Una pelea de casi 200 años

Presidentes José Ignacio de Márquez y Francisco de Paula Santander siguen su disputa, ahora convertidos en estatua.

Fueron el amor y la política los motivos que separaron a los presidentes Francisco de Paula Santander y José Ignacio de Márquez, al punto de convertirlos en dos acérrimos enemigos que nunca se cansaron de luchar entre sí.

Amigos y colegas en las luchas de la Independencia,  compartieron juntos en el colegio San Bartolomé en sus épocas de estudiantes. Incluso, el segundo fue el vicepresidente del primero. Pero una hermosa mujer los distanció irremediablemente.

Su nombre: Nicolasa Ibáñez, viuda de Antonio José de Caro y una de las mujeres más bellas de su época. Cuenta la historia que un día de 1835, Nicolasa cumplía años y Santander, quien moría de amor por ella, se dirigió a su casa para felicitarla. ¡Y qué sorpresa! Constató que José Ignacio de Márquez se había adelantado. Estalló en cólera.

Santander intentó tirar a Márquez por la ventana. Lo impidió Nicolasa. Las diferencias personales aumentaron sus discrepancias políticas. De hecho, Santander se convirtió en su más férreo opositor para la elección de 1837, que ganó Márquez venciendo a José María Obando, el candidato de Santander.

La historia de esta rivalidad de dos padres de la patria, ideal para el 20 de julio, y referida en detalle por el historiador Horacio Rodríguez Plata, se vuelve a repetir casi 200 años después, pero ya no por cuenta de Nicolasa Ibáñez o por los ánimos santanderistas y bolivarianos de la época de la naciente República, sino por particularidades de la justicia.

Su nuevo campo de batalla es el Palacio de Justicia, donde los seguidores de uno y otro presidentes se disputan qué estatua se debe erigir en el lugar más público del edificio. Hasta el holocausto del Palacio de Justicia, el privilegio lo tenía José Ignacio de Márquez, pero esta tragedia de la vida contemporánea del país cambió su suerte.

Durante la sangrienta batalla entre el M-19 y las Fuerzas Militares quedó arruinada la estatua de José Ignacio de Márquez, que se encontraba en el vestíbulo. Y nadie explica hoy qué sucedió, pero el presidente perdió su cabeza. La exbibliotecaria del Palacio María Luz Arrieta lo recordó en su libro Entre la barbarie y la justicia.

“La efigie sufrió la pena capital (...), le correspondió ser testigo mudo de la mayor tragedia sufrida por la justicia en Colombia y en el mundo, los días 6 y 7 de noviembre de 1985”.

De hecho, recordó María Luz Arrieta, la primera víctima del ataque, “el joven administrador del Palacio de Justicia, Jorge Tadeo Maya Castro, cayó a los pies de la estatua. En la tarde del jueves 7, a su alrededor fueron situados muchos de los cadáveres calcinados de magistrados, empleados, visitantes y guerrilleros sin opción de identificación”.

Días después, la descabezada escultura fue removida, llevada a un sótano y luego fue a parar al Museo Nacional, donde quedó olvidada en uno de sus jardines. Sin embargo, para la exbibliotecaria Arrieta se convirtió en una obsesión.

Después de muchos años de cartas, oficios, visitas personales y su propio libro, en 2010 María Luz Arrieta logró que el poder judicial ordenara realizar una réplica de la estatua que hoy se levanta en el municipio de Ramiriquí (Boyacá), de donde era oriundo José Ignacio de Márquez. La intención era que recobrara su lugar en el reconstruido templo de la justicia.

Pero no fue así. La estatua fue ubicada frente a la Sala de Audiencias de la Corte Suprema de Justicia, como una manera de honrar a uno de los primeros magistrados de esta corporación y presidente de la misma. Y el sitio donde debía instalarse sigue vacío. El problema ahora es que existe la posibilidad de que en ese lugar se coloque una estatua de su encarnizado rival.

La razón: una ley que obliga a la Sala Administrativa del Consejo de la Judicatura a que se instale una estatua de Francisco de Paula Santander en el Palacio de Justicia. No obstante, según los entendidos, tanto Márquez como Santander tienen méritos suficientes como para ser reconocidos por la justicia.

A Santander se le recuerda en la historia como ‘El hombre de las leyes’ y una de sus frases más célebres ocupa un lugar privilegiado del Palacio de Justicia: “Las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad”. Un homenaje a un jefe de Estado que arriesgó su propia vida con tal de sostener los valores de la democracia y la independencia de la justicia.

A su vez, a José Ignacio de Márquez se le recuerda como uno de los presidentes más respetuosos de la ley. Fue presidente de la fracasada Convención de Ocaña, redactó y sancionó el primer Código Penal que tuvo Colombia y hoy, la mayor distinción que puedan recibir magistrados o jueces, es la condecoración que lleva su nombre.

En esas circunstancias, la decisión de la Sala Administrativa del Consejo de la Judicatura y de la Junta de Mejoras y Ornato de Bogotá no es fácil. Y cualquiera sea la determinación, algo habrá de injusticia, sobre todo si se tiene en cuenta que la memoria de ambos presidentes, en cuanto a monumentos se refiere, ha tenido un tortuoso camino. En distintas ocasiones, ambos han perdido la cabeza o han resultado maltrechos los pliegues de sus elegantes vestidos.

