Una liga regional

La revaluación, producto no de la solidez de las economías latinoamericanas, sino de la política monetaria estadounidense, amerita, sin duda, una resistencia conjunta.

Las exportaciones de toda la región han sufrido la abrupta caída del dólar y, con ellas, los empleos. Algo que, como bien lo recordó el presidente Juan Manuel Santos durante el encuentro de Unasur en Perú esta semana, constituye una dificultad adicional en un territorio donde todavía campea la desigualdad; cualquier golpe a las economías acrecentaría aún más esta brecha. Los países miembros, al parecer, compartieron la misma percepción al tiempo que fecharon en Argentina una reunión de ministros de Hacienda para discutir cuál podría ser el frente común. Uno que, no obstante, lograría cuando mucho acordar controles unificados a los flujos de capital. Y sólo conseguir esto sería ya espinoso, por no decir imposible, pues los controles a los capitales, necesarios para frenar el flujo de dólares atraído por las tasas de interés locales, no recae —en buena parte de los países latinoamericanos, incluida Colombia— en los primeros mandatarios sino, muy prudentemente, en las cabezas de los bancos centrales. El saludo del presidente fue, ciertamente, a la bandera.

Pero ha sido, tal vez, el saludo más positivo en los últimos años, pues si bien una política económica unificada se encuentra hacia el fin de un proceso de integración, podemos estar ad portas de un comienzo. La consolidación de propuestas monetarias —como las que ahora necesitamos— o de propuestas fiscales —como ni siquiera Europa lo ha logrado— es hoy un inalcanzable para Latinoamérica. Aunque haya estrategias para poner en marcha y señales más o menos creíbles que enviar al mercado, ninguna podrá realmente frenar la devaluación de manera unificada. La inminencia del problema obliga a que la resistencia sea individual y, además, que sea pronta; con todo y que bancos centrales como el nuestro insistan que todavía los costos de controlar la entrada del capital sean mayores que los beneficios. Así, si bien no nos vamos a lograr salvar del todo de la golpiza revaluacionista, con la excusa —además de la razón— que ofrece la coyuntura, se puede concretar el primer paso para toda integración: la unión comercial.

La CAN atraviesa una situación complicada y Mercosur tiene sus altos y sus bajos. Tendría sentido aprovechar la voluntad política y pretender, pese a lo ambicioso, una unificación arancelaria. Unasur podría ser, además de instancia de resolución de ridículas querellas ideológicas, un verdadero foro político y económico. Podría, incluso, absorber intentos integracionistas como el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe, Sela, con sede en Venezuela, o la Asociación Latinoamericana de Integración, Aladi, con sede en Ecuador; ambos proyectos fallidos, pero todavía —por motivos inexplicables— en funcionamiento.

Con María Emma Mejía como secretaria general de Unasur son muchos los lineamientos que se pueden dejar en el organismo multilateral. Las experiencias con Colombia, Venezuela y Ecuador lo dejaron fortalecido, y con EE.UU. concentrado en la convulsionada coyuntura doméstica puede ser buena hora para que la región se levante de una vez por todas. Ya la nueva agenda en seguridad, concentrada no en la defensa sino en la garantía de los derechos humanos, marcó el nuevo tono. Y pese a que todavía es demasiado pronto para celebrar una liga regional, no lo es para exigirla. Los anuncios del presidente Santos en el marco de la posesión de Ollanta Humala en Perú, si bien fueron ambiguos y principalmente mediáticos, fijaron el norte o, o por lo menos, iniciaron el debate. Ahora se requiere del liderazgo internacional para concretarlos y ponerlos en marcha.