Y hasta que la muerte los separe...

Los preparativos están listos: Kate Middleton y el príncipe William se casan en la Abadía de Westminster.

Por estos días en Londres pareciera que todo el mundo tiene que ver con la boda real. Los medios, frenéticos e intensos como se han mostrado con el tema, no hacen más que reportar minuto a minuto los movimientos de los involucrados, los de sus padres y hermanos y hasta los de sus primos en cuarto grado. Los supermercados tienen estantes especiales con máscaras, pelucas y banderines. Felicitaciones al príncipe William y su futura esposa se leen en las vitrinas de varios almacenes. La bandera del Reino Unido, difícil de encontrar en público, inundó varias de las calles principales. Hasta los claveles fueron teñidos de azul, para juntarlos con otros rojos y blancos y unir las flores a la fiesta.

Las fiestas callejeras, tradición inherente a las bodas reales, también están a pedir de boca. Según información de Streets Alive, el grupo nacional que las promueve, un millón de personas celebrarán fiestas callejeras durante el fin de semana de la boda real, un número aún mayor al de la boda de Diana y el príncipe Carlos, en 1981. A lo largo del país 5.500 calles serán cerradas para estas fiestas, de las cuales 825 son de Londres. Pero, como los organizadores mismos lo admiten, la boda real es sólo una excusa para estos festejos, que tienen que ser aprobados por los borough o alcaldías locales. Unos que otros republicanos o anti-monárquicos que buscaban conseguir autorización para sus propias fiestas fracasaron en su intento.

Las imágenes más comunes de estos días son las de las personas acampando frente a la Abadía de Westminster, con la esperanza de ver algo de la llamada boda del año. Las autoridades de Londres están preparadas para que miles abarroten las calles que se han cerrado para esta fecha, en el centro de Londres. Cada día se aumenta el número de gente recorriendo la capital del Reino Unido, seguramente turistas. El interés de los medios en la boda real, sin embargo, no refleja necesariamente el interés de la mayoría de los habitantes de Londres, aunque el morbo y la fascinación por la realeza, en pleno siglo XXI, parece inevitable. Más de uno habla de hacer ese día un asado en su casa, tomar cerveza y prender el televisor de trasfondo para ver la boda. “Bueno, realmente no nos interesa verla, pero es una buena excusa para reunirse con los amigos, comer y tomar, ¿no?”, expresa Michael Clarke, empleado de una empresa financiera.

Ada Bogliolo, estudiante de maestría proveniente de Brasil, tiene listo el plan de este 29 de abril: “Con mis compañeras de apartamento vamos a vestirnos elegantemente, vamos a usar sombreros como esos que usan las princesas y reinas cuando van a estos eventos, y vamos a tomar en la calle. No nos interesa la boda pero el plan nos suena bien”. Varios estudiantes colombianos de universidades londinenses, en cambio, ni siquiera piensan cambiar sus planes para este viernes. “Tengo que estudiar y eso pienso hacer. Me da igual que se casen o no”, dice uno de ellos. Al parecer, entre los estudiantes extranjeros, la popularidad de la boda no está en su mejor momento: “Me parece bonito, pero en realidad no me interesa. Me voy a poner a estudiar', dice Lana Stink, estadounidense. 

Londres es una ciudad construida a punta de inmigrantes, por eso no es raro que tantos extranjeros tengan algo que decir con respecto a la boda. Camilo Gil, ciudadano español, expresa que ni siquiera recuerda el nombre de la futura esposa del príncipe William: “Este país, igual que España podría prescindir de su monarquía. Prefiero estar ese día leyendo un libro o viendo una película antes que gastar mi tiempo viendo el matrimonio de gente que recibe plata de todos los que vivimos acá por hacer nada”. “Siendo justos, no creo que el interés de los medios sea proporcional al interés de la gente en este asunto. El primer ministro debe estar feliz, es una buena distracción para tantas cosas que están ocurriendo en Inglaterra. Los ingleses somos mucho más que ese discurso patriótico”, señala Kevin Gallen, trabajador londinense.  Bien sea con apatía o con emoción por parte del público, a menos que algo extraordinario (como un terremoto) ocurra en Londres, la boda real es hoy un hecho. O, de acuerdo con la idiosincrasia inglesa, es otra buena excusa para brindar, no por los futuros reyes, sino por el motivo que se presenta para tomar cerveza.

Temas relacionados