Un día de 1976, por ejemplo, los estudiantes de la Universidad Nacional decidieron derribar una estatua de Santander que se levantaba en la plaza central. La desprendieron de su pedestal y la botaron en la entrada de la calle 26. Unos policías la recobraron sin cabeza. La escultura fue a parar a la inspección de Policía del barrio La Perseverancia.

Tiempo después fue llevada a la Escuela de Policía General Santander, donde restaurada y respetada, aún reposa. En cuanto a los estudiantes de la Universidad Nacional, éstos decidieron que en adelante su principal lugar de reunión llevaría el nombre de Plaza Che. Una decisión nunca formalizada que no gustó mucho a los directivos.

Tanto así, que años después, tratando de reivindicarse con la memoria de Santander, también conocido como uno de los padres de la educación en Colombia, colocaron una nueva estatua del prócer, esta vez en la biblioteca central. Sin embargo, tampoco duró mucho. Los estudiantes volvieron a sacarla y empezó a rodar por la universidad como judío errante. Dieciséis años duró su calvario, hasta llegar al Claustro de San Agustín, donde finalmente fue restaurada. Así lo recuerda la historiadora Yaneth Mora.

Simultáneamente, la suerte monumental de Márquez tampoco ha sido mejor. La estatua que reposa hoy en el Museo Nacional, a donde fue a parar después del holocausto del Palacio de Justicia, tiene un derrotero increíble. No sólo sobrevivió a esta tragedia, sino también al otro acontecimiento que partió en dos la historia de la capital de la República: el Bogotazo.

Nadie sabe qué edad tiene esta estatua. Se tiene noticia de ella desde 1922, cuando una fotografía de la época la ubicó en el Parque de la Independencia.. De allí fue trasladada al Palacio de Justicia que, entonces, se encontraba en la carrera 6 con calle 11. Fue ahí donde sobrevivió a los cruentos sucesos del 9 de abril.

María Luz Arrieta refiere en su libro que la escultura “sufrió heridas en el cuello que nunca fueron restauradas, porque constituyeron el testimonio de la gran tragedia de la justicia. Después fue guardada por muchos años, hasta cuando recuperó su honor en el Palacio de Justicia, cuando fue levantado en la Plaza de Bolívar, en 1978”.

Siete años duró el privilegio de Márquez en el Palacio de Justicia. Al mediodía del 6 de noviembre la mala suerte le cayó de nuevo. La estatua del presidente regresó a los archivos y allí tuvo que pasar varios años, en medio de diversos objetos. Por ejemplo, una máquina de escribir casi irreconocible y varias sillas que apenas si podían tenerse en pie después del ataque. De allí fue a dar al Museo Nacional en 1998. Al comienzo custodió el jardín interior. Recientemente fue entrada al antiguo panóptico para resguardarla del frío y la intemperie, donde se encuentra actualmente.

EL HISTÓRICO LÍO DE FALDAS

Márquez y Santander fueron grandes enemigos, pero hubo un tiempo en el que fueron amigos e, incluso, llegaron a trabajar juntos. Esto no evitó el conflicto que luego se produjo. El hecho que originó la eterna batalla sucedió en un aciago día de 1835. Era el cumpleaños de Nicolasa Ibáñez y Santander, que se rumoraba era su amante, quiso pasar a saludarla. Cuando vio que José Ignacio de Márquez se le adelantó, esto lo molestó tanto que quiso tirarlo por la ventana, aunque Nicolasa lo impidió. No por otra razón Bolívar dijo alguna vez: “No habrá paz en Colombia hasta que mueran Nicolasa y Bernardina Ibáñez, Bárbara Leiva y Mariquita Loiche”.

LA HISTORIA DE LOS DESCABEZADOS
La estatua de Francisco de Paula Santander que estaba ubicada en la plaza central de la Universidad Nacional se encuentra actualmente en la Escuela de Policía General Santander, donde la restauraron y le pusieron de nuevo la cabeza que perdió durante una manifestación estudiantil en 1976, en la que unos universitarios decidieron arrancarla y sacarla del claustro. Desde ese día la plaza que antes se llamaba Plaza Santander pasó a llamarse coloquialmente Plaza Che. Asimismo, la Biblioteca Central, que también llevaba su nombre, adquirió el de Biblioteca Camilo Torres. A Francisco de Paula Santander lo erradicaron de la Universidad Nacional.

Por su parte, la estatua de José Ignacio de Márquez reside desde 1998 en el Museo Nacional, a donde fue trasladada por petición de la Sala Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura, que aceptó la solicitud del museo de que le donaran la invaluable pieza, testigo del holocausto del Palacio de Justicia. Sin embargo y a diferencia de la de Santander, ésta no ha recuperado su cabeza y sigue con las mismas heridas que le quedaron después de haber sobrevivido a dos grandes tragedias: la del Palacio de Justicia y el Bogotazo del 9 de abril.