Uruguay, el rey de América

Los uruguayos sumaron su decimoquinto título en la Copa, con lo cual se convirtieron en la selección más ganadora.

De repente, la gloria se pone de acuerdo con el cielo. Es celeste, como la camiseta que transpiran Diego Forlán, Luis Suárez y compañía. Como esas banderas que flamean en cada rincón del Monumental y reflejan el sentimiento de la pertenencia. El que nació en Montevideo, Cerrito y Salto. El que se propagó en Nueva Palmira, Canelones y Colonia. El que se apoderó de un país que puede ser pequeño, pero tiene un corazón gigante. Y el mejor fútbol de América. “¡Uruguay, no más!”, se gritó en el estadio de River Plate. Lo hicieron esos miles de charrúas que cruzaron el Río de La Plata cargados de esperanzas. Uruguay es el nuevo Rey de América. Un campeón desde la lógica. Porque se cobija en su equipo y no en las individualidades. Porque rescató la mística de los viejos campeones. Porque demostró que el cuarto puesto en el Mundial de Sudáfrica no fue obra de la casualidad. Hay un proyecto, hay un trabajo. Por eso celebra Óscar Washington Tabárez, el Maestro estratega. Por eso lo hacen estos futbolistas que serán leyenda, como los campeones de 1995, la última Copa que alzó la celeste. Como los próceres del Maracanazo de 1950 o los del Mundial del 30, el primero de la historia. Bien merecido lo tienen.

“Volveremos, volveremos, volveremos otra vez, volveremos a ser campeones, como la primera vez”, deliraron los uruguayos hasta el anochecer de Buenos Aires. Lo cantaron de principio a fin. Porque sabían que su equipo iba a entregarse entero. Uruguay lo dejó claro en el primer instante del partido. Entonces, Luis Suárez, a puro empuje, quedó cara a cara con Justo Villar. Incómodo, apretado, perseguido por los centrales guaraníes. Pero logró rematar y el arquero mandó la pelota al tiro de esquina. De ese cobro se produjo la jugada más polémica. El cabezazo de Diego Lugano, a quemarropa, fue tapado por el número uno paraguayo. El rebote lo tomó Sebastián Coates y Néstor Ortigoza jugó a los manotazos delante de las narices de Salvio Fagundes. Fue un clarísimo penalti que el árbitro brasileño no sancionó. Lo que siguió fue un vendaval celeste sobre el arco del mejor portero de la Copa América. Ejerciendo una presión inaguantable para los volantes rivales y abriendo la cancha a todo vapor por las bandas, le hacían imposible el control del juego a Paraguay. Y no pasaron nueve minutos de aquel susto en el área de Villar cuando Suárez, notable, quebró la cintura ante Darío Verón y disparó de zurda. El balón pegó en el poste derecho del arco paraguayo y se clavó como un puñal en la red. Para la explosión de las tribunas celestes, tapizadas como en los buenos viejos tiempos por los aficionados charrúas.

Paraguay, aturdido, intentó enderezar el rumbo de un partido que se le estaba yendo muy pronto de las manos. Sin embargo, no tenía plan B para la derrota. Porque al margen de la movilidad de Nelson Haedo Valdez en los metros finales del campo de juego, nunca preocupó seriamente a Fernando Muslera. Ortigoza recibía sobre el círculo central y miraba hacia los costados. Pero le faltaba un socio para la elaboración. Y ese fue el principal déficit de la selección albirroja. Nunca construyó fútbol. Nada diferente a lo que pasó en el resto del torneo. Si hasta aquí llegó virgen de triunfos y empujado por el azar, ni siquiera el fuego interno de sus jugadores le dio esperanzas. Porque Uruguay es una realidad. Y lo demostró en todo momento. Con la recuperación de Egidio Arévalo Ríos, un Chicho Serna oriental, recuperador y asistidor, como en el segundo gol uruguayo, ese que llegó cuando el volante del Botafogo brasileño le comió la espalda a Ortigoza y dejó a Forlán solo, entrando a toda velocidad por el vértice izquierdo, sin ningún tipo de marca. El rubio fue una saeta. Quebró su sequía, la resistencia de Villar y los sueños de Paraguay.

Antes, Suárez lo había tenido dos veces. ¡Qué jugador, Luisito! Por algo el Liverpool inglés pagó una millonada de euros por su pase. Cada vez que se apoderó de la pelota, los paraguayos temblaron. Delantero picante, potente, especialista del área. Volcado a espaldas de Elvis Marecos, comprometió al lateral de Guaraní.

En el segundo tiempo, Paraguay se comprometió a dejar otra imagen. Y le discutió la pelota a Uruguay en su propio campo. Fue al frente, quizá como nunca a lo largo de la Copa América. Lo encerró a su rival celeste. Y Haedo Valdez sacudió la tarde con una volea que explotó en el travesaño de Muslera. Sin embargo, fue la única situación que los paraguayos tuvieron para descontar. Y aunque no cesaron de aproximarse a las inmediaciones del arco uruguayo, dejaron huecos y posibilidades para los contragolpes de Forlán y Suárez. Con un enorme Arévalo Ríos en la recuperación y bien paraditos atrás, protegieron a su arquero. Suárez volvió a poner en apuros a Villar, pero el número uno respondió. Claro, a esa altura de la tarde estaba en la cancha Edinson Cavani, recuperado de la lesión, y el punta del Nápoli acechaba.

Los uruguayos empezaron a revolear las remeras sobre sus cabezas, cantando con orgullo “soy celeste” durante los últimos cinco minutos. Hasta estallar en el “Dale, campeón” que se produjo después de un magistral contragolpe que terminó en el segundo gol de Forlán. Con los brazos en el cielo y las lágrimas de estos jugadores que merecen el tributo. Por la garra de ayer, de hoy y de siempre.

Suárez, el mejor jugador de la Copa América

El delantero uruguayo Luis Suárez, quien juega en el Liverpool inglés, fue declarado por la Conmebol como el mejor jugador del torneo continental.

El futbolista, de 24 años, ha jugado 48 partidos con la selección de su país y ha marcado 21 goles, cuatro de ellos en la Copa de Argentina 2011.

El paraguayo Justo Villar fue elegido el arquero más destacado del torneo, mientras que el defensa charrúa Sebastián Coates fue el mejor jugador joven.

Forlán, el otro gran Diego

Diego Forlán se mostró feliz por el título de la Copa América, que también ganaron su abuelo y su padre, por lo que “el apellido quedará en el recuerdo de esta Copa”. El punta se refirió de esta manera a Juan Carlos Corazo, su abuelo materno, y a su padre, Pablo Forlán, un gran futbolista del Peñarol de Montevideo. Diego, además, igualó ayer a Héctor Scarone como el máximo goleador histórico de su selección, con 31 tantos. También es el futbolista que más encuentros ha disputado con la celeste (82), por delante de Rodolfo Rodríguez, portero de Uruguay en las décadas de los setenta y ochenta. Forlán, mejor jugador del Mundial de Sudáfrica 2010, cuenta en su palmarés con dos Botas de Oro al máximo anotador de las ligas europeas en 2004-05, con el Villarreal, y 2008-09, con el Atlético de Madrid.