañarlo hasta el final”. Entonces, con cada letra, el poeta comenzó a escribir su adiós:

El mundo ya no es digno de la palabra/ Nos la ahogaron adentro

Como te asfixiaron/ Como te desgarraron a ti los pulmones/ Y el dolor no se me aparta/ Sólo queda un mundo/ Por el silencio de los justos/ Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo.

La voz bucólica se apagó. ¿Por qué? “Porque sólo nos queda el silencio que nos une, en esta nación que está sufriendo. El silencio grita cosas muy profundas, la consciencia de que si no presionamos a nuestras autoridades, vamos a seguir siendo rehenes de ellas y en consecuencia del crimen organizado”. La voz seguía viva para llamar el silencio y para decir lo que la violencia había convertido en indecible. Al regresar a Cuernavaca después del largo viaje, Javier Sicilia se dirigía a todo México en una rueda de prensa. Desencajado, lúcido, agobiado, el poeta: “Tenemos que salir más por tantos crímenes, por tantos inocentes caídos. Vamos a las calles a exigirles a estos hijos de la chingada que le paren al crimen organizado y a estos cabrones del gobierno que respondan. Eso es lo que tenemos que hacer”. Adolorido.

Era el Javier Sicilia de siempre con un dolor que no había sentido nunca, el hombre que en días menos tristes había escrito frases grandilocuentes, cuando el mundo era menos profano y su país no era el infierno cotidiano que hoy describe. Cuando todavía podía escribir poesía:

Las infinitas voces del tiempo y sus distancias/ Que nos hacen sentir lo inaprensible,/ El sabor de su amor en su hueco excavado,/ Porque la carne tiene muchas voces, que ya pocos escuchan,/ Muchos rostros y voces donde se dice Él en su decir sin Fin incapturable/ Como el silbo del barco entre la niebla/ O el restallar del mar bajo la noche.

Hablaba entonces de Dios, de las eras, del Edén, de delicias, de polen y templos. Hablaba con la serenidad que ha recuperado de a poco con el paso de los días, después de que ese Civic arrollara su espíritu. El mensaje fue claro, furioso, cuando envió una carta abierta a políticos, criminales y lo que sea que la mezcla de los dos produzca:

No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras —sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía— (…) Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar (…) Estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal —los animales no hacen lo que ustedes hacen—, sino subhumana, demoniaca, imbécil... Si ustedes, “señores” políticos, no gobiernan bien y no toman en serio que vivimos un estado de emergencia nacional que requiere su unidad, y ustedes, “señores” criminales, no limitan sus acciones, terminarán por triunfar y tener el poder, pero gobernarán o reinarán sobre un montón de osarios y de seres amedrentados y destruidos en su alma. Un sueño que ninguno de nosotros les envidia.

Los criminales del Cartel del Pacífico Sur, hacia donde conducen las sospechas del asesinato de Juan Francisco Sicilia, pudieron haber matado a un poeta, pero el escritor y el padre seguían vivos y a veces la escritura es catarsis y la sed de justicia un motor  potente. Con tiempo para levantarse y salir del letargo del golpe, la voz de Sicilia ahora suena mejor que la del día de su regreso a Cuernavaca. El dolor es el mismo, los sentimientos iguales, las víctimas las mismas. Una escandalosa y fría cifra: 35.000 muertos deja la violencia parida por el narcotráfico desde finales de 2006, y otros 5.000 de quienes no se sabe si están muertos o vivos, ni mucho menos dónde están, “y seguimos y seguimos y seguimos”, dice Sicilia evidenciando una resignación enorme.

— Pero, ¿Será posible detener el narcotráfico?

Para empezar creo que debemos comenzar a limpiar las instituciones. Ustedes los colombianos saben qué es eso de tener un Estado cooptado y han demostrado que si el narcotráfico creció es porque había un Estado cooptado por el crimen organizado o por complicidades. Aquí las instituciones están muy podridas. Si comienzan a funcionar para el servicio del bien común podríamos empezar a reconstruir y a detener el narcotráfico.

México necesita remendar su tejido social. Por eso las marchas, por eso los llamados a la cordura y el pedido por los códigos de honor que le caben a las mafias. Al final de la historia, él sigue siendo un poeta aunque no escriba poesía, es el poeta que habla por toda una tribu que quiere sanar 40.000 dolores y evitar aparezcan nuevos, que al menos los jóvenes se salven de llenar los cementerios prematuramente. Es trabajo difícil ser la voz de tantos cuando se es un hombre de escritorios, de pocos amigos, de espacios cerrados, de soledad: “Es muy penoso lo que estoy viviendo, no sólo porque cargo el dolor de mi hijo sino porque ahorita cargo algo que no sé cómo cargar… es el deber que tengo con él y con la justicia”. 

— Si no se pueden limpiar las instituciones, ¿hay otra cosa que se pueda hacer?

Legalizar, al menos la marihuana. Las armas son peores que la droga, son contundentes y expansivas. Legalicemos como una solución pragmática, aceptando que es un fracaso. ¿Cuál de los dos males es peor? y ahora me preguntan por los Estados Unidos que son unos canallas. No hablo del pueblo norteamericano sino de sus gobiernos. Ellos tienen sus traficantes bien controlados. Ellos tienen legalizada una cosa que es peor que la droga que son las armas y esas armas nos están matando, ellos consumen la droga, nosotros ponemos los muertos. El pueblo  debe exigirles: oigan, párenle maestros, no podemos tratar a nuestros vecinos así…

Así, el poeta se despide.

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