Una garra comprometida

Los jugadores de la selección celeste crearon una fundación para promover el deporte en su país.

El cuarto puesto en el Mundial de Sudáfrica, poniendo coloradas a potencias como Holanda y Alemania, más allá de las derrotas en semifinales y en el partido por el tercer lugar. El subcampeonato en la Copa del Mundo Sub-17 de México, una derrota a manos de los locales que no empaña la campaña. Otro segundo puesto en el Suramericano Sub-20 de Perú, caída aplastante ante los brasileños, pero clasificación a los Olímpicos de Londres 2012. La final de esta Copa América que se disputará el domingo, ante Paraguay, y la puerta abierta de la gloria. Todos estos logros de Uruguay no son casualidad. Hay un proyecto que nació hace un lustro, cuando Óscar Washington Tabárez se hizo cargo de la selección celeste. Y ha dado sus frutos.

El Maestro supo elegir bien, porque tuvo el apoyo de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), a la hora de tomar decisiones. Entonces, fue el mismo técnico el que designó a los entrenadores de los seleccionados juveniles. También, a sus colaboradores más cercanos. La mayoría, exfutbolistas del Wanderers de Montevideo que hizo historia en la temporada 85-86, poniendo en jaque la hegemonía de los dos grandes del fútbol uruguayo, Nacional y Peñarol. Con una estructura cuyo origen es la cabeza de Tabárez, se impulsaron los éxitos. Y mucho tuvieron que ver los jugadores, claro. Porque, a diferencia de lo que sucede en otros planteles, los futbolistas uruguayos están involucrados en este plan.

A ellos se los observa educados, amables y no falta el mate, pero tampoco un libro. Tabárez no pensó únicamente en jugadores que toquen bien el balón; también buscó hombres correctos. “Terminó con el tamboril y el vino”, contaron acerca del técnico. La referencia tiene que ver con aquellos futbolistas que sólo pensaban en tomar alcohol y armar una murga, ese típico baile oriental, en las concentraciones. Hasta Sebastián Abreu cambió de perfil. Y aunque juega poco y nada en este equipo, siempre está al pie del cañón. El delantero es un ejemplo de la armonía que se vive en la intimidad del seleccionado.

El grupo es la clave. Y para que quede claro el compromiso que existe entre sus integrantes, basta con conocer la Fundación Celeste, un programa creado por los 23 futbolistas que integraron la lista de convocados para el Mundial de Sudáfrica. Con la idea de “fomentar los valores del deporte en la educación de niños, niñas y adolescentes, particularmente a través del fútbol”, este proyecto invierte en educación deportiva. Por eso, lo primero que hicieron los jugadores apenas aterrizaron en Montevideo, luego del épico cuarto puesto, fue donar parte del premio para la renovación del gimnasio del Complejo de Canelones, sitio de entrenamiento de las selecciones uruguayas.

La AUF respalda. Y del 50% de las ganancias que le entrega a los jugadores por cada participación internacional, un porcentaje de lo que le corresponde al plantel, es destinado para remodelar las plazas de deportes del interior del país, donde muchos chicos corren detrás de una pelota, quizá soñando con ser como Diego Forlán o Luis Suárez.

Quizá todo esto tenga que ver con el pensamiento de Tabárez, que dejó claro cuál es el camino: “La formación es clave. Los futbolistas tienen que estudiar, saber de fútbol, competir. Las selecciones juveniles reciben a sus pares extranjeros y salen a Europa. De esos procesos han aparecido Cavani, Coates, Lodeiro y algunos otros. Es necesario seguir con este estilo de trabajo. Antaño nos creíamos más y ahora el uruguayo cambió la forma de pensar. Salir segundo no es un fracaso”. Palabra de Maestro.