Viaje al campamento tigre

A través del padre Chandra organizamos una visita a un campamento cercano a Colombo, un viaje que nos llevó en motocicleta, balsa y jeep hasta una peligrosa selva.

En diciembre de 1986 llegué  a Sri Lanka en compañía de mi hermano Scott. El conflicto había comenzado hacía tres años y el número de muertos aún era relativamente modesto, ascendía aproximadamente a cerca de 5.000 muertos. Sin embargo, los Tigres ya eran conocidos por su particular disciplina y ferocidad. Aparte de haber llevado a cabo varias masacres (incluyendo una particularmente brutal en 1985, donde 146 civiles murieron en una redada en uno de los santuarios budistas más sagrados de Sri Lanka), los Tigres habían establecido un reino del terror dentro de su propia gente, imponiendo una autoridad absoluta, cobrando impuestos de guerra y eliminando a sus rivales. Un maestro en temas de innovación en campos de batalla, Prabhakaran ideó una forma de ejecución para quienes colaboraban con el enemigo: la víctima era atada a un poste de la luz con trozos de alambre fusible tipo Cordex y lo hacían estallar.

Durante nuestra visita la ciudad de Colombo estaba tranquila y las áreas rurales cingaleses permanecían al margen del conflicto. Sin embargo al oriente, en la ciudad de Batticaloa encontramos una atmósfera de violencia e histeria contenida. La fuerza especial antiterrorista del Ejército, desarrollada con el único propósito de luchar contra los insurgentes tamiles, se habían apoderado de las estaciones de Policía de la ciudad; los soldados se escondían tras bultos de arena y alambre concertina, las puntas de sus rifles se veían por entre algunas de las aperturas. En la noche nadie salía a las calles. Algunos grupos de mujeres vistiendo saris vieron que éramos extranjeros y nos rogaron que les ayudáramos a encontrar a sus hijos, quienes habían sido detenidos por dicha fuerza especial antiterrorista. El Ejército había implementado un patrón de arrestos masivos, torturas, y con alarmante frecuencia, asesinatos. El padre Chandra Fernando, un sacerdote católico tamil nos habló sobre las desapariciones y los tiroteos indiscriminados que ocurrían a diario en el área. También nos indició que todos los hombres entre los 15 y los 40 habían sido arrestados al menos una vez. El conflicto era tan terrible que incluso nos dijo que había comenzado a cuestionarse si Dios en realidad existía.

A través del padre Chandra organizamos una visita a un campamento tigre cercano, un viaje que nos llevó en motocicleta, balsa y jeep hasta una remota área de una selva poco densa. Al llegar vimos que dentro de una choza había colocado sillas de mimbre en forma de semicírculo. Cerca de allí, un grupo de 40 guerrilleros aproximadamente, la mayoría de ellos adolescentes, se encontraban de pie, armados con fusiles Kaláshnikov y granadas autopropulsadas. Pronto apareció el comandante de la provincia oriental de los Tigres, el coronel Kumarappa, un hombre fornido, de largos bigotes que lucía pantalones caqui, una camisa blanca y un revolver en el cinturón. Se sentó en uno de los asientos y nos hizo señas para que lo acompañáramos. Sus guerrilleros no siguieron, agolpándose dentro de la choza.

Generalmente, los comandantes guerrilleros esgrimen un argumento histórico y filosófico que justifica el uso de la violencia, pero en el caso de Kumarappa, la causa de la guerra era casi que secundaria, ya que consideraba las matanzas y la muerte como virtudes. Al preguntarle por el tipo de gobierno que deseaba para el nuevo Estado Tamil de Eealm, antes de responder se detuvo a pensar un largo rato. Finalmente respondió: “Ah sí, socialista. Un país socialista. Sabe que aquí un 60% de la población es pobre, sólo un 10% es muy rico. Sabe, es por la corrupción”. Como otros insurgentes que posteriormente se formaron en otras partes del mundo, los Tigres llevaban una vida de limitaciones: no tenían acceso al alcohol y los cigarrillos, no se les permitía el sexo prematrimonial y practicaban una devoción hacia Prabhakaran que demostraba mediante un continuo deseo de llevar a cabo misiones suicidas. Kumarappa alardeaba que sus guerrilleros eran obligados a llevar cápsulas de cianuro alrededor del cuello para tomarla en caso de captura. “Creo que el cianuro nos ayuda a mantener un alto estado de ánimo”, me dijo. Agregó que hacía poco un comando del Ejército había capturado a un pequeño grupo de guerrilleros que no llevaban sus collares de cianuro. Los Tigres habían luchado para evitar el interrogatorio hasta el punto que sus captores tuvieron que ejecutarlos.

