A vos, querido hombre

Elvira González Fraga, la compañera de Sabato durante sus últimos 40 años de vida, publica en El Espectador una carta de homenaje a su amado Ernesto.

Querido hombre, hace algunas semanas te perdí, me he quedado con el corazón estirado igual que un viejo acordeón que no pudiera replegarse; como si una pampa viniera a ser mi alma. A ratos me encuentro repitiéndome “se murió Ernesto”. Tu muerte necesita más lugar, día a día.

Los últimos años que fueron tan duros de vivir con vos se han diluido. Te me aparecés como el hombre que conocí a los 19 años cuando aún vivía en la casa de mis padres. Una amiga me había dicho que vendría de visita con alguien. Abro la puerta, ese hombre eras vos.

Tu cercanía vino mucho después, unos 20 años después. Y fue entonces que comencé a compartir tu desasosiego creador, tu angustia, tus sentimientos de culpa que abarcaban al mundo y a tu cotidianidad. También tu inagotable apasionada vitalidad. Doy fe de tu sensibilidad ante el sufrimiento humano, de tu irrenunciable preocupación por el estado del mundo. Tu horror ante la desacralización de la vida. Tu piedad ante quienes han fracasado o han soportado la vida en soledad. Tu inmenso coraje para disentir.

Yo buscaba maneras de sosiego, de aliviarte ese temblor que era ya tu naturaleza. Te llevaba a paseos impensables para vos, entre jacarandaes o lapachos o ante los mismos bordes del mar. Íbamos mucho al cine. Yo recuerdo que te pedía que miraras para el piso para poder llegar a tiempo, tanta era la gente que te paraba en la calle para abrazarte. Y vos quedabas estremecido por algo que te decían, o por una mirada de tristeza. O por un hombre tirado en la calle.

Pero también eras muy capaz de disfrutar. De entre todo lo vivido me surge algo que me contaste una tarde. Años atrás habías observado que todos los chicos, y en diferentes idiomas, cuando juegan usan el mismo tiempo verbal que en los mitos, así: ‘Dale que eras el rey, dale que yo era peregrino’. A Amado Alonso le había interesado mucho tu observación. A partir de esto te propuse que nosotros también hiciéramos ese juego. No sé si se sabe lo buen actor que eras. Inolvidable lo bien que hacías de Pedro Páramo, y de loco, algo entre tu Barragán y Zaratustra. A vos te gustaba hacer del último Quijote, el que duda de su utopía. Y yo, que hubiera querido ser actriz, gustaba de estos teatros improvisados de las tardes.

Viajamos mucho. Hasta el último rincón de las provincias fuimos llevando tu “Romance”, visitamos varias veces a Roa Bastos en Paraguay. Vivimos en Lanzarote en lo de los Saramago. En España, en 2002 y 2003, diste 18 conferencias. La última fue la inauguración de la Cátedra de Literatura Latinoamericana para la Autónoma. Se hizo en La Pedrera y una multitud lloraba de emoción al escucharte. En estos viajes yo te llevaba hasta los óleos y los cartones para pintar, porque no aguantabas estarte sin ellos cuando ya no escribías. Con frecuencia íbamos con alguno de mis hijos.

Pero también pasé a tu lado tristezas muy profundas como los diez años de la enfermedad de Matilde. Y la muerte de tu hijo Jorge.

La caída de la Argentina que provocó la muerte de hambre y desnutrición de las criaturas te dejó horas y meses sentado mirando al piso.

En esa época junto con Nicolás y Falú creamos la Fundación que lleva tu nombre y que vos presidiste entusiasta durante siete años. Quisiste que fuera un espacio donde los jóvenes encontraran una opción ética frente a la falta de trabajo y a la desesperanza. Hicimos juntos los programas para los chicos, te apasionaba la educación, no parabas de pensar cómo encender en los jóvenes una utopía que los acercara a un horizonte más humano por el que valiera la pena vivir. Tu infatigable lucha, a costa de cualquier sacrificio. Hasta las cumbres de los cuatro mil metros de los Andes subimos para que vos le hablaras a la gente. Siempre creías que algo más se podía hacer, que se debía hacer.

En este tiempo la Fundación está llevando un mejor acceso a agua potable a miles y miles de personas en muchas localidades aisladas, algunas de las que visitamos juntos. Acercando agua o junto a las adolescentes de Bajo Flores es tu nombre el que voy repitiendo. En la pared un hermoso cartón pintado por vos, dice: a Elvirita con mi amor, Ernesto. Lo miro y salgo.

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