Una deuda histórica

EL APORTE AFRO EN LAS MANIFEStaciones sonoras de nuestro país ha sido innegable. Buena parte de los fenómenos musicales actuales, como ChocQuibTown, Bomba Estéreo y La 33, provienen de esa raíz que comenzó influenciando las dos costas y luego se coló en el interior.

Por eso, no es extraño que el Gobierno quiera rendirles mañana un sentido homenaje a cuatro artistas afrocolombianas que han deleitado a varias generaciones con sus cumbias, porros y bullerengues. Es tan merecido como justo el tributo a Petrona Martínez (radicada en Palenquito, Bolívar), Totó la Momposina (cuyo verdadero nombre es Sonia Bazanta y se ha encargado de dar a conocer nuestro folclor en el exterior), Leonor González Mina (La Negra Grande de Colombia) y Graciela Salgado (fundadora de Las Alegres Ambulancias en el Palenque de San Basilio). Reconocimiento adecuado en cualquier ocasión, pero especialmente simbólico en 2011, designado por las Naciones Unidas como el Año Mundial de la Afrodescendencia. Sin duda, es más lo que le debe el país a su población afro que lo que habitualmente le reconoce. La lista de gratitudes es larga: de José Prudencio Padilla a Luis Antonio Robles, de Candelario Obeso a los hermanos Zapata Olivella, de Joe Arroyo a Teresita Gómez, de Kid Pambelé a María Isabel Urrutia.

 

No obstante, con vergüenza debemos admitir que, con todo y los logros de algunas figuras destacadas, los miembros de las comunidades afro, aunque representen el 10% de la población colombiana, aún son poco visibles en la política, la diplomacia, el empresariado y la academia nacional. Se crearon curules en el Congreso para las minorías étnicas, pero su representación en la vida pública sigue siendo baja. Hoy, la bancada de afrodescendientes en el Congreso la integran tres senadores y siete representantes. Es decir, menos del 5% del total. No hay actualmente ningún embajador colombiano de origen afro ni tampoco un magistrado de las altas cortes. Paula Marcela Moreno, responsable de Cultura durante el segundo gobierno de Álvaro Uribe, fue apenas la tercera persona negra en un gabinete ministerial. Hace cinco años, Luis Alberto Moore se convirtió en el primer general afrocolombiano del Ejército. Se han ido rompiendo algunas barreras raciales, pero todavía quedan muchas en pie.

Y no sólo ha tenido dificultad la población negra para llegar a las altas esferas, sino que la situación de muchos es más difícil que la del resto de la población: según la Vicepresidencia de la República, la mortalidad infantil entre este grupo casi duplica la tasa nacional. En el Chocó, donde el 82% de la población es negra, la cifra es tres veces mayor. Además, ha sido uno de los grupos más golpeados por la violencia: Acción Social calcula que una tercera parte de los casi 2,5 millones de desplazados en el país pertenecen a la comunidad afrodescendiente. Un estudio del Departamento de Planeación Nacional calculaba que apenas el 14% de los afrocolombianos tenían acceso a la educación superior, frente al26 % nacional. En salud las cosas no van mejor.

El compromiso del Estado colombiano de responder por la situación de las comunidades afrocolombianas no es nuevo. Además de haber suscrito la Convención Internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial, el Gobierno Nacional se ha comprometido a implementar políticas que mejoren el acceso de los afrodescendientes a la salud, la educación, la vivienda, los servicios públicos y el empleo. El Plan Nacional de Desarrollo Afrocolombiano de este gobierno, elaborado en consulta con las comunidades, es un primer paso, pero todavía falta. La Constitución de 1991 nos declaró oficialmente un país multiétnico y pluricultural, pero 20 años después seguimos en deuda.

 

 

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