Kumarappa reconoce haber ejecutado civiles. “Sabe, a veces no tenemos alternativa. A veces también tenemos que llevar a cabo ese trabajo”. Sin embargo tienen un propósito superior —la causa de la patria tamil— por lo cual no se tiene opción diferente a la de castigar a aquellos que colaboran con el enemigo. Kumarappa sostuvo haber capturado muchos espías; inclusive en ese momento tenía un espía dentro del campamento, una mujer de 36 años. Ordenó a sus hombres que la llevaran frente a él. Era diminuta, con el cabello despeinado y una fuerte cojera —tenía los ojos muy abiertos y desenfocados—. La obligaron a sentarse junto a Kumarappa. Su nombre era Arthuma y la habían capturado hacía dos días, cuando buscaba infiltrase al área. La acusaron de ser un espía del Ejército de Sri Lanka. Kumarappa aseguró que ya había confesado: “Aceptó todo sin necesidad de torturarla”. Su relación con el Ejército había comenzado cuando un oficial acordó que dos de sus hijos fueran adoptados por su hermana en Colombo. Después de eso la obligaba a recolectar información.

Arthuma murmuraba en tamil, sus ojos recorriendo el espacio. Kumarappa tradujo lo que decía: “Me pide que le perdone la vida”. “¿Ha dicho por qué lo ha hecho?”, le pregunté. “Por dinero, está sufriendo en la pobreza”.

“¿Ella qué cree que le va a pasar?, preguntó Scott. Arthuma habló suavemente. Kumarappa contestó, “Ella conoce la decisión final. Sabe que la vamos a matar”.

Arthuma nos hablaba a Scott y a mí, repitiendo la misma frase una y otra vez. Kumarappa dijo, “Esta rogando para que intercedan por ella, dice ‘Me van a matar’ ”. Pregunté si alguien había muerto como resultado de la información que había entregado y Kumarappa afirmó que no.

“¿Entonces por qué no la puede perdonar?”, pregunté.

Kumarappa suspiró, “porque ella cometió un grave error”. Con un gesto indicó que Arthuma fuera retirada del recinto, cosa que llevaron a cabo varios de los guerrilleros.

Ambas partes de esta guerra civil insistían en asumir el papel de víctima, con lo cual únicamente se prolongaba la lucha. Saliendo de Colombo condujimos durante unas pocas horas para visitar un campo de detención para políticos tamiles sospechosos de terrorismo, quienes habían sido arrestados bajo el Acto de Prevención de Terrorismo. Allí estaban recluidos 120 prisioneros, entre los 15 y 67 años, todos arrestados por parte de la fuerza especial antiterrorista del Ejército. A pesar de ser granjeros y pescadores sin educación, y de haber negado tener relación alguna con las organizaciones militares tamiles, todos dijeron haber sido torturados y humillados. Su guarda, un musulmán, asentía con simpatía a medida que conversaban con nosotros. En un momento dado susurró, “todos son inocentes”.

Al final del día nos reunimos con nuestro anfitrión, Bobby  Wickremasinghe, diputado encargado de prisiones, en la terraza de la casa del administrador del campo. “Nadie ve nuestro problema. Somos unos pocos cingaleses, pero hay millones de tamiles, aquí y en el sur de India. Ellos pueden refugiarse en India, donde hay muchos tamiles, pueden ir a cualquier parte del mundo. Pero ¿quién me recibiría a mí, a un cingalés? Debo vivir y morir en esta isla. ¿Será que nadie ve que el problema de nosotros, los cingaleses budistas, es un problema de supervivencia? ¿Que se trata de la extinción de una raza?”. Sin embargo, los cingaleses constituyen las tres cuartas partes de la población de Sri Lanka. “Si quisiéramos podríamos erradicar a los tamiles en una o dos horas, pero no lo hemos hecho porque somos budistas”.

Espere mañana la cuarta entrega: “El clímax de la guerra en Sri Lanka”.